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TRAS EL CORAZÓN DEL DRAGÓN

Nadie creía en los rumores sobre una isla habitada por feroces dragones que respiran ruidosamente. Los difundían pescadores malayos que, asustados, juraban haber visto gigantescos reptiles de pesada cola y larga lengua partida en dos, como la de las serpientes, siempre fuera de la boca. Eran lo más parecido a los dragones legendarios de las fantásticas leyendas que les roban el sueño a los niños: cuerpo de serpiente, cabeza y pies de águila, lengua y cola terminada en forma de puntiagudo dardo.

Los científicos no creían en ellos hasta hace ochenta años, cuando un aviador y explorador holandés aterrizó accidentalmente en Komodo, isla de Indonesia... y los vio.

Los dragones de Komodo corrían con rapidez por el suelo, culebreando y trepando con facilidad. Semejantes a una lagartija gigante, alcanzan a pesar 150 kilogramos y a medir tres metros de largo. Viven únicamente en Komodo, Rintja, Flores y Padar, islas minúsculas, deshabitadas y montañosas del archipiélago de Indonesia.

A los dragones se les perdió el tiempo en la prehistoria. No evolucionaron gran cosa, en comparación con sus antepasados, los mosasauros, depredadores acuáticos de más de 10 metros de largo que habitaron mares poco profundos, hace setenta millones de años.

Su cabeza es larga y su cuello y cola, gruesos y alargados. El tronco es robusto y esbelto y las patas bien desarrolladas, dotadas de fuertes y grandes uñas. Al parecer, usan la lengua como órgano del olfato, lo mismo que las serpientes.

Con los dientes de atrás, parecidos a pequeñas sierras, rasgan su alimento: cualquier animal, siempre y cuando puedan matarlo. En diez minutos devoran un ciervo. Desgarran la presa con las uñas y con los dientes arrancan trozos de carne, que engullen enteros.

Luego, ayunan durante días y descansan a veces hasta una semana, mientras dura la ingestión. Al llegar la noche, se refugian en agujeros, rocas, entre las raíces de los árboles o en cuevas, hasta el amanecer, cuando salen a buscar nuevamente su alimento.

Mientras comen, mantienen a los dragones jóvenes a distancia. Cuando están hartos, les dejan las sobras y los dejan que busquen insectos, lagartos, roedores, pájaros y huevos que anidan en el suelo.

Los menores son de color oscuro con círculos rojos en todo el cuerpo. Tienen en el cuello bandas verticales, negras y verde amarillentas, que desaparecen en el cuerpo pardo grisáceo, cuando son adultos.

A los cinco años alcanzan su madurez sexual. Las hembras ponen huevos de 10 centímetros de longitud, en hoyos en la arena. Aproximadamente 15 en cada postura.

Cuando ven a personas o animales de mayor tamaño, huyen. Pero si les toca luchar, emiten silbidos y se lanzan con un gran salto sobre su oponente o lo golpean con la robusta cola.

Hace cinco años, los cazadores se los llevaban a regiones cercanas o a distintas partes de Europa y Estados Unidos para venderlos a restaurantes exclusivos, que cobraban de 500 a 600 dólares por el plato de dragón de Komodoro. Curtían su piel para fabricar bolsos, cinturones y zapatos. De ahí que sea tan perseguido y esté en peligro de extinción. Ya no hay más de mil.

En cautiverio, estos reptiles crecen en promedio veinte centímetros por año y pueden ser domesticados. Sin embargo, es poco lo que se sabe de ellos. El biólogo estadounidense Walter Auffenberg investiga su comportamiento, pero no hay información sobre su fisiología cardiovascular.

Jorge Reynolds, que investiga el corazón de las ballenas, junto con su equipo de investigadores (ingenieros, cardiólogos, neurólogos, diseñadores industriales, físicos y comunicadores), prepara un viaje para estudiar el corazón del dragón de Komodoro.

Por no haber evolucionado, resulta interesante conocer la anatomía y fisiología de un corazón totalmente primitivo. Así, se podrá determinar qué cambios ha habido durante millones de años de evolución y conocer qué características genéticas han desaparecido, lo que servirá, sin duda, al corazón humano. Paros a voluntad Hay animales estancados en su evolución, por factores desconocidos, como la iguana marina en la isla Galápagos y la rana Karraquiere endémica de la Sierra Nevada de Santa Marta, que también tienen intrigados a los científicos.

El corazón primitivo de la iguana marina le permite simular que está muerto. Detiene totalmente su corazón durante 45 minutos, según registros electrocardiográficos.

Cómo lo detiene y lo reactiva de nuevo a voluntad? Qué tipo de sangre tiene que, en todo ese tiempo, no se coagula? Cómo almacena oxígeno ya que, como mamífero, después de tres minutos los tejidos más nobles, principalmente el cerebral, comienzan a morir irreversiblemente? La rana Karraquiere, por su parte, queda cubierta del hielo de la Sierra hasta el otro día, cuando el sol comienza a calentar: detiene totalmente su corazón? Su sangre se congela? Cómo funciona su mecanismo de no llegarse a congelar?

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
14 de septiembre de 1992
Autor
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