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FERIA DE JUGUETES Y SONRISAS

El niño le pide a mamá el carro verde, o el caballo pintado de azul y su hermanita no deja de mirar a Paola, la muñeca que canta y camina. La señora aferra un puñado de billetes en su mano sudorosa mientras recorre sin pausa las diez hectáreas de la feria del juguete en Bogotá. Al final, el carro pulga , de trescientos pesos, más pequeño que una caja de fosfóros, o menos largo que un alfiler, pasa a manos del niño. Paola, a cuarenta mil pesos, se quedó en su estuche y con sus pestañas de plástico. La niña, al rato, después de secar sus mejillas le hablaba a otra nueva amiguita de mil pesos, pícara y con dos juegos de vestidos de flores.

Así es la feria del juguete, para pasear, tocar los juguetes... y ya. Si hay dinero, pues los sueños se hacen realidad. Si no, no importa, en casa hay más historias, y la posibilidad de volver y de pronto reír, soñar y darle vuelo a la fantasía en la carrera 30 con calle 19.

Como en 1992 todo les salió bien y hasta los borrachitos del 25 de diciembre arrasaron con los últimos juguetes, en 1993 los fabricantes y vendedores volvieron a tratar de repetir con éxito sus promociones.

Entre muñecas y carros, y en medio de casetas anaranjadas, en amplios pasillos, con tranquilidad y alegría, los visitantes pueden hacer sus compras.

Los esperan juguetes de madera, peluche, plástico y cuero. Y si alguien quiere un carro de medio millón, con motor, batería, depósito para el combustible y luces, lo puede encontrar allí.

La feria no es juego En cincuenta años que lleva la feria, ha tenido tantos sitios de exposición como dificultades, y siempre han logrado permanecer con su trabajo a pesar de los continuos traslados porque aún no cuentan con un sitio adecuado, como un coliseo.

Su primera sede funcionó desde el 7 de diciembre de 1942, sólo tres años en donde ahora se encuentra la plaza de Bolívar. En los siguientes años las casetas fueron ubicadas en los alrededores del monumento a la Rebeca, el circo de toros y la calle 19, en donde se hizo durante diecinueve años. Y un día, la fortuna falló cuando Andrés Pastrana, el Alcalde de entonces, con el argumento de descongestionar el tráfico, les dio un local en la carrera décima con calle décima.

La inseguridad, y en general la falta de garantías, influyeron en la baja de las ventas. Pero ahora, los 860 expositores reunidos en tres grandes sindicatos, formaron un buen grupo de artesanos y comerciantes, que cada octubre le dan forma a la feria de los juguetes que como industria genera en Bogotá cerca de 3000 empleos directos, y unos diez mil indirectos.

Jordano , Besitos , Palmitas , y muchos más amigos de trapo, con una caja de música en su pecho, o un mecanismo de cuerda en su espalda, esperan su momento para salir de la caja de cartón.

Desde hace dos años, los juguetes y los niños tienen un mejor sitio para reír cuando se acerca la navidad.

Isabel vive en un armario Ella tenía 17 años, y él 22 cuando se casaron. Isabel, la novia, y Alfonso Pineda, el novio. Ambos, desde 1942, viven del juguete. Los Pineda, a pesar del paso del tiempo, no cambian sus armarios, cunas, camas, salas y sillas de madera en miniatura.

Los grandes camiones a prueba de curiosidad y golpes, también son su especialidad. No saben hacer otra cosa, y no les interesa nada más. Permanecen juntos y al lado de sus 6 hijos y 15 nietos, porque: siempre nos va bien, y los juguetes son como un ejercicio, y además nos da para vivir , dice Isabel.

Y ellos, como los demás jugueteros, aún esperan los 500 millones de pesos del presupuesto que en años pasados el Concejo de Bogotá les había gestionado y a los cuales finalmente, les dio otra destinación.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
15 de diciembre de 1993
Autor
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