LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

LA SERVIDUMBRE VOLUNTARIA

Nuestro héroe desfigurado Yi Munyol. Ed. Norma, 1994. $ 4950. (...) la primera razón de la servidumbre voluntaria es la costumbre, al igual que los más bravos caballos rabones que, al principio, muerden el freno que, luego, deja de molestarlos y que, si antes coceaban al notar la silla de montar, después hacen alarde los arneses y, orgullosos, se pavonean bajo la armadura (...) , escribió Etiene de La Boétie (1530-1563) en su célebre texto El discurso de la servidumbre voluntaria.

11 de septiembre 1994 , 12:00 a.m.

Tal vez Munyol no haya leído a De La Boétie o lo haya hecho a través de los Ensayos de Montaigne. Lo cierto es que -como precisan sus editores-, se trata de un escritor surcoreano obsesionado por la libertad y la tiranía, temas recurrentes del pensamiento moderno occidental. Y en este sentido transcurre su novela, una obra que nos devuelve a la memoria de El joven Torless, de Musil, o a las brutalidades del autoritarismo castrense recreadas por el Vargas Llosa de La ciudad y los perros. Literatura comparada que el comentarista no puede eludir: hay convergencias temáticas que van y vienen en la historia de las literaturas de diversas latitudes culturales e idiomáticas.

Nuestro héroe desfigurado es realidad y alegoría. Narrada como un acontecimiento autobiográfico, la novela sorprende por su transparencia anecdótica y por su tono reflexivo. Aquel niño de Seúl que se desplaza hacia un colegio de provincia, asiste a un abrupto cambio en su vida y en los sistemas educativos, que ya no son los sistemas liberales y tolerantes de su experiencia pasada. El microcosmos del nuevo colegio se convertirá así en universo de vastos conflictos. El adolescente ve quebradas sus costumbres al entrar en una clase donde el poder omnímodo lo ejerce un simple vigilante, en quien el colegio delega mando y responsabilidad.

Han Pyongt ae trata de rebelarse pero las fuerzas del despótico Sokdae, que así se llama nuestro héroe desfigurado , son casi invencibles. Todo el grupo le obedece y acepta como fatalidad irrebasable su condición de víctima. Parecen incluso haber perdido la conciencia de serlo. Despojados de su identidad, se han acomodado a la identidad implacable del verdugo. Nada puede hacer el nuevo en un mundo donde la obediencia es la norma y la fuerza y el chantaje, la costumbre. Sólo aceptando al malévolo Sokdae, Han Pyongt ae alcanzará un poco de sosiego. Cuando al fin se descubra la existencia de este poder tiránico y quien lo ejerce sea puesto en la calle, Han ya ha sido educado para obedecerlo y amarlo.

La servidumbre voluntaria se ha acomodado en la conciencia del joven, como lo hizo en la de sus compañeros, quienes sólo se atreverán a denunciar al verdugo cuando ha sido destronado por otras fuerzas. Así, se nos ocurre pensar en la imagen del dictador obedecido por unanimidad colectiva, repudiado solamente cuando ha sido separado del mando. Y allí reside la grandeza de este relato, en apariencia lineal y simple, como muchas alegorías, pero de una profundidad esclarecedora.

Yi Munyol consigue una novela perfecta. Sólo a través de la conciencia enajenada de la víctima, aparece con claridad la condición del verdugo. Para este escritor surcoreano, hijo de padre comunista, no resulta difícil trazar la metáfora del totalitarismo, que se despoja de cualquier ideología para entrar en diseccionar el lado trágico y sombrío de la naturaleza humana.

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