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Revelan secretos del secuestro de Íngrid Betancourt

(EDICIÓN BOGOTÁ) El jueves, se cumplen 4 años del secuestro de Íngrid Betancourt. Cayó en poder de las Farc en un retén instalado entre Florencia y San Vicente, horas después del fin de la zona de distensión.

Luego de todos estos años de sacrificio, de dolor, de vida perdida, varias preguntas están aún sin respuesta: ¿Quién permitió, y por qué lo hizo, que los retenes del Ejército que prohibían el tránsito de Florencia a San Vicente del Caguán (Caquetá) se abrieran para dejar pasar a Íngrid? Si ella insistía en viajar, a pesar de la grave situación de orden público, ¿por qué no se aplicaron inclusive el arresto por desacato a un control militar en plena zona de guerra? (“No han debido dejarla pasar. Un militar en el área de operaciones sólo tiene que combatir y hacer respetar los retenes y si su superior autoriza el paso por pensar en las leyes, ese oficial cambió el fusil por un código y las guerras no se ganan con códigos.

No ha debido dejarla pasar. La única razón habría sido alguna de carácter humanitario”, dijo a EL TIEMPO el general Manuel José Bonnet, ex comandante de las Fuerzas Militares).

¿Por qué la autoridad que autorizó su viaje por tierra, a pesar del peligro, negó un helicóptero que ya le había autorizado el mayor Rubiano, comandante encargado de la Policía en Florencia, para ir a San Vicente? Los detectives Ómar Garzón y Nelson Burgos eran su escolta personal en ese momento. Este reportaje con ellos escudriña detalles hasta ahora ocultos del secuestro.

¿Cómo se produjo, detective Burgos, el viaje de Íngrid al Caguán? Burgos: Yo había sido asignado hacía un año a la seguridad de la doctora Betancourt. Su desplazamiento al Caguán fue sorpresivo. No estaba dentro de la agenda de la campaña; dentro del grupo de escoltas fui seleccionado con mi compañero Ómar Garzón para acompañarla. El sábado 23 salimos de Bogotá a Neiva y después a Florencia para otro acto que aparentemente iba a ser en el mismo aeropuerto para no perder tiempo.

¿Y usted, detective Garzón, cuánto hacía que trabajaba con la doctora Betancourt? Garzón: Casi 4 años, desde cuando ella era senadora.

¿Y qué ocurrió al llegar ese día a Florencia? Nos dijeron que ella tenía el propósito de ir en helicóptero a San Vicente, pero que las autoridades le habían comunicado que la situación de orden público estaba alterada y no le podían facilitar el helicóptero. Ella decidió, entonces, viajar por tierra. Se hizo una reunión en el aeropuerto de Florencia con las autoridades y se le pidió que no viajara.

¿Pero ahora se sabe que el mayor Rubiano, comandante encargado de la Policía en Florencia, sí autorizó el helicóptero. ¿Quién lo negó? Teníamos conocimiento por informes del oficial del enlace, capitán Jaime Barrera, de que el desplazamiento se haría en helicóptero. No sé quién desautorizó la orden. Suponemos que tal vez por la sorpresiva visita del presidente Pastrana, cuya seguridad era prioritaria.

¿Y no le prestaron el helicóptero? G.: A ella le informaron que eso dependía del general Arcesio Barrero. Ella fue y habló con él; tengo entendido que ella pidió apoyo del Ejército para irse por tierra pero le advirtieron que había retenes en la vía, sobre todo uno entre Montañita y Paujil, el más duro de la guerrilla, y que marcaba prácticamente el comienzo del territorio de ellos. A ella le dijeron claramente que no la podían llevar a una zona de combate. Le advirtieron que era evidente el peligro de muerte. “Si a usted la matan en combate, ¿yo qué camino cojo?”, le dijo el general.

¿Y usted, que ya tenía cuatro años de trabajar con ella, no la aconsejo...? G.: Claro que sí. Le pedí que no fuera. Ella es aguerrida y terca.

¿A qué quería ir ella a San Vicente? G: El alcalde era de Oxígeno, su movimiento político. Se había levantado la zona de despeje y ella quería ir a brindarle apoyo a su alcalde.

Eso era lógico. ¿No le parece? G.: Sí, era lógico, en circunstancias normales, pero no en esos momentos graves.

El Ejército y la Policía le negaron cualquier apoyo...

G.: Se lo negaron pero con razón. No la podían llevar a un combate. Le pidieron que esperara dos o tres días, pero ella dijo que tenía que ser ya.

¿Y usted qué hizo? G: La aconsejamos. La orden que había allá era que únicamente podía salir el Ejército del perímetro urbano de Florencia, porque se estaba retomando la zona de distensión. La orden que recibimos fue no salir. Hablamos con ella y nos dijo a los dos: “Ustedes me esperan aquí, en Florencia. Nos vemos mañana”.

¿La obligación suya no era acompañarla? Sí, pero nosotros tenemos unos jefes y había un dispositivo de seguridad y un comandante que daba las órdenes. Además, dígame, ¿qué habrían hecho los guerrilleros con dos detectives del DAS en un retén con 200 ó 300 hombres? ¿Usted, detective Burgos, también trató de disuadirla? Por supuesto. Le supliqué que no viajara porque ponía en peligro su vida y nos condenaba a muerte si la acompañábamos. Nos dijo: “Yo con ustedes dos no tengo problemas; son los demás los que los van a tener cuando regrese”.

¿Pero le comunicaron a ella que tenían orden de no acompañarla? B.: Es que la orden no era no acompañarla, la orden general era que nadie podía salir de Florencia.

