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Duitama y el cacique Tundama

La primera vez que los españoles oyeron hablar del cacique Tundama fue en 1537, recién llegados a las tierras muiscas del altiplano. Cerca del poblado indígena de Iza, un grupo de españoles al mando del futuro conquistador de los llanos Juan de San Martín se encontró con un anciano a quien le faltaba una mano y llevaba las orejas cortadas, pendientes a lado y lado del cuello. Ese castigo -dijo él- le había sido infligido de propia mano por Tundama por haber osado sugerir un acuerdo pacífico con los españoles.

Ante la conquista, los muiscas tuvieron varias opciones. Unos aceptaron el avasallamiento tras la derrota militar, como los hombres de Quemuenchatocha en Tunja o los de Tisquesusa en la sabana de Bogotá. Otros, como los tunebos del norte de Boyacá prefirieron la muerte y optaron por lanzarse al vacío desde la peña de los Muertos, cayendo al río Nevado. Para Tundama, en cambio, la única salida fue la guerra a muerte. En palabras del historiador Javier Ocampo López, Tundama se convirtió temprano en la Conquista en el “héroe máximo de la resistencia indígena en el Nuevo Reino de Granada”.

El cacique Tundama tenía una gran área de influencia. A él le rendían tributo docenas de caciques menores, muchos de ellos con nombres sonoros como Icabuco y Saquencipá, Sátiva y Socotá, Tibabita y Tibativa, Chitagote y Tocavita. Para enfrentarse con los españoles logró reunir un ejército de diez mil hombres, según refieren los tres grandes cronistas de Indias que narran su lucha: Juan de Castellanos, fray Pedro Simón y Lucas Fernández de Piedrahita.

La gran batalla, que podría ocupar el primer lugar en número de víctimas entre todas las de nuestra historia, ocurrió el 15 de diciembre de 1539 en el Pantano de la Guerra, en la llanura pantanosa que hoy ocupa la ciudad de Duitama. Al enfrentar a los hombres del capitán Baltasar de Maldonado, futuro encomendero de Duitama, murieron en combate cuatro mil de los hombres de Tundama, y otros tantos resultaron heridos.

Los españoles eran solo cien, cuarenta de ellos a caballo, pero contaban con la ayuda de dos mil indígenas -yanaconas del Perú y de otras etnias locales- que se habían unido a su causa. Tundama, que corrió hasta el final de la batalla entre sus tropas para darles ánimo, fue capturado vivo y ejecutado a golpes de martillo por el propio Maldonado. Fue el fin de la resistencia muisca.

El ‘pueblo de indios’ de Duitama, que fuera alguna vez la sede principal del cacicazgo de Tundama, no tiene acta formal de fundación, lo que ha preocupado siempre a los políticos locales que han querido un onomástico para sus desfiles. Para completar, Duitama fue durante toda la Colonia y casi un siglo de vida republicana un poblado secundario.

Solo dos hechos destacables tuvo Duitama en tiempos coloniales. Por un lado, en sus tierras se estableció en 1789 el marqués de Surba y Bonza, una de las pocas familias criollas que presuntamente lograron adquirir títulos reales en España. Por otro, en 1778 visitó la recién creada parroquia de Duitama don Francisco Moreno y Escandón, en lo que sería la única visita de alguna de las grandes autoridades del virreinato.

En la guerra de Independencia Duitama sí tuvo papeles más importantes. Junto a la casona del marqués don Joaquín del Castillo acamparon los ejércitos de Bolívar la víspera de la batalla del Pantano de Vargas. Y del pueblo de Duitama salieron muchos de los reclutas de esta batalla y de la de Boyacá, reclutas que, en palabras del oficial de la Legión Británica Daniel O'Leary, para darles un aire marcial había primero que quitarles la ruana, despojarlos del sombrero y trasquilarlos, a más de “instruirlos en el manejo del arma y hacer que disparasen sin cerrar los ojos y volver la cabeza hacia atrás, poniendo en mayor peligro su propia vida y la de sus compañeros que la de los contrarios”.

El punto de inflexión histórica en que Duitama empezó a convertirse en una de las grandes ciudades del departamento llegó más tarde, hacia el primero y segundo decenios del siglo XX. Durante el quinquenio del gobierno de Rafael Reyes, nacido en la vecina población de Santa Rosa de Viterbo, Duitama tuvo un alcalde progresista, aunque un tanto dictatorial. Se llamaba Tadeo Prieto, y era tío del presidente Reyes.

Un domingo, el alcalde hizo que la fuerza pública cerrara el camino a Santa Rosa, a donde la gente acostumbraba ir el día de mercado, para obligarlos a hacer sus compras en el pueblo. Prieto castigaba con cárcel el incumplimiento de normas menores como el desaseo; él mismo se puso preso alguna vez -cuentan- por caer en alguna de estas penas menores.

En 1911 se conformó en Duitama la Industria Harinera del Tundama cuyo edificio, hoy abandonado, debería ser monumento nacional. Sus molinos eran movidos con moderna maquinaria a vapor y su sirena, que señalaba los horarios de los trabajadores, fue por muchos años el reloj público de Duitama. Con la construcción de la Carretera Central del Norte, inaugurada en 1928, Duitama quedó situada en una encrucijada de caminos e hizo del transporte público otro emporio industrial.

Para la segunda mitad del siglo Duitama tenía fábrica de cerveza, embotelladora de gaseosas y fábrica de motores de automóviles, entre otras muchas industrias. Hoy Duitama, menos industrial, tiene un nuevo atractivo: su Pueblito Boyacense. Es éste un conjunto residencial de casas miniatura que imitan las construcciones tradicionales del departamento. Allí se han reunido artistas, artesanos, músicos y escritores en un experimento cultural y turístico cuyos resultados son prometedores.

Pero la historia anda en círculos, y el Pueblito Boyacense quedó ubicado en la misma vereda de Tocogua en donde encontraron hace dos decenios los restos del asentamiento agrícola más antiguo de Colombia. Qué bueno que todo turista supiera que ya cultivaban estas tierras anegadizas tres mil años antes de que Tundama estuviera cortando orejas.

Duitama fue durante toda la Colonia y casi un siglo de vida republicana un poblado secundario.

Especial para PORTAFOLIO

Publicación
portafolio.co
Sección
Otros
Fecha de publicación
25 de julio de 2007
Autor
DIEGO ANDRÉS ROSSELLI COCK

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