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La compañía de Carlos Gaviria

María Cristina Gómez le envió desde España una carta de su puño y letra a sus padres a Medellín en la que comenzaba contándoles que pensaba irse de monja. Pero párrafos seguidos terminaba confesándoles que en realidad se iba a casar con Carlos Gaviria, un joven abogado nacido en Sopetrán y criado en el barrio Manrique de Medellín, que había conocido en un almuerzo en la casa de Madrid, donde vivía.

La extraña misiva hizo que sus padres viajaran a España para saber quién era el tal Carlos Gaviria, que pretendía a su hija, que fue educada con el rigor de las hermanas de la Presentación y que había terminado licenciatura en educación y pedagogía en la Pontificia Bolivariana.

Tras un noviazgo fugaz en el verano europeo de 1966, las palabras se hicieron realidad el 16 de diciembre de ese año en la iglesia del Perpetuo Socorro, de Medellín. Ella con una falda beige, sin vestido blanco, contrariando a su mamá, y él, con su acostumbrada corbata y sin barba, pero sin recibir la comunión, se casaron.

En vez de ir al mar, tomaron un taxi y llegaron a un hotel de Tibasosa, en medio de los cultivos de habas y cebada de Boyacá. “Es que ese paisaje nos encanta”.

Su vida comenzó en un apartamento arrendado en el centro de la ciudad. Solo dejaron el país para vivir un año en E.U., donde Gaviria fue a estudiar en Harvard.

Mientras su esposo hacía su carrera de profesor en la facultad de derecho de la Universidad de Antioquia, María Cristina no se quedó solo velando por sus cuatro hijos y el perro de la familia, sino que se dedicó a aplicar lo que había estudiado.

Primero fundó en Medellín el jardín infantil ‘Mirringa Mirronga’, en 1973, con un concepto de educación diferente, en el que los niños no eran ni castigados en el rincón del salón ni premiados con un dulce. “Así también educamos a nuestros hijos. En la casa había libertades”.

Y con el paso de los años participó en la creación del colegio Alcaravanes, donde los estudiantes iban sin uniforme y si querían, con el pelo largo y arete. Donde compartían en un salón con niños hiperactivos, con retardo mental y síndrome de dawn. Y donde no enseñaban religión.

“Eso era un escándalo, sobre todo en un sociedad como la de Medellín. Fue un reto, pero salimos adelante”.

Los dos, aunque venían de los tiempos de los hippies, escuchaban boleros, pasillos y, sobre todo, los tangos de Carlos Gardel y Goyeneche. Pero lo que más disfrutaban era viajar, así conocieron desde los pueblos de Nariño hasta las calles de Nueva York.

María Cristina, una paisa de esas que hacen buñuelos en Navidad y que lleva siempre en sus labios el eeeavemaría, ha tenido sus raíces firmes en Medellín. Por eso, cuando él asumió como magistrado en la Corte Constitucional, en Bogotá, no dejó su ciudad y siguió al frente de del colegio. “Nos veíamos fines de semana y en vacaciones”.

Hace varios años, dejó la rectoría del colegio y se trasladó al apartamento de su esposo, que ya estaba en el Senado. “Lo de su incursión en política fue tema de discusión en la familia, pero lo acompañamos porque él quería”.

Ya han pasado 40 años juntos. Doña María Cristina, con una de sus habituales sonrisas, dice ser de la tercera edad, aunque no tiene tantas canas como las de su esposo. Son abuelos de tres nietos que viven en Medellín, con los que hablan casi a diario.

No puede negar que la decisión de participar en la consulta del Polo Democrático de su esposo les cambió la vida. Antes solo los niños le decían en la calle a Gaviria que se parecía a Papa Noel, pero ahora ya la gente le habla de política y le dicen que lo apoyan.

“No pensamos que el respaldo de la gente fuera así, sobre todo en Medellín”.

María Cristina, lectora de novelas históricas y tomadora de tinto, se convirtió en su ‘jefe de campaña en la casa’. Está pendiente desde las 5 a.m.de las llamadas de las emisoras, de sus corbatas, de que las canas estén bien peinadas y le corrige los gestos que hace cuando sale en televisión.

Habla sin tapujos de política, critica la seguridad democrática de Uribe y los cargos que aceptaron Serpa y Pastrana en su gobierno. Y defiende a su esposo. “Me indigna que la gente hable mal sin conocer sus propuestas”.

Pese a que no lo acompaña en sus correrías, le busca votos entre sus allegados. “Tengo una hermana que me dice que no votará por él”, comenta entre risas esta mujer, que conoció Palacio, en una excursión con alumnos del colegio.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Nación
Fecha de publicación
3 de abril de 2006
Autor
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