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EL BOLÍVAR Y EL PESO

Uno de los aspectos menos conocidos de la operación de un mercado común, como el que están creando los países andinos, es la necesidad de mantener las paridades de las tasas de cambio respectivas dentro de una estabilidad relativa. Si ello no se logra, el comercio entre los países asociados sería determinado mucho más por factores puramente cambiarios que por las ventajas comparativas auténticas de una u otra nación. Hasta hace algunos años, los flujos de comercio entre Colombia y Venezuela dependían dramáticamente de la oscilación del bolívar frente al peso. Cuando Venezuela mantenía una tasa sobrevaluada, como ocurrió hasta 1987, todo era más barato en Colombia, cuyo esquema de minidevaluaciones existente desde 1968 le permitía ajustar mejor su tasa de cambio a su nivel de inflación. A partir de ese año, Venezuela también comenzó a aplicar las minidevaluaciones, con lo cual se logró impedir la permanente revaluación del bolívar frente al peso.

Muchos empresarios colombianos han observado con procupación cómo ha venido cayendo gradualmente el precio del bolívar. La semana pasada se pasó la barrera sicológica de los 100 bolívares por dólar, partiendo de 4,30 en 1987. Ello no significa necesariamente que todo se esté volviendo más barato en Venezuela, ya que también es mayor la inflación interna de ese país que la que sufre Colombia.

Recientemente, La Nota Económica publicó el índice de las tasas de cambio reales (o sea, ajustadas por infalción) entre los dos países, a partir de 1990. Si bien ese índice muestra fluctuaciones, ellas habrían cabido dentro de una banda del orden del 7 por ciento para cada lado del promedio, lo que no parece exagerado si se recuerda que en la actualidad la Comunidad Económica Europea permite variaciones hasta del 6 por ciento.

Esa relativa estabilidad, que se ha fortalecido muchísimo más a partir de 1992 cuando se hizo la apertura total de los dos mercados, explica bien por qué hasta ahora el comercio colombo-venezolano se ha desarrollado en general sobre líneas de ventajas comparativas más que sobre artificios cambiarios, como bien lo dice La Nota Económica.

La situación hacia el futuro no parece igualmente optimista. Venezuela tiene un déficit fiscal que vuelve inevitable una tasa de cambio más elevada. En los últimos meses, ese país ha estado devaluando su moneda a más del 40 por ciento anual, al paso que su inflación interna no alcanza a este guarismo; Colombia, con una inflación del orden del 22 por ciento, devalúa al 14 por ciento anual. Todo indica que esas tendencias continuarán: Venezuela, depreciando su bolívar en términos reales; Colombia, revaluando su peso.

De no preverse adecuadamente esta situación, el próximo año veremos aparecer de nuevo las tradicionales distorsiones cambiarias entre los dos países, solamente que ahora serían contra nosotros. Es importante entonces establecer una banda de fluctuación para las dos monedas, por fuera de las cuales el país perjudicado podría invocar la salvaguardia cambiaria prevista en el Acuerdo de Cartagena. Después será muy difícil hacerlo sin graves consecuencias políticas.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
31 de octubre de 1993
Autor
ANTONIO URDINOLA

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