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EL DIFERENDO COLOMBO-VENEZOLANO

A tiempo que se protocoliza el convenio de libre comercio entre Colombia y Venezuela y la integración avanza a todo vapor, las expectativas electorales en el otro lado de la frontera incitan a agriar el ya largo proceso de delimitación de áreas marinas y submarinas entre los dos países. La posición más benigna, pero también gravemente perturbadora, se orienta a interrumpir las conversaciones en curso para congelar el diferendo por cincuenta años, con cuantos riesgos implica mantener una discrepancia de tan vidriosa índole a lo largo de medio siglo. Nueva frustración, melancólico paso atrás, que si algo indicaría sería la falta de aptitud del procedimiento escogido para resolver las cuestiones litigiosas.

Con lúcido criterio, la señora ministra Noemí Sanín, hablando en nombre del Gobierno colombiano, ha señalado que esta propuesta aplazaría el problema en lugar de resolverlo. En el fondo, lo dejaría vivo, a merced de deformaciones, pasiones y reacciones, como material eventualmente inflamable. Cualquier malentendido, cualquier acto inocente de una de las partes, podría prender la chispa de un conflicto de indeseables proporciones. En primer lugar, según ella lo anota, sería menester definir temas neurálgicos como el de la navegación, la pesca, el patrullaje. Y ello solo requeriría la voluntad de ponerse de acuerdo, voluntad hasta ahora tan esquiva respecto de los principios de donde esos derechos elementales dimanan.

Quienes vimos con patriótica inquietud la tensión creada en la primera etapa de los Gobiernos de los presidentes Barco y Lusinchi y disentimos de los motivos que la provocaron, nos sentimos autorizados, por el mismo sentimiento de hermandad colombo-venezolana, a considerar inaceptable, en las presentes circunstancias, la tesis de la congelación. Si el arreglo directo llegara a fracasar, quedarían abiertos los mecanismos de conciliación, mediación y arbitraje, así como el recurso de interpretación ante la Corte Internacional de La Haya. Para su utilización, no es aconsejable una atmósfera de hostilidad y recelo, como la de ocasiones anteriores. Sin embargo, la preferencia, digamos la prioridad, está en las conversaciones bilaterales, al amparo de los vínculos históricos y de la creciente integración subregional y regional.

En la búsqueda del arreglo directo hay que perseverar, fijándose, si fuere posible, un plazo aproximado, con miras a evitar las dilaciones interminables. Si se establecieron fechas para la entrada en vigencia de algo tan complejo como la zona de libre comercio y el arancel externo mínimo común, por qué no trazarse un cronograma, siquiera aproximado, a propósito de la solución del diferendo sobre áreas marinas y submarinas? Para el indispensable arreglo definitivo o para el desarreglo cordial, que obligaría a ensayar, de mutuo acuerdo y sin dramatismos, otras vías civilizadas y pacíficas. Contraste con las nuevas realidades En el mundo de hoy no existe congelación viable. Profundamente dinámico, abunda en nuevas realidades, en nuevas formas de asociación, en nuevos regímenes comerciales y culturales. Así, la integración de estirpe bolivariana ha recibido poderoso impulso a nivel latinoamericano y del Grupo Subregional Andino, de que Colombia y Venezuela son piezas claves.

Mucho soñamos en el mercado único, pero aparte del irregular de frontera, nunca se pudo lograr. Hoy lo tenemos en vigor. Con el aditamento de que no se trata de un hecho puramente comercial, de intercambio de mercancías, sino que florecen en ambos países múltiples inversiones e iniciativas binacionales.

La integración va siendo de verdad. De las nuéstras se había dicho que eran fronteras vivas. Siguen siéndolo. La diferencia es que ahora esas fronteras cubren todo el territorio de ambos países. No es sino ver cómo la actividad empresarial pasa de un lado al otro, en clara prueba de confianza en el destino de la asociación colombo-venezolana. Sus productos compiten en franca lid, sin talanqueras, y sus economías se tornan crecientemente complementarias.

Dentro de semejante escenario, la supervivencia de un conflicto o de un diferendo, llámesele como se llame, no pasa de ser un anacronismo. Tanto más cuanto gira en torno de la obligación inexcusable de delimitar las áreas marinas y submarinas, conforme al moderno Derecho Internacional. Al definir nuestras fronteras terrestres una vez por todas, en el Tratado de 1941, suscrito por los presidentes Eduardo Santos y Eleázar López Contreras, ambos americanistas y demócratas, ese concepto de soberanía marítima no existía en la extensión que luego habría de conocer. Es lo que falta por hacer. Sin remover rescoldos como el de la ignominiosa e irreparable entrega de los islotes de Los Monjes, ni enturbiar con amarguras el cumplimiento ineludible de los compromisos actuales.

Imagínese en la hipótesis de una congelación a cada Estado procurando ejercer sus derechos en lo que es suyo y corriendo el riesgo de fricciones como la de la corbeta en tiempos de la Administración Barco-Londoño. Derechos de navegación, patrullaje, exploración, pesca, que indefinidamente no pueden dejarse de ejercer en una zona como pocas viva y activa. Definiéndolos acaso? Lo más probable, en este caso, es que se topara con el meollo de la delimitación de las áreas marinas y submarinas y que se acabara realizándola, a pedazos. A cada cual, lo suyo Colombia y Venezuela están obligadas a demostrar al mundo su capacidad de ponerse de acuerdo. Carecería de sentido perpetuar un litigio mientras se tienden entre ellas toda clase de puentes. No se desconoce la importancia para Venezuela del golfo que lleva su nombre y que aquí suele denominarse de Coquivacoa. Pero tampoco cabe desconocer ni discutir el perfecto derecho proporcional que a Colombia corresponde. De lo que se trata, conforme lo anotara nuestra Canciller, es de su determinación geográfica en las áreas marinas y submarinas.

Con irrenunciable emoción grancolombiana hemos visto la firma del convenio de la zona de libre comercio y el progreso de la unión aduanera. Igualmente los hechos menos sonoros protagonizados por empresarios e inversionistas. No por cierto unilaterales, sino de afortunada coincidencia binacional. Por qué no proceder, con el mismo espíritu, en las negociaciones de las áreas marinas y submarinas, reconociendo a cada una lo suyo? Parece tan fácil y sin embargo va resultando tan difícil, tan problemático, que será menester una gran dosis de sindéresis y de emoción grancolombiana o bolivariana para llegar a una solución, pronta, ecuánime y justa.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
30 de enero de 1992
Autor
ABDON ESPINOSA VALDERRAMA

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