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FOLCLORISMO

Se nos desborda el folclorismo por los poros. Es como nuestra marca de fábrica. Que excusa las frecuentes metidas de cascos en que somos pródigos. Unas para causar risa, otras lástima y las más estupor. Ejemplos a montones: Pensar que la mejor presea de este gobierno, que constituye su pasaporte a la historia: la entrega del reo más buscado del mundo, metido voluntariamente en jaula de oro según se afirma voló, voló y voló porque le abrieron la puerta, es como para dar alaridos de histeria, ante la mirada desconfiada de la inmensa caravana mundial.

Saber que los orgullosos aspirantes al triunfo, que soñaban con el podio en Barcelona, cambiaron las medallas por medallones de lomo y de pescado que no solo abultaron sus vientres sino también sus maletines, es para echarse a llorar. Qué tal que los hubiesen acompañado los guardianes de La Catedral sobornados por humildes papas vestidas de mayonesa.

Ver desfilar por la pantalla en rústicas sudaderas a nuestra delegación, compitiendo con las demás del mundo, vestidas esas sí como Dios manda para un espectáculo visto por dos mil millones de televidentes deslumbrados, no puede ser otra cosa que pobreza o folclorismo.

Folclorismo es también hacer de negociador improvisado y de rehén espontáneo, en la operación u opereta de ese miércoles, olvidando la investidura y desconociendo a los dueños de la situación y de las charreteras.

Divulgar la especie de túneles, y de pablos vestidos de mujer, con peluca y bigotes, si no es alucinación, es folclorismo.

Comerse un pollo entero antes de competir en el levantamiento de pesas y desmayarse sin siquiera comenzar la prueba, es como para medalla de chocolate.

Tener cárceles de alta seguridad con casa de muñecas, es una paradoja tan repelente que para no mezclarla con lucubraciones logísticas, es mejor definirla como folclorismo.

Y como este se da silvestre, invade también la cúpula de otro de los poderes. Porque partirse por mitades como un ponqué la presidencia del Congreso, sin antecedentes en la costumbre ni el reglamento, no puede ser cosa distinta de una expresiva demostración de folclorismo.

Como lo son también el no tener filiación política, condición que ostentan los alcaldes zonales, creer que mañana se elige designado, pensar que han echado un ministro en la olla, con ajos y yerbas y que se lo van a comer vivo los emes y los equis, o que se pueden pactar diálogos de paz entre palomas y ametralladoras, y soñar despiertos que los aviones USA vienen a retratar el paisaje.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
3 de agosto de 1992
Autor
CRITICONA

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