Fijación oral

Fijación oral

Traté de resistir, pero no pude. Como lo hizo el Internet conmigo, el teléfono celular me ganó. Y sí, hoy tengo un teléfono celular. Mis hijos insistieron: “Madre, usted viaja mucho en Colombia. Es por su seguridad”. Las amigas insistieron: “Florence, así podemos encontrarte rápido”. Y los periodistas me decían: “Doctora, no lo puedo creer, ¿usted no tiene celular?”.

1 de noviembre de 2006, 05:00 am

Bueno, sí, tengo celular y utilizo el Internet. Pero no me han podido convencer de su inmensa eficacia. Pues creo que estamos perdiendo algunas migas de humanidad que serán difíciles de reencontrar. Pienso, entre otras cosas, en el silencio y en una cierta idea de soledad. Y hablo de estar sola sin sentirse sola; hablo de la riqueza de la soledad, de esta inevitable soledad que es el meollo de la humanidad y que tratamos de ocultar, disfrazar, evitar. Porque este pequeño aparato cada día más sofisticado ya no nos permite esta confrontación esencial de la vida.

Estamos olvidando el silencio, la espera, la duda, pues hoy todo tiene que resolverse ya. Todo tiene que responderse ya. La lógica de la velocidad, sumada a la eficacia y a la rentabilidad comercial, está ordenando nuestras vidas y nos está devorando. Ya no hay contemplación posible, todo tiene que ser consumo inmediato.

Por supuesto, sé que el teléfono celular resuelve también problemas de seguridad, una seguridad cada día más escasa en la mundialización de las violencias urbanas, pero en lugar de atacar el problema nos inventamos aparatos que nos permiten sobrevivir a medias en esta jungla. Y que conste que no soy una nostálgica de los viejos tiempos, ni de los viejos valores.

En cuanto mujer, no podría serlo. Solo añoro el silencio. La espera de una carta que llegaba en un sobre adornado con unas estampillas que mis hermanos coleccionaban. Abrir una carta esperada representaba un momento único. Una carta que una había esperado días, semanas y, a veces, meses. Reconocer la escritura, la tinta, a veces el olor, y saber que teníamos que responder, mañana, no, tal vez pasado mañana o en algunos días, pero había tiempo para pensarlo.

Las cartas desaparecieron casi del todo. Y me pregunto por qué no nos quedamos con ese viejo teléfono negro de discado. Para mí era absolutamente suficiente. Por lo menos no timbraba tan insolente e insoportablemente durante un concierto, una conferencia magistral, una representación teatral o en el mejor momento de una película.

En Francia, fue necesario legislar sobre los celulares en los colegios, pues todo niño o niña, desde los 11 años, tiene su “portable”, o sea, su teléfono celular, y las clases se estaban convirtiendo en un verdadero martirio de timbres polifónicos. Y hoy acabo de recibir mi cuenta de celular. Cuenta reducida al mínimo pues controlo los minutos, no sé escuchar mensajes y mucho menos mandar mensajes de textos, y no aprenderé. En la publicidad que la acompaña, me dicen que Shakira descarga lo mejor en mi celular. Y me pregunto: ¿qué será lo que me descarga Shakira en mi celular? Debe ser su fijación oral, porque de esto se trata verdaderamente con los celulares. Una fijación oral que se está generalizando peligrosamente.

En la calle, en los aeropuertos, en los supermercados, todos y todas caminan con la mano derecha pegada a la oreja; parecemos una manada de locos en fase regresiva buscando el seno materno que no nos permita salir de la infancia.

Pero pronostico que pronto alguien astuto inventará una máquina distribuidora de silencios. O tal vez más sencillamente y como ya me repetía mi madre (quien, por supuesto, no conoció ni los celulares ni los computadores): “Existirá siempre soledad para los que la merecen”. Y sí, seguro, tenía razón.

* Grupo Mujer y Sociedad