Colombianos en busca del sueño árabe

Colombianos en busca del sueño árabe

Una fila de profesionales, la mayoría escapados del trabajo, con sus hojas de vida en la mano y vestidos con saco y cortaba, sale una mañana de mayo de un lujoso hotel del norte de Bogotá.

17 de junio de 2007, 05:00 am

La fila, entre los que se encuentran ingenieros bien pagos, que hablan inglés perfecto y ostentan hasta el título de Master of Business Administration (MBA), termina en un salón donde hay pasabocas y pasan en televisores un video de los complejos petrolíferos en Arabia Saudí, donde reposan el 25 por ciento de las reservas mundiales de crudo del mundo.

Todos llegan guiados por un aviso de prensa en inglés en el que se citaban a las personas que estuvieran interesada en ir a trabajar a ese país, con la empresa Aramco. “El colombiano se le mide a lo que sea. Pero si me pillan en mi empresa que estoy acá, me sacan”, comentaba uno.

Ese día, el desfile de personas terminó a las 6 de la tarde. Fueron 1.300, cifra récord en la tercera convocatoria de Latin American Human Resources (LHR), la compañía encargada por la petrolera Aramcopara buscar talentos en el país, pues se encuentran en un pico de la producción y necesitan trabajadores en diferentes áreas con gran experiencia. En los dos años anteriores se habían presentado 1.100 personas.

La petrolera les ha hecho ofertas de trabajo a 90 colombianos y un gran número de ellos ya está viviendo el ‘sueño árabe’, en campamentos en el desierto y en altamar, donde pueden ganar más del doble de lo que ganaban en Colombia.

Esa fila la hizo Carlos* el año pasado, un ingeniero de petróleos que se encuentra con Claudia, su esposa, y sus dos hijos en un campamento en medio del desierto, protegido por soldados y rodeado de camellos, cerca de la ciudad de Al Khobar, en el oriente del país.

La familia vive en una casa con 4 alcobas, sala de televisión, tres baños y antejardín. Dotada con lavadora, secadora, nevera y lavadora de platos. Se ven carros Audi, Porshe y Lamborghini hasta Mazda y Renault. Tienen colegio para los niños y centro médico.

“Prácticamente vivimos en un club. Dentro del complejo existen piscinas, campo de golf, salón para los niños con juegos electrónicos, canchas de fútbol, de béisbol, pista de patinaje, restaurantes, cafeterías y supermercado”, cuenta Claudia, que agrega que no se cometen robos y los niños van al colegio en bicicleta.

Ni una gota de licor La vida en el campamento es tranquila y rutinaria. Mientras Carlos se va al campo petrolero, ella, una profesional acostumbrada a trabajar, se queda arreglando la casa, cocinando, o va a cursos de danza o a clases de natación.

Pero este paraíso, donde se tanquea full una camioneta con lo equivalente a 18 mil pesos colombianos, no es tan perfecto para los occidentales. Las mujeres no pueden manejar carro, restringen los canales internacionales de televisión y nadie puede tomar una gota de licor, pues Arabia Saudí se rige por el ‘wahabismo’, una interpretación rigorista del Islam, que, entre otras cosas, contempla que a los ladrones se les corte la mano.

Claudia cuenta que dejó en Colombia su crucifijo y la Biblia, porque se lo habían recomendado, pero que al llegar se dio cuenta que los pudo haber llevado en la maleta. “Muchas personas han dejado ir esta oportunidad por temor. Hay restricciones, pero no es nada a lo que cualquier persona que abra su mente se pueda adaptar”. Ella ya se ha ido acostumbrando a que cada vez que sale tiene que ponerse el Abayah, un vestido negro. A no entrar a los restaurantes si no tienen área para la familia. Y a ver en las playas a musulmanas bañándose vestidas, con pañoletas, porque no pueden usar trajes de baño.

“Ha sido impactante no poder moverme sola fuera del campamento, no poder manejar o no ser tomada en cuenta por los vendedores cuando estoy con mi esposo. Pero uno lo asume y ya, tampoco es grave. Lo que me ha parecido particular es ver que los hombres caminan de la mano y se saludan de beso”.

