LOS BUENOS ACTORES

LOS BUENOS ACTORES

La televisión no tiene buena fama. Desde las orillas del arte se la mira como advenediza, superficial y francamente frívola. Un poco como la loca de casa. Sin embargo, los habitantes de esas orillas han sucumbido ante los filtros del encantamiento y las estratagemas de la impostora. Hace unos años, los actores de teatro, con un purismo exagerado, blandían sus amuletos cuando el olor a azufre de las propuestas peligrosas los invitaba a participar en la televisión. De un lado la estética, del otro el vil dinero; allí los ideales, acá el mercado. Pocos recuerdan, por ejemplo, que al inicio de la propia televisión colombiana, hombres de teatro como el maestro Bernardo Romero Lozano montaron de una forma que hoy parecería delirante obras como El Proceso de Kafka, en directo, cambiando prácticamente ante los ojos de los primeros televidentes paneles y bambalinas, haciendo un actor varios papeles con solo ponerse una peluca o un bigote postizo.

29 de septiembre 1991 , 12:00 a.m.

Interesantes tiempos aquellos, en que los montajes de las obras eran de la misma naturaleza de aquella proeza febril que retrató Herzog en Fitzcarraldo. Casi o tanto como subir un buque a la cima de una montaña. Poco a poco fueron incursionando en la televisión algunos actores de teatro a quienes, seguramente, su conciencia los perseguía como si hubiesen cedido a una tentación tan sugestiva como peligrosa. Después de ellos llegaron, uno tras otro, los cineastas que se habían acostumbrado a esperar como el coronel de García Márquez no a que les llegara una carta, sino siquiera una oportunidad de incursionar en el cine.

Después de unos años, se nota el aporte que los actores de carrera le han hecho a la televisión. Especialmente, aquellos que supieron encontrar la expresión e intensidad interpretativa que requiere la televisión, muy diferente por cierto al histrionismo de las tablas.

Y se tienen así actores tan buenos como desastrosos. Conviene olvidar a los segundos y mencionar siquiera rápidamente a algunos de los primeros. A Helios Fernández, un actor con toda la tradición del TEC de Cali, se le han visto excelentes interpretaciones, llenas de profundidad, veracidad y una inmensa variedad de recursos. El doctor Hernández de Azúcar y Efrén Herreros de La casa de las dos palmas merecerían cada una un premio al mejor actor. En la obra de Kepa Amuchástegui, Helios Fernández ha ido construyendo inteligentemente su personaje, al dotarlo de matices íntimos. Ha reflejado algo que únicamente los actores sobresalientes pueden hacer: estados del alma.

Consuelo Luzardo como Magola Delgado en Por qué mataron a Betty ha ratificado sus capacidades de primera actriz, en uno de esos papeles en que no se pueden dar pasos en falso. Todos los sentimientos le son propios, desde la abnegación y la paciencia hasta la debilidad y el abandono.

Luis Fernando Montoya consiguió en Castigo divino un personaje lleno de ambigedad, frente al cual, el televidente tenía sus interrogantes e incertidumbres.

Adelaida Otálora y Ramiro Meneses, por su parte, lograron toda la fuerza que necesitaba la madre y el hijo de los Moya pobres. La cucha y el sicario, unidos por unos lazos que terminan por ser más intensos que todo tipo de riesgo, aún el de la muerte.

Vicky Hernández, estupenda en la primera parte de Azúcar y en La casa de las dos palmas ha demostrado una versatilidad que le permite pasarse de la comedia al drama, con gran propiedad. Su papel de doña Zoila hace olvidar los malos tragos de Espumas .