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Sus defensores justifican la barbarie del toreo alegando valores estéticos y espirituales. Sin embargo, la actividad sanguinaria a veces cae en lo ridículo, empezando por el tono entre bobalicón, erudito y teológico de los comentaristas radiales. La masa vociferante, borracha de manzanilla, armada con claveles para halagar al matarife vestido de luces, suscita en algunos emociones atávicas, que remontan a los sacrificios de la prehistoria cuando comíamos piojos. Lástima que a veces uno de los protagonistas del festival, el toro, descargue aguachirles verdosas sobre los bordados de lentejuelas del torero. O el caballo sus propios intestinos bajo el lujo del peto de gala.
Aceptemos la belleza de la injuria de la boñiga del herbívoro martirizado sobre el traje del verdugo –un gamín huye del hambre exponiéndose a las embestidas pagado por los empresarios de la desvergüenza con puñados de oro– y la de (...)
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