VISOS DEMAGÓGICOS

VISOS DEMAGÓGICOS

El candidato liberal, más que exponer un programa sobre lo que entiende por cultura en un país tan diverso como Colombia, donde hay sin duda varias naciones y territorialidades, decidió salirse por la tangente afirmando que el Ministerio de Cultura será, por encima de cualquier eufemismo, el Ministerio de la Paz , porque nuestra riqueza, que es nuestra diversidad, es también nuestra gran tragedia: la violencia que resulta de nuestra incapacidad para convivir por nuestras diferencias... porque la cultura nos hará hacer prevalecer nuestras afinidades esenciales por encima de nuestras distancias pasajeras . Así resulta, entonces, que el Ministerio de Cultura tendrá que ver más con la pacificación del país, que con el fomento de las artes individuales y populares. Esta sí que es una verdadera revelacion, digna de la pluma del Espíritu Santo. Desde cuándo las diferencias individuales y colectivas que surgen de las diversidades culturales de un país, son la causa de la violencia, el de

24 de julio 1994 , 12:00 a.m.

Que Ernesto Samper sabe a quién va a servir el Ministerio de Cultura, lo dice su discurso en Barranquilla. Va a servir, primero que todo, a entidades no gubernamentales dedicadas a la cultura y a la preparación de administradores culturales. Es decir, a los actuales empresarios y propietarios de los programas de radio, televisión, editoriales, ballets y teatros, y a sus agentes, los llamados administradores de cultura. Y en último renglón, a los artistas y escritores, para quienes habrá, en ese vasto mundo de canonjías y prebendas, concursos para premiar la creación artística, entre otras modalidades . Lo que traducido al lenguaje común quiere decir que se premiará a algunos artistas, los que a ellos les parezca lo merecen, y luego sus productos serán comercializados por las Familias Culturales.

Los Ministerios de Cultura fueron una de las varias invenciones de los dictadores de estados totalitarios (nazismo, fascismo, franquismo, degaulismo y comunismo), a fin de controlar y canalizar la información histórica, literaria o de cualquiera índole, en naciones y estados que luchaban por la supremacía mundial y necesitaban que sus ciudadanos no se ocuparan de cosa distinta de la que decía el estado totalitario. Los Ministerios de Culturas y las enciclopedias parecen ser de la misma especie. Quieren orientar al ciudadano hacia los deseos y apetitos, verdades y satisfacciones de quienes detentan el poder en un momento determinado.

Y si ello es así en el plano de las teorizaciones generales, en nuestro caso el asunto tiende a agravarse. Aquí, lo que se llama cultura , es un negocio de muy pocas familias, muchas menos que las que detentan los negocios de las gaseosas o los pollos asados. Familias que serían las primeras en salir favorecidas con el nuevo aparato de distribución de favores y donde, por supuesto, serían designados, para la concesión de los mismos, hasta el fin de los siglos, los vástagos y descendientes de las Familias Culturales.

En un estado democrático, ningún sector, por muy influyente que sea, debería ser favorecido en detrimento de otros. Uno acepta, porque parece no haber otra salida, que el deporte, la radio, la televisión, las aguas y las tierras tengan vigilantes estatales, pero decir que las manifestaciones culturales requieren de guías y gratificadores desde las capillas de los partidos y el partido que gobierna, no es más que otra avivatada política.

En los estados que surgieron democráticamente en Occidente, luego del fin de la Segunda Guerra Mundial, las artes y las letras y las manifestaciones culturales de sus comunidades han renunciado al tutelaje del Estado y los Partidos, pues entienden como condición primera la libertad para obrar y crear. Si queremos un estado democrático, la cultura no puede depender de los favores que reparten los aparatos del Estado y sus agentes. Bien puede cada comunidad, con el actual régimen municipal, dictar en cada caso y cuando corresponda, los auxilios que requiera su comunidad para fomentar proyectos culturales comunitarios sin que exista un ente regulador general desde los Consejos de Ministros o la Oficina de la Primera Dama de la Nación. Lo que los artistas y las comunidades necesitan es más y mejores bibliotecas, salas de concierto, auditorios, prensa libre, editoriales libres, que les permitan tanto crear como difundir sus invenciones. Todo ello, como puede entenderlo cualquiera con tres dedos de frente, basado en la extensión masiva de la educación de los ciudadanos, a través de escuelas, universidades y centros culturales cuya base sea un libérrimo ejercicio de la cátedra libre y la investigación.

Y si lo que se quiere es fomentar no solo la cultura de las comunidades y regiones sino también, y por supuesto, a los artistas y escritores, bien puede crearse, con el actual presupuesto y empleados del Instituto Colombiano de Cultura, y la asesoría en manejo de dineros que tiene el Icetex, un Fondo Nacional de las Artes y las Letras que, con una junta directiva independiente de los vaivenes electorales, otorgue bolsas de trabajo y presupuestos eficientes a individuos y grupos, luego de la presentación de rigurosas propuestas de trabajo, seleccionadas por miembros competentes de los gremios artísticos y literarios.

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