¿Su obligación no era preservar primero la vida de ella antes que la de ustedes? B.: Nuestra responsabilidad llegó hasta cuando no la pudimos convencer de que sin el apoyo de la Policía o el Ejército era un suicidio salir.

Cuando ella insiste en salir hacia San Vicente, ¿qué pasa? G: Ella envía a Adahil Lamprea, un asesor suyo, a que le busque unos vehículos para ir por tierra; él regresa y le dice que nadie se le mide a ese viaje, ningún carro; entonces pidió un vehículo del DAS; los compañeros del DAS de Florencia llamaron al Director en Bogotá y él autorizó entregarle una camioneta. Ella firmó un acta asumiendo la responsabilidad del vehículo.

Lamprea le puso avisos de Íngrid y se fueron. Tengo entendido que saliendo del Liborio Mejía trataron de atajarla otra vez, pero no hubo poder humano que la frenara.

¿Con quién viajó? G: Con Clara Rojas. Iba un fotógrafo francés, el camarógrafo de la campaña y Lamprea. Cinco. En el retén los regresaron a todos. Solo dejaron a Íngrid y a Clara Rojas.

¿Qué dijeron los que regresaron? G: Contaron que cuando llegaron al retén, la aguardaban. Le dijeron: “Bienvenida doctora, la estábamos esperando”. Tenían un bus atravesado y la invitaron a subirse al bus; incluso en el retén un guerrillero pisó una mina antipersona que ellos mismos habían sembrado. Pusieron al herido en la misma camioneta del DAS donde iba Íngrid y se fueron monte adentro.

¿Es cierta la versión de que lograron pasar varios retenes sin problemas? G. : No. Eso no es cierto.

Con este relato, uno piensa que el Estado fue en gran parte responsable del secuestro por no haberla protegido, si autorizaba su ingreso; o por no haberla detenido, si no lo autorizaba. G: ¿Para qué es la escolta?Para evitar los riesgos, no para enfrentarlos; la escolta no es para llevar el personaje a enfrentamientos, sino para eludirlos.

¿Y una versión de que el presidente Pastrana, que estaba en Florencia, se negó a hablar con ella? G: Estábamos en el aeropuerto cuando el Presidente llegó. Ella trató de hablar con él; incluso lo llamó a gritos pero parece que no la escuchó porque estaba cerca del avión y había un cordón de seguridad que no dejaba pasar.

¿Para qué quería ella hablar con él? G: Algo sobre el helicóptero que la llevara a San Vicente.

¿ Si a Íngrid le prestan el helicóptero, se salva? B: Claro que sí.

G: No olvide que solo había helicópteros militares y ella estaba en campaña.

Yo mismo alcancé a ponerme la camiseta de Oxígeno para irme con ella, pero entonces llegó la orden: no pueden salir.

¿Y para qué les pidió Íngrid que se pusieran la camiseta? G: Solo para acompañarla, no como agentes de seguridad. Yo primero acepté, pero después llegó la orden de no salir.

¿La orden de no permitir el acceso a San Vicente era para todos los candidatos? B: Sí. Las autoridades le pidieron a ella lo mismo que a los demás candidatos. Todos la aceptaron, menos ella.

Íngrid cometió un error. ¿Pero las autoridades no cometieron uno más grave al permitirle ir sin protección? G: El DAS no es fuerza de choque; no tiene medios para enfrentar la subversión.

No los quiero ofender con la pregunta: ¿no fue más valiente Íngrid que ustedes? G: Le respondo con otra pregunta: ¿No es mejor estar vivos que muertos? ¿O secuestrados? G: No. Muertos. Por ser agentes. En ese mismo retén asesinaron a un muchacho por encontrarle libreta militar; cuando secuestraron a la doctora Íngrid iban a fusilar al camarógrafo porque uno de los guerrilleros lo acusó de ser del DAS. Gracias al periodista francés, se salvó. Si nosotros la acompañamos, no estaríamos aquí hablando con usted, con toda seguridad.

En Francia prácticamente se cree que fue un secuestro de Estado, porque no se le dio a Íngrid la protección debida. ¿Qué piensa? G.: No. Ella está secuestrada por decisión de ella. Sinceramente, no hay más culpables, diría yo. Ella tomó la decisión de irse sabiendo lo que le iba a pasar. Ella sabía perfectamente para dónde iba, que de ahí no pasaba.

Si no había helicópteros ni manera de garantizar su seguridad, ¿por qué no le impidieron viajar? B.: ¿Qué le habría pasado al que lo hubiera impedido a la fuerza? ¿Qué tal su culpa? ¿Y qué tal su culpa por haberla dejado ir? G.: La terquedad de ella fue la que la llevó al secuestro.

Al margen del carácter personal de ella, ¿la autoridad militar en una zona de guerra no debe hacer respetar sus medidas de control? B.: Intentaron detenerla por todos los medios razonables posibles. A pesar de las advertencias, ella firmó que se iba bajo su propio riesgo.

¿No era una alternativa lógica prohibirle el paso? B: Sí. El libro en el que asumió la responsabilidad de su viaje lo firmó sobre una barrera del retén militar. La persona encargada allá y que dio el paso era un mayor, que debió haber recibido la orden de otro superior y supongo que ese superior de otro, hasta que esa orden tuviera que salir de Presidencia o algo así.

¿Las autoridades sabían lo que pasaría y, a pesar de ello, lo permitieron? G: Pues sí, en parte sí. La única manera habría sido pelear con ella, detenerla a la fuerza o meterla a la cárcel. ¿Se imagina eso? Opine en www.yamidamat.com.co

Publicación
eltiempo.com
Sección
Opinión
Fecha de publicación
19 de febrero de 2006
Autor
YAMID AMAT

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