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Mariquiteña, mariquiteña

Como hecho inusual, el himno oficial de Mariquita no habla de gestas heroicas ni tiene notas marciales. Por el contrario, su aire festivo es de ‘rumba criolla’, y sus versos exaltan los divinos ojos de perdición de una garbosa mariquiteña. Milciades Garavito, el compositor, nació en la vecina población de Fresno, y fue pionero en ese ritmo de influencia cubana que popularizó la legendaria emisora La Voz de la Víctor por allá en los años cuarenta.

Pero el maestro Garavito Wheeler no fue el primero en dejarse conquistar por estas tierras tolimenses. Ya el cronista de Indias fray Pedro Simón (1574-1628) en sus Noticias historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, al referirse a la fundación de Mariquita habla de “un sitio limpio y acomodado de leña, madera, agua y piedra, que son las cuatro cosas, después de la sanidad, que se requieren para las bien consideradas poblaciones”. Ese viernes 28 de agosto de 1551, cuando fundaron el pueblo, el capitán Francisco Núñez Pedroso invocó a san Sebastián, “por abogado contra las venenosas flechas con que peleaban aquellos fieros indios panches”.

Un año más tarde, el mismo Núñez Pedroso trasladó la ciudad al lugar actual por -para seguir con el cura Simón- “no ser el sitio de las comodidades que habían hallado”. El nombre de San Sebastián no pegó, y se terminó imponiendo el del cacique mayor de la comarca, llamado Mariquitá, con el acento en la última sílaba, y que luego pasó de agudo a grave.

Núñez Pedroso no fue el más ilustre huésped de esos años iniciales, ya que en San Sebastián de Mariquita habría de pasar sus últimos días don Gonzalo Jiménez de Quesada, quien murió aquí en 1579. Don Gonzalo dejó en la ermita de la ciudad un hermoso Cristo de los Caminantes, traído por él mismo desde un convento franciscano en Barcelona. Según dice en la ermita, este Cristo tallado, de tamaño casi natural, había estado primero en el palo mayor de una de las embarcaciones que en la época de las Cruzadas había participado en la reconquista de la Tierra Santa, mucho antes del Hezbolá. El Cristo estuvo luego en el palo de mesana de una de las naves insignia de la flota real de Felipe II, cuando España, aliada con el Papado y con la república de Venecia se enfrentaron al sultán de Constantinopla Selim II ‘el ebrio’, en aquella guerra que culminó en la batalla Lepanto, en 1571. No es, pues, cualquier talla de madera la que veneran hoy en Mariquita.

Otro mariquiteño adoptivo de muchos méritos fue José Celestino Mutis, quien entre 1783 y 1791, cuando apenas se gestaba el movimiento de emancipación, estableció aquí el centro de las investigaciones científicas de la Expedición Botánica.

Cuando Jesús María Henao y Gerardo Arrubla escribieron la primera edición del texto de Historia de Colombia que muchas generaciones de colombianos usamos en la secundaria, originalmente escrito para conmemorar el primer centenario de la independencia, se refirieron a Mariquita así: “La ciudad de Pedroso tuvo cierta grandeza: muchos edificios de mampostería, acueductos de piedra labrada que conducían agua muy limpia; siete iglesias, tres conventos, casa de fundición de oro y plata; y en sus alrededores, flores, frutas y ricas dehesas. Hoy Mariquita sólo inspira recuerdos; en sus contornos se ven ruinas del pasado esplendor sombreadas por árboles frutales de los antiguos huertos, y el escudo de armas que le dio Carlos V todavía se ostenta grabado en una piedra: es un haz de saetas invertidas, atado por una cinta”.

Pero no todos los mariquiteños adoptivos son de la talla de don Gonzalo, de José Celestino o del maestro Milciades. Durante los años veinte y treinta del siglo XX, la región fue azotada por el bandolero Reinaldo ‘El Palomo’ Aguirre. Este bandido asaltaba el cable aéreo que venía de Manizales, las grandes haciendas del norte del Tolima, las recuas de mulas, y los embarques de dinero para los bancos o para el pago de la nómina de las fincas o de los municipios de la región. Dado que a veces repartía parte de su botín con los más pobres, se ganó el apoyo de muchos. Pero el 24 de febrero de 1940, en cercanías de Mariquita, y después de enfrentar por horas, a más de 50 policías, ‘El Palomo’ se disparó su última bala en la cabeza. Ese día, es seguro que en algún lugar de Colombia debían estar sonando las notas de una ‘rumba criolla’, ya fuera ‘Que vivan los novios’ de Emilio Sierra, o la inmortal ‘Mariquiteña’ de Milciades Garavito.

El nombre de San Sebastián no pegó, y se impuso el de Mariquitá, que luego se convirtió en Mariquita.

Publicación
portafolio.co
Sección
Otros
Fecha de publicación
23 de agosto de 2006
Autor
DIEGO ANDRÉS ROSSELLI COCK ESPECIAL PARA PORTAFOLIO

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