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Florero de Llorente contará su historia

Johana Moreno, restauradora de la Universidad Externado, tomó en sus manos el Florero de Llorente. Y le habló con el pensamiento: “Pobrecito, estás muy mal. Hay que hacer mucho por ti”, le dijo. Al mismo tiempo, cuenta, sintió emoción. No cualquiera acaricia el máximo símbolo de la Independencia.

Moreno y un equipo de restauradores tienen a su cargo la restauración del florero. Empezaron a trabajar en él el miércoles pasado, cuando hicieron una primera revisión de la pieza a la vista de los asistentes al Museo del 20 de Julio, en el centro de Bogotá.

Curiosos, los visitantes miraban a esta mujer de guantes y bata blanca que con pinzas y equipos de tecnología revisaba el objeto con gran cuidado. Ya habían pasado los días iniciales en los que, horrorizada, pensaba quién o quiénes habían hecho intervenciones en el objeto sin gusto ni lógica.

Pero todas esos ‘arreglos’ fueron hace más de 50 años, porque, según cuenta Daniel Castro, director del Museo, desde que este se abrió, en 1960, no se le ha hecho ningún trabajo.

“Y ya era hora de hacerle una restauración seria, la primera de este tipo en su existencia. Estamos a dos años de la celebración del Bicentenario y el florero tiene que verse digno de nuestro primer grito de Independencia”, dice.

Para Moreno y su equipo serán dos meses de trabajo en el florero alrededor del cual se selló nuestra Independencia, el 20 de julio de 1810. Lo que busca la científica con esta restauración, así como Castro, es que el florero conteste preguntas.

La restauradora quiere saber cómo se hizo, a qué escuela pertenece, cuáles son los materiales que lo componen, si son de buena o mala calidad, qué significado podía tener para la sociedad de la época tenerlo, si cumplía una función importante… Castro también quiere que el florero hable, que manifieste su historia y que esta historia sea importante para el país. “Es un símbolo. No es un florero, sino una base. Llorente, quien lo comercializaba, se llamaba realmente José González Llorente… Han pasado casi dos siglos y no sabemos nada de él”, dice.

Y agrega que, guardadas las proporciones, la primera parte de la restauración a la vista del público, es como si se hiciera lo mismo con La Monalisa en el Museo de Louvre. “Hubiéramos podido desaparecerlo y traerlo restaurado. Pero quisimos poner en práctica lo que se hace en muchos museos del mundo: que la gente se sienta parte del proceso, haga preguntas, se confronte y piense en él como un símbolo de ruptura”.

El Museo ya ha hecho varios trabajos con el público que involucran al florero. Uno de ellos fue el taller ‘Rompa el florero’. A los visitantes se les entregaba un rompecabezas de la base para armarlo.

Ahora, el asunto va más allá de lo simbólico. Del florero se sabe muy poco, de los hechos del 20 de julio de 1810 hay una tradición oral y escrita que ha trascendido casi dos siglos. Pero no más.

‘Parece un pegote’ Moreno afirma que el lugar más difícil de trabajar es su parte de abajo.

“Parece un pegote. Se le falseó su forma original. La intervención se hizo de manera muy burda, con materiales inadecuados, que lo afearon. No dudo de las buenas intenciones, pero fueron malas reconstrucciones”.

El objetivo es dejarlo visualmente con mayor unidad para los visitantes.

Pero Castro afirma que, lo más importante, es que la restauración ayude a revisar la historia. “Que no se quede solo en la anécdota y que vean el Museo como un sitio para repensar la emancipación”.

Mientras el florero está en el Externado, los visitantes tendrán tres opciones: ver su replica, apreciar un florero hecho en cartón que lo muestra tridimensionalmente y observar las imágenes del trabajo de la restauradora y su equipo en pantallas gigantes

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
29 de marzo de 2008
Autor
OLGA LUCÍA MARTÍNEZ

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