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La patria boba

La pataleta de la semana pasada, en la que vimos al Mesías profiriendo orden de captura contra ‘Ernesto Báez’ (“bajo mi responsabilidad”), no sólo carecía de soporte jurídico –el ejecutivo no puede tomarse esas atribuciones–, sino que sonaba más como un grito desesperado, un intento de recuperar la autoridad perdida.

Hace tres años, a Pastrana también se le oían decir cosas similares, y daba alaridos parecidos –que en su momento denominé como un ‘penultimátum’–, con la intención de dar a entender que quien mandaba era el Presidente y no los matones de fusil convertidos en sus interlocutores, en un proceso estéril que había de terminar tan mal como empezó. En ambos casos, a renglón seguido los respectivos comisionados de paz han salido corriendo a decirles a los tales comandantes de la ‘insurgencia’ que no se preocupen, que el presidente no estaba tan bravo como parecía y que mejor arreglaran las cosas por las buenas, cosa que al final no sucedió con las Farc y que difícilmente va a ocurrir con las Auc.

Tuvieron que pasar muchas cosas, ver caer muchos muertos y correr mucha sangre, para que Pastrana descubriera que la guerrilla le estaba mamando gallo a él y al país y que toda la parafernalia de su proceso había resultado inútil. Y así está sucediendo con los ‘paras’. Los actos vergozosos que hemos presenciado en este nuevo proceso, envueltos –como el anterior– en un supuestamente noble propósito de conseguir la paz, han deslegitimado a un presidente que no ha hecho sino girar y girar contra la inagotable cuenta de su capital político.

Pero pese a tantos paralelos, hay dos profundas diferencias entre ambos procesos que hacen más peligrosa la situación actual. Por una parte, en este país se ha desarrollado demasiada connivencia hacia los ‘paras’, por lo cual muchos creen que son buenos porque matan guerrilleros o eliminan secuestradores, y por lo tanto los consideran defensores de la sociedad.

Como consecuencia, los ‘paras’ han logrado infiltrarse en esa sociedad a la que supestamente han protegido y sus tentáculos se han incrustado profundamente en la economía y la política, con la complicidad o anuencia de la sociedad misma, de muchos dirigentes y del propio Gobierno, que les ha extendido un tapete rojo. Y quienes nos hemos opuesto a esos hechos somos vistos como loquitos o idiotas –en el mejor de los casos–, o como ‘apátridas’ que no hacemos sino criticar a ese pobre hombre que sólo quiere sacar al país adelante.

Pase lo que pase con los ‘paras’, el mal ya está hecho. Con o sin su proceso de paz van a seguir haciendo de las suyas, pese a las pataletas del Mesías y a las payasadas de su comisionado de paz.

Vladimir Flórez Periodista

Publicación
portafolio.co
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
9 de noviembre de 2005
Autor
VLADIMIR FLÓREZ

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