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Sábado 25 de febrero de 2017

ABADIO PARA LOS BLANCOS

El hijo de Leutenes era un muchacho delgado, de cabellera negra y ojos achinados, que salía a pescar por las mañanas en una canoa hecha por su padre de un tronco de caracolí. Su labor no era difícil. Las aguas azules del Caribe dejaban ver el lomo gris de los peces que el muchacho arponeaba con destreza. Cuando cumplió los cinco años los ancianos de la comunidad se reunieron para escogerle un nombre. Se llamó igual que su abuelo: Manipiniktikinya, que significa lucero del alba .

Por: José Navia

Manipiniktikinya era uno de los dosmil indígenas Kuna o Tule que habitaban en la comarca de Sasartí Mulatuppu, un archipiélago conformado por 450 pequeñas islas coralinas, de playas blancas y filosos arrecifes, salpicadas de palmeras de coco y de ranchos palma y caña flecha.

El lugar está ubicado en Panamá, entre el Darién y Colón. Allí nació Manipiniktikinya, a quien sus padres bautizaron, por el rito católico, cuando cumplió 15 años. Se llamó Abadio Green Stocel. Ese era el nombre que lo legalizaba ante los blancos.

Sus abuelos le contaron el Green Stocel se debe a que los piratas holandeses e ingleses tuvieron un contacto muy cercano con sus antepasados. En su enmarañado territorio los corsarios escondían los tesoros que robaban en alta mar a los españoles, los familiarizaron con cañones y arcabuces y les enseñaron los secretos de la navegación.

Ahora el hijo de Leutenes tiene 35 años y es el Presidente de la Organización Nacional Indígena de Colombia, Onic. Y el próximo 7 de octubre, a las tres de la tarde, recibe la ciudadanía colombiana en la Alcaldía de Medellín.

Abadio Green Stocel también es filósofo y teólogo de la universidad Bolivariana de Medellín, con post grado en Lingística en la Universidad de los Andes de Bogotá. Usa la cabellera larga, lentes redondos, y un collar de cuentas negras con colmillos de mico y de tigrillo. Por lo general, utiliza una chaqueta de jeans con una mola (tejido de colores llamativos) que identifica a los de su raza.

Sobre sus hombres recae la tarea de representar a las 84 etnias que existen en el país. Por esa razón pasa la mitad de su vida yendo de un lado a otro. Y cuando le queda tiempo se va para el resguardo de Caimán Nuevo, a una hora de Turbo, donde sus hermanos de raza lo acogieron desde los 19 años.

Unos meses antes había terminado el bachillerato en el colegio Fermín Nandau de Ciudad de Panamá, donde estudió patrocinado por los padres claretianos. Esa comunidad le ofreció ayudarlo a ingresar a una universidad en España, Argentina, México o Colombia.

Escogió a Colombia porque en la zona de Urabá todavía quedaban dos comunidades de su etnia, los sobrevivientes del embate de la civilización y de las epidemias que los mataron por miles.

Así llegó a la Bolivariana de Medellín, y apenas reunió el algo de dinero se fue a Caimán Nuevo. El cacique y guía espiritual de la comunidad, Oloeliktikinya, lo presentó ante sus hermanos y desde entonces es uno más de ellos. Tanto, que al terminar sus estudios en Medellín regresó a vivir allí, se casó con la hija del cacique, Manitiowekintil, y tiene dos hijos. Un varón, Ikuaokinyappiter, de tres años, y una hembra, Olowaili, de año y medio.

El ritual de matrimonio de Abadio Green Stocel duró ocho de los diez días que ordena la tradición kuna. Lo interrumpió para viajar a Canadá, a vivir dos meses en reservaciones indígenas, debido a un compromiso adquirido con anterioridad.

Sin embargo, alcanzó a ser entregado a sus suegros por los hombres águila, le demostró al viejo cacique que conocía de la caza y la agricultura y estuvo con su esposa en el chinchorro nuevo que los hombres de la comunidad instalaron en la choza macho, donde se celebra estas ceremonias.

Después hizo otros dos viajes a Europa para hablar de la Amazonía y de la riqueza mileria de su cultura.

Estuvo Francia, Suiza, Alemania, Bélgica y Finlandia. Pero lo que vio allí lo lleno de tristeza: Es una cultura deshumanizante, sin amor, los niños crecen en guarderías, en manos ajenas. Todo está contaminado, las cosas y hasta la gente es artificial. Hasta para engordar una vaca o un marrano es a base de hormonas. Y uno piensa si eso es vida. Si la civilización es progreso... pobrecitos los europeos, tener que vivir así .

De allá llegó amando más sus montañas, sus ríos, y escribiendo poemas al sol, al lucero del alba, a su pueblo y, especialmente, a su hija, Olowaile para que nada de esto le suceda: El humo de ají, llamó a los guerreros de la noche.

Para protegerte de los espíritus del mal .

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