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LA PUBLICACIÓN DE LOS DERECHOS DEL HOMBRE

Reventando cabalgaduras, y como alma que lleva el diablo, regresó de la villa de Guaduas a la capital el virrey José de Ezpeleta. Retornó atribulado, a capear un vendaval revolucionario que se avecinaba. Informado minuciosamente de la convulsa situación, de inmediato procedió con decisión y energía. Ordenó al Tribunal de la Real Audiencia instruir tres procesos penales por supuestos delitos contra la seguridad del Estado, y designó los magistrados; proceso por publicación de pasquines, a cargo del oidor Joaquín de Inclán; proceso por tentativa de sedición, repartido al oidor Juan Hernández de Alba; y proceso por la impresión y publicación del libelo Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, diligenciado por el oidor Joaquín Mosquera y Figueroa. Los tres fueron sabuesos represivos e implacables de la justicia realenga. Actuaron por retaliación y condenaron sin recurrir a la tarifa probatoria. Con base en chismes y habladurías, enjuiciaron y torturaron a algunos estudian

Un tal Francisco Carrasco, burócrata y soplón de oficio, acusó a Nariño de la publicación del libelo. Se trataba, nada más y nada menos, de haber traducido del francés, impreso y divulgado el texto de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, aprobado y universalizado por la Asamblea Nacional Constituyente de Francia en 1789. El oscurantismo del coloniaje se había encendido con los 17 artículos de aquel catecismo liberal y el desbordamiento de la Revolución era incontenible.

Desde el 15 de diciembre de 1793 próxima evocación bicentenaria el trabajo revolucionario estaba hecho y el virreinato granadino en ascuas. Nariño había traducido el texto de la obra Historia de la Revolución de 1789 y del establecimiento de una Constitución en Francia, cuyos autores, Francoise Marie de Kervesseau y G. Clavellin se declaraban dos amigos de la libertad . En el tomo III y entre las páginas 39 y 45 halló Nariño el tesoro anhelado: la Declaración. La obra era de propiedad del virrey y se la había facilitado Cayetano Ramírez de Arellano, un oficial de la guarnición realista, jefe de la guardia y sobrino del virrey.

A puerta cerrada trabajaron aquel día: Nariño, el impresor Diego Espinosa y el criado Juan González. Del taller situado en la actual Casa de los Derechos, matriz de la Universidad de América, en la plazoleta Cuervo frente a San Ignacio salió Nariño con 100 ejemplares bajo el brazo. Entregó uno a Miguel Cabal, otro a Luis de Rieux, quemó otros y aún no se sabe cuántos repartió como teas de la Revolución.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
18 de agosto de 1993
Autor
ARMANDO GOMEZ LATORRE

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