Los secretos del efecto teflón

Los secretos del efecto teflón

(EDICIÓN BOGOTÁ) Luego de los altos niveles de popularidad con que suelen ser elegidos los presidentes en Colombia, sobreviene un bajonazo –generalmente en la segunda mitad de los cuatrienios– motivado por el desgaste natural producto de tener ‘el sol a las espaldas’. El presidente Uribe muestra una excepción más en este caso. Es el llamado ‘efecto teflón’: todo le resbala y nada se le pega. Hoy, a la expectativa de su amañada reelección, apenas se le notan los rayones al teflón presidencial. Pero, ¿cuáles son los secretos de este fenómeno?

05 de febrero 2006 , 12:00 a.m.

Tras la frivolidad de Pastrana y la crisis del Caguán, la angustia nacional que despertó la amenaza guerrillera desató el anhelo público de un gobierno fuerte que brindara protección a la nación. Uribe, entonces, se dio a la tarea de movilizar sentimientos y valores mediante el uso simbólico y virtual de la política. Con una capacidad ajena al común de los ‘montañeros’, supo entender que en estos tiempos la maleable opinión pública es la articuladora principal de las relaciones de poder, en detrimento de los partidos políticos.

La movilización de sentimientos se logró sobre la base de principios sociales negativos: mano dura y rechazo a la violencia con violencia. No se hizo –como muchos señalan– con populismos o neopopulismos, el primero de ellos fenómeno del pasado, y el segundo, un recurso conceptual repetitivo.

Uribe apeló a un caudillismo bien particular, que pudo aprovechar la debilidad de los partidos y el quiebre que para estos representó su inusual victoria: un candidato disidente y triunfante en la primera vuelta. Este caudillismo es particular, pues es ajeno a la historia nacional y se apoya en una opinión pública más visible gracias a la globalización, en la que los medios de comunicación son su principal sustento. Además, como en todo caudillismo, las instituciones siempre estorban.

A horcajadas de los medios de comunicación y con la complacencia de Estados Unidos, Uribe cohesionó buena parte del país con el propósito de construir un Estado a su medida, que pudiera derrotar por la fuerza al ‘terrorismo’ y que tuviera la capacidad de brindar seguridad. Los disímiles y amplios grupos movilizados tienden a percibir lo que los medios les enseñan y los puntuales logros oficiales son magnificados a través de lo que es el sustento de la movilización: la construcción de patria y la generación de seguridad. Pero la facilidad con que se creyó en un principio la tarea pacificadora le abrió el camino a la reelección, ya que a Uribe se lo ve como el único capaz de concluirla. Sin embargo, la diferencia entre la percepción de seguridad que tiene la opinión pública y la realidad que aquella encubre requiere de constantes dosis de histrionismo, satisfechas –por ahora– con la campaña de la reelección. Y en esta no sobran vergonzantes coqueteos con las guerrillas, con el intercambio humanitario y con la política social.

Pero no todo es simbolismo en esta movilización permanente en apariencia inexplicable. Parte de los grupos sociales movilizados –los más pudientes, valga la aclaración– lo han sido gracias a las dádivas oficiales. Nunca antes el sector financiero había elevado tanto sus ganancias. Nunca antes el Estado había gastado tanto, despilfarrando factores favorables provenientes del exterior, como los altos precios del petróleo y la revaluación del peso, empujada esta por la economía subterránea del país. Nunca antes el Estado había sido tan generoso con quienes amasaron enormes fortunas sobre la base de crímenes de guerra y de lesa humanidad. Y nunca antes gobierno alguno había cedido tanto espacio político a las mafias edificadas sobre tales crímenes.

En esas estamos todos, pese a diferentes comportamientos: la derecha, el centro y la izquierda: obnubilados por la reelección.

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