REINO DE CORRUPCIÓN Y VIOLENCIA

REINO DE CORRUPCIÓN Y VIOLENCIA

Creemos que cuanto más rápido tengamos un gobierno legítimo, más cerca está el tiempo que los americanos se vayan a su casa , me explicaba Mohamed, tras votar por primera vez, a los 34 años, el pasado 30 enero. Han transcurrido cinco meses pero el ansiado cambio hacia la democracia no se produjo.

7 de junio de 2005, 05:00 am

"Creemos que cuanto más rápido tengamos un gobierno legítimo, más cerca está el tiempo que los americanos se vayan a su casa", me explicaba Mohamed, tras votar por primera vez, a los 34 años, el pasado 30 enero. Han transcurrido cinco meses pero el ansiado cambio hacia la democracia no se produjo.

Como la mayoría de los iraquíes que salieron a sufragar -desafiando las advertencias de Abu Mussab Al Zarqawi, el líder de Al Qaeda que amenazó con manchar las calles de Bagdad sangre de los electores-, Mohamed confiaba en que un proceso exitoso aceleraría el fin de la ocupación militar y de una guerra que les ha costado decenas de miles de víctimas.

A cambio, se profundizó la corrupción, la violencia recrudeció, el retiro de las tropas de ocupación no tiene fecha asignada y la construcción de bases militares permanentes se incrementa, a despecho de los iraquíes.

La masiva participación dejó a chiítas y kurdos controlando la mayoría de la nueva Asamblea, pero la negativa de los sunitas, obedientes al Consejo de Ulemas y al Partido Baas, a participar en la elección (llamaron incluso a boicotear el proceso) y su ausencia del poder sigue siendo la causa central de la violencia, y el motor del apoyo a la resistencia y a los actos terroristas.

"Esto es un engaño", aseguran, y llaman a la lucha armada contra los extranjeros. Algunos dicen que el único candidato por el cual hubieran votado no estuvo disponible: Saddam Hussein.

"Somos millones los que apoyamos a Saddam, pero los estadounidenses compran a los medios para hacer propaganda contra él -afirma Ibrahim, ingeniero químico que estudió en España, convertido en comerciante-. Haremos lo posible para defenderlo".

Los grupos sunitas de inspiración wahabita y los ex agentes de Saddam trabajan ligados contra la mayoría chiíta, convertida en su objetivo militar. Los acusan de colaboracionistas de E.U., pese a que las mayorías dejaron sentado en las urnas, cumpliendo directrices de su gran Ayatola Alí Al Sistani, que la democracia es el camino para acceder al gobierno.

Frente a la mezquita de Azayad, en Bagdad, el comerciante chiita Yassim, de 35 años, casado y con cinco hijos, nos da el pálpito de la gente común: "Lo más importante para nosotros es la seguridad, porque estamos viviendo en el terror. Detrás de los atentados hay extranjeros de Arabia Saudí, Kuwait y Siria. Las operaciones suicidas no las hacen iraquíes".

Siete plagas.

Es unánime el rechazo a las acciones de Al Zarqawi, a quien se le atribuyen atentados con carros bomba, ataques a mezquitas y personal de la nueva policía iraquí y bases de soldados estadounidenses, decapitaciones y asesinatos selectivos.

"Al Zarqawi es Al Qaeda y ellos son Arabia Saudí. No es resistencia iraquídice Ahmed, joven profesor de educación física de Bagdad. Hasta creo que ellos son lo mismo que la CIA, que los entrenaron en Afganistán", afirma.

La imaginería popular incluso ha llegado a creer que el hombre más buscado es un producto de la propaganda de E.U. "Al Zarqawi no existe. Detrás de los atentados están la CIA y el Mossad (inteligencia israelí). Ellos se encargan del trabajo sucio para desestabilizar y enfrentarnos", declara un seguidor del clérigo chiita Muqtada Al Sadr, mezcla de ayatola Jomeini y Che Guevara, el más radical rival de Al Sistani, cuyo grupo no se presentó en los comicios diciendo que eran "una trampa de los americanos".

La inseguridad constituye el tema fundamental de un gobierno amenazado día a día.En la posesión de las nuevas autoridades, el 3 de mayo, el primer ministro Ibrahim al Jaafari prometió unir a las facciones rivales étnicas y religiosas de Irak, y combatir el terrorismo, casi un imposible por las profundas diferencias, la lucha de cada una por el poder y su mutua desconfianza.

Los atentados contra autoridades y clérigos amenazan con profundizar las divisiones entre sunitas y chiitas. Asesinatos, secuestros y violaciones tienen su cuota diaria en las calles Bagdad. Las atalayas de cemento se multiplican, los rollos de alambres de púas, los basurales y el deterioro de lugares bombardeados que jamás han sido reconstruidos. Se reproducen enfermedades sicosomáticas en niños, producto del terror; muertes por malnutrición crónica; abortos espontáneos y nacimientos prematuros. "Nuestro hijo nació de seis meses en el campo de desplazados", cuenta Hassam, uno de los cientos que tuvieron que escapar de Faluya hacia Bagdad durante las operaciones militares.

Dos años después de iniciada la ocupación se acumulan problemas básicos irresueltos: cortes de energía eléctrica, agua contaminada, desocupación creciente, falta de medicinas, constantes errores en ataques militares a objetivos civiles, y torturas y abusos.

"Los iraquíes estamos acostumbrados a todos los males -dice Samir, evocando la guerra contra Irán, el sometimiento de Saddam contra los chiitas, el bloqueo y la ocupación-. Solo esperamos que esto cambie para todos. Por eso seguimos confiando".

FOTO/Karen Marón.

A Sadr City, uno de los barrios más pobres de Bagdad, la reconstrucción no ha llegado y, por el contrario, lo que más salta a la vista son las huellas de la guerra y la miseria.