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POR AMOR A ERNESTO

Si Jacquin de Samper no se hubiera casado con Ernesto, muy probablemente hoy también estaría en la posesión, pero como Ministra o asesora, o algo así. Hasta antes del matrimonio, su vida, sus actitudes y su temperamento la aproximaban poco a poco a una mujer ejecutiva, de decisiones rápidas, trato distante y una mente organizada, capaz de procesar y analizar un buen número de datos e información.

Fue buena estudiante en el colegio Asunción en Bogotá, excelente alumna de economía en la Universidad de los Andes, monitora de varias materias, una principiante con ascensos y futuro en Anif, una buena organizadora de lo que hoy es Compensar y una apasionada por la política.

Pero Ernesto, a quien conoció en Anif, le propuso matrimonio y ella aceptó. Le parecía divino todo, incluso que fuera gordo. Entonces se convirtió en una verdadera ama de casa, que odia el té con las señoras, se burla del jet-set y jamás juega una partida de cartas. Vive y respira por Ernesto, al punto de lanzarse sobre él para salvarle la vida en el atentado del que fue víctima en el aeropuerto Eldorado de Bogotá. Quiere a quienes quieren a Ernesto, odia a quienes lo odian y sufre cuando lo hacen sufrir.

Según Sandra, la única hermana de Jacquin, la gente piensa que ella es ambiciosa, pero lo que tiene es un gran amor por Ernesto . Los únicos afectos más fuertes son los que siente por sus hijos Miguel y Felipe, y por Andrés, el hijo del primer matrimonio de Samper.

Como un clan Los afectos de Jacquin son pocos, claros y permanentes, tal vez porque a los ocho años, cuando la guerra le arrebató a su padre -un piloto estadounidense llamado a servirle a su patria en Vietnam- aprendió que frente al mundo sólo estaban ellas tres: Sandra, Jacquin y su madre Inés.

Como buena hija mayor asumió las responsabilidades del hogar y, gracias a haber estudiado durante su infancia en el colegio bilinge Nueva Granada en Bogotá, se encargó de la correspondencia con los abogados de su padre para recibir un pensión que llegó hace muy pocos años. Jacquin entendió que el idioma inglés le era esquivo a Inés y que el dinero, después de muchas comodidades, viajes y lujos, empezaba a formar parte de sus problemas.

Desde entonces, desarrolló una personalidad y un optimismo que se fortalecen en los momentos de crisis. Inés Lucena de Strauss, una tolimense de Armero, se convirtió en una excelente administradora de la herencia y tejió ropa infantil para los otros gastos. Cuando Jacquin y Sandra crecieron, se dedicaron a la docencia, y su primer gasto compartido fue un Renault 4. Ya antes, con su primer sueldo, Jacquin había matado su antojo de una blusa y un saco, pero no olvidó comprarle un regalo a su hermana.

Jacquin, Sandra e Inés conformaron un clan, como ellas mismas lo llaman, y tuvieron un círculo social reducido, pero, a la vez, unos afectos que cuentan con los dedos de una mano y jamás las abandonan.

Jacquin encontró a su mejor amiga en el colegio, una mujer que llora cuando recuerda la lealtad y los detalles de Jacquin y conoce sus más íntimos miedos y anhelos: Ernesto. Tampoco fue una mujer de muchos novios. Sus amigos recuerdan sin mucha importancia un arquitecto en la época de la universidad. De la misma forma como maneja sus afectos, toma sus decisiones. No pretende abarcarlo todo, pero sí se fija metas claras que no abandona hasta cumplirlas y jamás da marcha atrás.

Tiene claro a quien quiere y a quien no. No esconde sus afectos y tampoco sus disgustos, dice lo que piensa y le preocupa poco endulzarle los oídos de los demás.

Desde la muerte de su padre se convirtió en una mujer seria y responsable que, por pensar en muchas cosas a la vez, puede parecer englobada y despistada. Ernesto suele decirle: Tierra llamando a Jacquin, Tierra llamando a Jacquin . Pero esto es sólo un chiste, porque ella realmente nunca se va. Siempre está escuchando aunque parezca lo contrario.

Por eso, es frecuente que en los eventos sociales no se vea muy simpática. Al fin y al cabo, los chistes son de Ernesto. Pero una vez está con sus más íntimos amigos, ella se muestra como es, habladora, extrovertida, rumbera, bailadora y con algo de vanidad.

Se arregla las uñas de las manos y de los pies dos veces por semana, cuando tiene tiempo le gusta un masaje y sufre un poco con la gordura, pero tampoco convierte su físico en una prioridad. Y en esto también es definitiva. Ahora que Samper ganó las elecciones, le ofrecieron peinado y maquillaje gratis durante los cuatro años, pero ella se quedó con sus compañeros de siempre. Es que la educación de Jacquin es tradicional y conservadora. No es una mujer liberada, pero sí independiente. Para la familia y para ella no fue fácil, hace 15 años, asumir su relación con un hombre separado. Finalmente se casaron dos veces, al principio por lo civil y luego, con niños y todo, por lo católico. Alguien sostiene que ahora sus afectos no van a cambiar, sólo hay quienes se preguntan si seguirán siendo tan públicos. Hace poco, Sandra la llamó para decirle simplemente que la quería, entonces preguntó en broma: todavía puedo decir que usted me quiere mucho a mi?... Jacquin le dijo que sí y se rió.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
7 de agosto de 1994
Autor
CATALINA GALLO

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