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El padre Carreño, 10 años con estigmas

El 3 de abril de 1996, cuatro meses antes de ordenarse como sacerdote, Yecith Carreño –el decano de la Facultad de Educación de la Universidad Juan de Castellanos, de Tunja– empezó a vivir su propio calvario.

Estaba solo en su habitación, en Bogotá. Mientras intentaba conciliar el sueño, la fiebre se apoderó de su cuerpo. Ardía como si se estuviera calcinando. Para bajar la temperatura tomó varios litros de agua y se puso compresas.

Minutos más tarde perdió el conocimiento. Sólo lo recobró cuando sintió que un denso líquido caliente recorría su rostro. Con dificultad se levantó, se miró al espejo y vio cómo de su frente brotaba sangre a chorros. Se bañó con agua tibia durante unos minutos, hasta que dejó de sangrar.

Esa noche no pudo dormir. Al día siguiente fue al médico y se sometió a rigurosos exámenes clínicos. Nadie se explicaba qué le había pasado. Y él no lo entendía. Su salud era y sigue siendo normal.

Un año más tarde, en vísperas de la Semana Santa, la experiencia se repitió.

Sintió punzadas sobre la cabeza y un dolor tremendo, como si le estuvieran clavando puntillas.

Pero eso no era todo. En sus manos aparecieron heridas abiertas que sangraban con desenfreno. Igual sucedió con sus pies y con su costado.

El dolor era tan fuerte que pensó que la vida se le extinguía. Pero días más tarde esos signos desaparecieron.

Así ha sido en los últimos diez años. Por eso, cada vez que se acerca la semana de la pasión, crucifixión y resurrección de Cristo, este religioso de 40 años, oriundo de Güicán (Boyacá) y confesor de la iglesia del 20 de Julio, en Bogotá, sabe que se acerca el suplicio.

Callar y sufrir con dignidad fueron las recomendaciones de los altos jerarcas de la Iglesia y de monseñor Augusto Trujillo, ex arzobispo de Tunja y su pastor. Y él lo ha venido haciendo, como calló que de niño se desmayaba en la iglesia de Güicán cuando veía una lluvia de escarcha dentro del templo, como palomas volando, cada vez que el párroco consagraba la comunión.

“No soy ningún santo y no pretendo serlo. No hago milagros. Sólo soy un servidor de Cristo”, asegura el padre.

Aunque poco le sirven para mitigar el dolor, de vez en cuando toma los analgésicos que le recomienda su médica de cabecera, Claudia Reinoso, especialista de la Clínica Santa Fe de Bogotá y que desde hace varios años sigue su caso.

Ella, como otros médicos, dice que los estigmas no tienen explicación: “Las llagas aparecen y desaparecen, sin una razón científica”.

Un caso que intriga Desde los primeros siglos del cristianismo se tiene noticia de personas que padecen las llagas de Jesús. El término estigma significa “signo impreso de manera cruenta”.

San Francisco de Asís, el padre Pío y Santa Rita de Casia son algunos estigmatizados reconocidos por la Iglesia Católica. Y aunque varias decenas de ellos han sido canonizados, el solo hecho de sufrir los estigmas no garantiza el camino a los altares.

El sacerdote jesuita Carlos Novoa, profesor titular de la Universidad Javeriana y doctor en teología, dice que experiencias como las del padre Carreño son poco comunes .

Y médicos como Claudia Reinoso y Álvaro Correa Ruiz, que han tratado al sacerdote boyacense, se declaran incapaces de explicar la situación desde la ciencia.

Al padre Yecith le han practicado pruebas de coagulación y otros exámenes de laboratorio en la Clínica Santa Fe, sin que reporte anormalidad alguna.

Lo cierto es que las heridas coinciden con las que los evangelios dicen que recibió Cristo. Nunca se han infectado. Aparecen con una abundante pérdida de sangre y desaparecen de manera súbita, sin que parezcan responder a ningún tratamiento médico.

LA IGLESIA NO SE PRONUNCIA SOBRE EL CASO DEL PADRE Monseñor Luis A. Castro, presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Tunja, dijo que conoce del caso, pero advirtió que es un tema de resorte personal del padre Yecith Carreño.

Ómar Cristancho Gómez, sacerdote del Tribunal Eclesiástico, explicó que la norma de la Iglesia es la ponderación cuando se trata de estos asuntos.

El procedimiento establecido es que el sacerdote que conoce de un eventual estigmatizado lo reporta a sus superiores, hasta llegar al obispo, pero no hay un pronunciamiento formal sobre el hecho. Es decir –y a diferencia de los milagros, que pueden hacer carrera hasta llegar a conocimiento del Papa en el Vaticano– el obispo no acepta ni niega el hecho, ni el mismo se propone como un objeto de fe.

Para evitar a los curiosos, las personas que padecen los estigmas esconden sus heridas. El padre Pío era reconocido porque oficiaba misa con mitones, una especie de guantes que ocultaban las llagas en sus manos.

El padre Carreño será el encargado de leer el Sermón de las Siete Palabras el próximo Viernes Santo en la parroquia del Divino Niño Jesús, en Bogotá.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Colombia
Fecha de publicación
11 de abril de 2006
Autor
JOSÉ ALBERTO MOJICA

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