Ignacio Ramírez

Ignacio Ramírez

(EDICIÓN BOGOTÁ) (OPINIÓN 1-19) No es frecuente que los escritores vivos se unan para reconocer en otro escritor virtudes que solo se reconocen a los que ya murieron. Tampoco es frecuente, por fortuna, que se llame la atención sobre la precariedad material en que vive un escritor, pues si algo distingue a un escritor económicamente desprotegido es el rigor inconfundible de su dignidad.

27 de octubre de 2005, 05:00 am

En países como los nuestros, en este lado del mundo, los ricos y los gobiernos hablan insistentemente de la cultura como signo de la identidad nacional, la supeditan, sin embargo, a las mezquinas leyes del mercado y las alharacas de la política.

Por ello, hablar de un escritor en problemas, y de problemas que atañen a su salud y a su supervivencia, es algo que debe tomarse con pinzas y sin mancillar el decoro.

Tal vez no exista en Colombia un escritor más secreto que Ignacio Ramírez, ni otro como él tan admirado y querido por sus colegas.

Hace 16 años publicó un libro de entrevistas con escritores colombianos de varias generaciones. Para hacerlo, recorrió muchos países del mundo, al lado de Olga Cristina Turriago, para ofrecer a los lectores uno de los testimonios vivos más indispensables en la literatura de las últimas décadas: Hombres de palabra.

Periodista, guionista de cine y televisión, escritor casi oculto de críticas literarias y ficciones, Ignacio salió de la prensa escrita, donde sostuvo una columna dominical en este diario (‘Literalúdica’), para dedicarse a jugar cortazarianamente en el nuevo espacio virtual. Creó Cronopios, una página cultural diaria, distribuida gratuitamente a miles de suscriptores del mundo.

‘Nacho’ Ramírez ha sobrevivido a una enfermedad que no consigue doblegarlo.

Lo ha hecho con el milagroso empuje de quien tiene aún cosas que hacer y escribir a sus contemporáneos. Generoso y fraterno, pocos colombianos como él conocen a fondo la historia de nuestra literatura.

Muchos escritores, unidos en la fraternidad –ave rara en las colmenas del ego–, han empezado a pedir que, por la excepcionalidad de su caso y por la modestia desinteresada de su trabajo, sea distinguido de alguna manera.

No veo otra distinta del reconocimiento de una vida y una obra, no en razón de las dificultades por las que atraviesa, sino en recompensa sobradamente merecida por toda una vida al servicio de la cultura.

Sé que Ignacio Ramírez comprenderá los motivos de este llamado público: no hiere su sensibilidad ni perturba su discreción. Otros escritores lo están haciendo por el espacio virtual, pero me resisto a llamar “ayuda” todo gesto individual o institucional que no sea considerado como un reconocimiento material y moral a su labor creativa, algo que él jamás haría, pues nadie pide que lo recompensen por lo que ha nutrido su espíritu, aunque haya diezmado, eso sí, sus escuálidos bolsillos.

Estoy seguro de que la edición de sus textos literarios sería una grata sorpresa para los lectores que lo desconocen y motivo de placer para quienes conocemos insuficientemente unos pocos, los que ha ido publicando en las páginas de Cronopios. No estoy muy seguro, en cambio, del interés que esta iniciativa pueda tener en las grandes editoriales colombianas, obsesionadas hasta la injusticia con los libros de éxito rápido.

Dejo la siguiente iniciativa al Instituto Distrital de Cultura de Bogotá, donde trabajan personas sensibles que saben del “malestar de la cultura” de nuestro tiempo. Que se le conceda cuanto antes el Gran Premio al Mérito Cultural