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EL ADIÓS AL PARQUE RODEOLANDIA

A Mariana Vásquez, de 5 años, le falta una respuesta de su papá. No, mejor dos. La primera, saber dónde, de ahora en adelante, le van a celebrar su cumpleaños. Y la segunda, qué lugar se escogerá para los de su hermana.

A Mariana Vásquez, de 5 años, le falta una respuesta de su papá. No, mejor dos. La primera, saber dónde, de ahora en adelante, le van a celebrar su cumpleaños. Y la segunda, qué lugar se escogerá para los de su hermana.

Fernando Vásquez, el papá, solo le ha podido contestar la segunda. "Esperemos que tu hermana exista porque no está ni en proyecto". Sobre la primera, este harlysta de 40 años, uno de los propietarios del parque Rodeolandia, no le ha hablado.

Tres generaciones de esta familia hicieron parte del parque, que nació en 1976 cuando el lugar pasó de pasteurizadora a un sitio de recreo. Carrusel, rueda, tobogán y sombrillas se instalaron en medio de la naturaleza, sin robarle espacio. Adornaron el verde reinante con sus colores pastel.

Y ahí están aún, con 18 atracciones más. Solo que ninguno de los caballitos del carrusel daba la sensación de querer picar el ojo. Lonas gigantes los cubrían.

Todavía un aviso se ve desde la carretera (costado norte-sur de la autopista Norte, kilómetro 20), pero al llegar a la puerta una valla informa que se cerró el 30 de enero y que agradece a los estuvieron allí.

"Fueron cinco hectáreas que los niños se tomaron", cuenta Juan Carlos Martínez, administrador, y al fondo el tobogán se ve medio triste, pese a que está pintado de rojo, azul y verde.

"En los 90 llegó la competencia de otros parques y la instalación de juegos mecánicos en los centros comerciales, así como los trancones de la autopista Norte y el desvío de vehículos por la 7a. Los clientes empezaron a bajar", dice Vásquez.

Y cuenta que aquí llegaba con sus amigos del colegio en la adolescencia y que, también, fueron muchas las fiestas empresariales que hubo.

Los sábados y domingos, cuando abría, las mascotas eran bienvenidas y las boletas para las atracciones, más baratas que el peaje.

Los empleados todavía se encuentran en el lugar. Organizan todo para entregarlo. Según Vásquez, un buen número de trabajadores se hicieron profesionales con su sueldo y solo abandonaron el parque cuando tuvieron un empleo en su profesión.

Una taza gigante.

El domingo pasado se reunieron para juntar nostalgias. Vásquez no fue, "por cobardía". Lo cuenta sin dejar de acariciar a Andy, un pony de 8 meses que está de la cerca para allá. "Seguiremos con la crianza de pony, nuestra atracción principal, los niños daban paseos en ellos sin peligro". Martínez manifiesta que jamás hubo una tragedia.

De la cerca para acá funcionará un colegio, que utilizará parte de la infraestructura: cocina (Rodeolandia tuvo restaurantes), baños y salones. Algunos juegos se venderán y otros irán a parques.

Una última mirada y aparece una taza gigante de color verde pastel. Dan ganas de meterse ahí para recobrar la infancia perdida. Sin embargo, Vásquez sabe que es la vida real la que hay que enfrentar y piensa en la respuesta que le debe a su hija Mariana.

FOTO:.

Los pony fueron una de las atracciones del lugar y los niños recorrían el parque en ellos.

Fotos: Rafael Espinosa / EL TIEMPO

Publicación
eltiempo.com
Sección
Bogotá
Fecha de publicación
5 de febrero de 2005
Autor
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