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JARDINERO CON PLANTAS Y SIN TIERRA

La tierra que cultiva con tanto esmero no le pertenece. Y debe tener especial cuidado para evitar que el agua para el riego de las plantas le origine infecciones. El jardín del río, localizado bajo el puente de la calle 21 con carrera segunda, le ha devuelto a Hernán Acosta Gómez la fe en la vida. Es su mayor contacto con el mundo, a la vez que le sirve como vivienda.

Solo son treinta metros de largo por tres de ancho. Sin embargo, pueden ser los mejor cuidados en el paso del río Cali por la ciudad. Este pedazo de tierra ocupa mucho de su tiempo.

Los estragos de una aventurada vida, a los 35 años, se reflejan en su rostro. En su tiempo se desempeñó como maestro de cocina, y con la cesantía de 17 años de trabajo adquirió vivienda. Incluso perteneció a un grupo de oración en Buga, su tierra natal. Pero los traspiés que sufrió le hicieron perder todo. Ahora le toca ganarle espacio a la orilla del río. En esa pequeña franja de tierra se confunden rosas, cactus, sávilas, pimentones, tomates, oreganos, yerbabuenas, millonarias, yuca, margaritas, helechos, castillos y la conga chocoana. Son unas treinta especies, entre las que se cuentan algunas para la suerte, para conseguir dinero o pareja, medicinales y alimenticias. No tengo afecto por una planta en especial, pues todas hacen parte de la naturaleza y la naturaleza es para amarla afirma. Y es tanto su apego a ellas, que buscó aguas abajo para encontrar una que arrastró el río en una crecida. La halló dos días después, estancada en el puente frente a la Clínica de los Remedios. El río es su amigo. Maderos y otros desechos que arroja le sirven de abono. Con piedras extraídas del cauce ha construido defensas al cultivo y senderos para transitar entre el jardín. A diferencia de otros defensores del río, que una vez al año o en elecciones organizan una publicitada jornada de limpieza o rescate del cauce, y nunca más regresan. Acosta todos los días dedica tiempo a la limpieza del jardín y las aguas ribereñas. Sin embargo, a veces el cuidado y mantenimiento le ocasiona estragos en su salud. Ya le son comunes resfriados y otros males. Incluso toca limpiar el sector de donde se va a extraer el agua y dejarla en reposo en baldes para evitar que puedan afectar las plantas. Por eso, el mayor pedido del jardinero es un par de botas pantaneras para evitar más infecciones. También requiere de un rastrillo y pala que facilite su trabajo. Las aguas fétidas del cauce siguen su curso, como diariamente cruzan sobre el puente cientos de carros y transeúntes, sin percatarse que abajo un hombre sin tierra y arado encuentra en sus plantas una razón para sobrevivir.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
21 de septiembre de 1992
Autor
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