50 años de la tragedia que estremeció a Cali

50 años de la tragedia que estremeció a Cali

Una cruz blanca, sin placa y que a veces se pierde entre la maleza cercana a la terminal de Transporte de Cali, marca el sitio de la explosión que hace 50 años estremeció la capital del Valle.

7 de agosto de 2006, 05:00 am

El 7 de agosto de 1956, a la 1:07 de la mañana, una nube negra envolvió la ciudad. La energía se fue y todos corrían con los ojos desorbitados hacia la Plaza de Caicedo. “¡Estalló la guerra!”, gritaban quienes lograron escapar a la explosión de seis camiones cargados con 42 toneladas de dinamita gelatinosa.

“Encontramos a un hombre en calzoncillos y sangrando. ¡Todo lo perdí, mi hogar, mis hijos, mis bienes!, gritaba. Se llevó el revólver a la boca y se pegó un tiro”, recuerda el padre Alfonso Hurtado Galvis, quien por esas fechas era el capellán del Batallón Pichincha.

“La gente andaba como local y nos gritaba que no siguiéramos, que había estallado una bomba”, dice Francisco Andrade, de 82 años, uno de los bomberos que atendió la emergencia.

El explosivo fue descargado por un buque sueco en Buenaventura. La caravana, bajo el mando del sargento Pedro Higuita, había partido el día anterior rumbo a Bogotá, donde necesitaban la dinamita para unas obras públicas. A las 5:30 de la tarde llegó a Cali y se estacionó frente al Batallón Pichincha, hacia el sur de la ciudad.

Pero el sargento Higuita no se puedo alojar esa noche en el Batallón, pues el capitán Gustavo Camargo le negó el permiso al enterarse de que su caravana cargaba dinamita. Le ordenó llevarla a las afueras de Cali.

Los camiones fueron a parar a la plazoleta de la Estación del Ferrocarril del Pacífico, un lugar muy concurrido a cualquier hora del día por el movimiento de pasajeros. Había siete posadas para viajeros, casas de citas, cafés, talleres y fábricas de aliños, velas y jabones a su alrededor.

Esa madrugada, muchos de los que dormían en el lugar se despertaron con un estruendo y una lluvia de estacas sobre sus cuerpos. A otros les cayeron encima los techos.

Hoy, no se sabe con exactitud cuántas víctimas cobró la tragedia. El escritor Arturo Alape dice que en Bogotá hablaban de 1.300, que la revista Life contó 1.200 y que el padre Hurtado, quien les dio la extremaunción a muchos, decía que había visto enterrar en la fosa común a 3.725.

“En las paredes del café Maizal quedó una mesera incrustada como una estampilla”, recuerda Tulio Enrique García, de 85 años.

Él, con heridas leves en la cabeza, corrió después de la explosión y vio cuatro buses calcinados: “En los pasillos había muertos, uno sobre otro.

Olía como carne asada”.

El bombero Andrade recuerda que no se veía nada a 10 metros. “La orden era rescatar primero víctimas y luego apagar incendios. Terminamos a los tres días”, dice.

Cali tenía 100.000 habitantes y seis máquinas para apagar incendios. Una estaba en reparación.

“La gente pedía misericordia, arrodillada. Encontré a una mujer de unos 18 años muerta y embarazada; junto con un soldado ayudamos a la niña a nacer.

Con el agua con barro de las tuberías reventadas la bauticé María Eugenia, por la hija del Presidente”, recuerda el padre Hurtado.

Los sobrevivientes tuvieron que soportar varios meses el peso de la tragedia. “Estuvimos 15 días sin energía y sin agua. Perdimos todo, pero gracias a Dios ninguno de mi familia murió”, dice Alicia Ordóñez, de 82 años.

Hoy, a las 9:30 de la mañana, se oficiará una misa en el lugar de la tragedia.

* MISTERIO NO RESUELTO .

Todavía no se sabe qué generó la explosión. Se dijo que fue producto del choque, que fue una bala y hasta que fue un complot contra el general Gustavo Rojas Pinilla.

El padre Hurtado dice que después de la investigación se dedujo que un soldado, al desasegurar el fusil, no colocó la boquilla hacia arriba sino en forma horizontal, y que se le disparó un proyectil.

“¿Cómo es posible que pudieran transportar esa cantidad de dinamita sin los cuidados necesarios? Fue una actitud de descuido terrible”, dice Alape.

Este accidente se dio en medio de la violencia partidista. El general Rojas Pinilla habló de un sabotaje político. El periodista Enrique Santos Montejo, desde París, lo culpó de la tragedia por violar las reglas que regulaban el transporte de materiales explosivos.

Mientras Alberto Lleras redactó una carta pública en la que rechazaba las acusaciones del Gobierno contra la oposición, el ex presidente Laureano Gómez soltó una de sus contundentes frases: “El delincuente, el gran culpable ante Dios y la Patria, es quien llevó en camiones militares semejante cantidad de explosivos al centro de una ciudad dormida...”. .

* Misa en Cali.

Sobre el hueco de 50 metros de diámetro y de 8 de profundidad que abrió la explosión cerca de la estación del tren, se conserva una cruz blanca para no olvidar la tragedia.

Hoy, a las 9:30 de la mañana, se oficiará una misa al lado de la cruz.

Igualmente, la Alcaldía piensa convocar a los artistas de la ciudad para que trabajen una propuesta de monumento que permita a las nuevas generaciones tener presente este pasaje de la historia de Cali.

En el centro de la ciudad queda como testimonio el edificio República de Venezuela, donado por el dictador Marcos Pérez Jiménez. Tiene 14 pisos y 140 apartamentos y allí todavía habitan algunos sobrevivientes de la tragedia.

* TESTIGO.

" La gente tenía los ojos desorbitados y nos gritaban que no siguiéramos, que había estallado una bomba. No se veía nada, todo era una nebulosa (...) La orden era rescatar primero víctimas”. Francisco Andrade, bombero.