Las colombianas se reúnen regularmente. “Solo es tomadita de café y charla, porque no hay trago”. Y, cuando la familia quiere divertirse, viaja los fines de semana por carretera al país vecino de Bahrein, donde las mujeres pueden usar bluyines, hay bares, venden costillas de cerdo y playas.

A veces tienen que enfrentarse al clima. Todavía no ha entrado el verano y hace 49 grados centígrados. Y ocasionalmente el campamento es azotado por tormentas de arena, que no dejan ver a un metro de distancia.

Este sueño, como todo sueño, es pasajero. “Ambos extrañamos a nuestras respectivas familias y mi esposo, adicionalmente, el traguito. Pero de resto no extrañamos nada. Es un lugar tranquilo y los niños viven felices. Sin embargo, el propósito de los que estamos aquí es hacer dinero. Estamos tratando de que sea en el menor tiempo posible”, dice Claudia.

*Nombres cambiados por petición de la fuente. .

Pilotos sobre las arenas de los desiertos petroleros del Golfo Pérsico EDUARD SOTO GUERRERO REDACTOR DE EL TIEMPO De un día para otro, quedaron en la calle. Cuando la aerolínea colombiana Aces cesó sus operaciones en agosto del 2003, la vida les cambió a cerca de 200 pilotos.

Pero hoy, casi 4 años después, a muchos de ellos la vida les sonríe. Ahora trabajan en los cálidos desiertos petroleros del Golfo Pérsico, donde, tras la crisis aeronáutica provocada por los atentados del 11-S, se está viviendo una expansión sin precedentes.

Y mucho más que eso: tienen el privilegio de operar en aeropuertos que si se hubieran quedado en Colombia difícilmente hubieran conocido; y de pilotear los más modernos aparatos. Entre ellos estará el Airbus 380, el más grande del mundo.

En las aerolíneas de Oriente Medio, hay alrededor de 25 pilotos y copilotos colombianos, 12 de ellos en Qatar Airways.

Hugo Espejo, copiloto de un Airbus 330, es uno de ellos: “Cuando colapsó Aces, todos quedamos cesantes. Como el mercado interno ya estaba copado, tuvimos que empezar a enviar hojas de vida. Descartamos empresas de E.U. y Europa, porque exigen residencia y pasaporte de allí y las licencias no están homologadas. Y las latinoamericanas prefieren a sus nacionales. Así que las enviamos al Golfo Pérsico. Acá estoy desde principios del 2004. Es una de las mejores experiencias de mi vida. Es fascinante”.

“Viviendo acá en este mundo árabe uno aprende a entenderlo. No es un nido de terroristas, como se suele pensar en Occidente, sino que son personas muy consagradas. Nunca, en el tema de seguridad, me he sentido intranquilo”, responde el capitán Félix Martínez cuando se le pregunta si guarda algún temor por el terrorismo islámico. Martínez es capitán de un A-330.

Para los colombianos llegar a esta aerolínea fue como entrar a las grandes ligas de la aviación. No solo porque maneja altísimos estándares operativos sino por la gran cantidad de destinos que cubre.

Por vivir en un país árabe-musulmán, donde se supone que las mujeres están relegadas, se podría pensar que una mujer copiloto tendría dificultades.

Pero no. Adriana Mejía, en un Airbus 320 –como los que tenía Aces–, se ha sentido muy a gusto. “No hay restricciones en el vestir, no hay discriminaciones. El ambiente es de absoluto respeto”.

“No hay lugar para nostalgias: El mes pasado estuve en Singapur, Manchester, Osaka, Casablanca, Bangkok y Shanghái. Este mes estaré en Londres, Múnich, Fráncfort, Hong Kong y Manila”, dice Espejo.

La única nostalgia es, quizás, la de Adriana. “En Colombia, uno se despierta con el sol en contraste con el verde de las montañas. Acá, con el del sol en la arena del desierto. Eso es otra cosa”.

''Es particular ver que los hombres caminan de la mano y se saludan de beso. Y que las mujeres coman en sitios distintos a los de los hombres”