LA BIBLIOTECA QUE SOÑÓ GUANACAS

LA BIBLIOTECA QUE SOÑÓ GUANACAS

Elías Domingo Arias Polanco, cultivador de café y marcador central del legendario equipo de fútbol de la vereda Guanacas, no pierde la esperanza a sus 63 años de jugar el último partido de su vida en la cancha de su pueblo.

15 de agosto de 2004, 05:00 am

Elías Domingo Arias Polanco, cultivador de café y marcador central del legendario equipo de fútbol de la vereda Guanacas, no pierde la esperanza a sus 63 años de jugar el último partido de su vida en la cancha de su pueblo.

Recorrió desde su juventud a caballo, con pantaloneta y guayos, las montañas de la cordillera central para jugar en decenas de caseríos, de donde salía borracho o huyendo por el monte por haberle ganado al local.

El fútbol, desde los tiempos de Pelé, fue la fiebre de esta vereda de 48 casas dispersas por la montaña del municipio de Inzá (Cauca).

Una cancha era su máximo sueño hasta que Eliécer Morales y Miguel Angel Arias, mientras estudiaban bachillerato en el Instituto de Promoción Social de la vereda, donde les enseñaban a trabajar proyectos comunitarios, soñaron con un pueblo lleno de libros, pues en el salón comunal solo tenían una colección de García Márquez y una enciclopedia de dos tomos.

"El futuro no podía ser solo patear un balón. Queríamos estudiar en la Universidad pero como no teníamos plata pensamos en darle una biblioteca a la vereda para que la gente pudiera aprender sin irse", recuerda Eliécer, que jugaba de delantero.

La primera vez que plantearon su idea fue en una reunión en la Alcaldía, donde definían el presupuesto, pero entre solicitudes de carreteras y acueductos se fue al fondo de las prioridades.

Pasó el tiempo y los dos entraron con una beca a la facultad de derecho de la Universidad de los Andes, en Bogotá, en donde comenzaron la lucha por la biblioteca, pues sus compañeros se habían quedado recogiendo café.

En 1998 empezaron las gestiones y llevaron su proyecto en dos hojas a la embajada de Japón. " Una biblioteca? Por qué no piden una escuela o un puesto de salud?", les preguntó un diplomático.

Tal vez tenían razón. Los cuatro kilómetros de carretera que separan a Guanacas de la cabecera municipal están destapados, el agua no es potable y carecen de puesto de salud, teléfonos, alumbrado público y alcantarillado.

Pero sus argumentos fueron más contundentes. "La gente necesita primero educación y el que tiene el conocimiento tiene el poder", le contestaron.

Les pidieron que volvieran con un proyecto más elaborado y con una maqueta.

Sueño en guadua.

Se fueron a la facultad de arquitectura de la Universidad Javeriana. Contaron su idea y les dieron el proyecto como trabajo de grado a María Cristina Perea y a Simón Hosie Samper, dos destacados estudiantes de último semestre, que armaron maletas y visitaron una semana Guanacas, conociendo a su gente, sus casas de bahareque, sus montañas.

La comunidad pensaba en ampliar el salón comunal y hacer la biblioteca con unos armarios, pero Simón soñó con una en guadua y de dos pisos. "Las grandes obras no tienen que ser siempre para la gente que tenga plata", pensaba.

Al final de la visita, les dijo que el sitio ideal para la biblioteca era una planicie a la entrada del pueblo, donde había una fábrica de ladrillos, justo al lado dónde habían pensado hacer la cancha de fútbol, pues la última la perdieron cuando se separaron de la vereda Santa Lucía.

La idea de estudiar venció y los 300 habitantes del pueblo decidieron aplazar la construcción de la cancha. Don Elías Domingo estuvo de acuerdo en que la prioridad era el estudio. "Yo solo llegué a especializarme en quinto de primaria", comenta.

A su regreso a Bogotá, tras largas noches de desvelo, los estudiantes entregaron la maqueta a la embajada de Japón y se graduaron con honores.

Salió la plata!.

El sueño revivió en la mitad del 2000, cuando Simón, que tenía en sus manos unos tiquetes para irse becado a estudiar a España, recibió una llamada de la universidad.

Había salido la plata para la biblioteca de Guanacas. Llamó a María Cristina. "Eso es una locura, eso es zona guerrillera, yo no me voy", le dijo.

Simón, guiado por un extraño sentimiento de afecto con esas montañas y su gente, decidió partir, pero antes se fue a la embajada de Japón y les confesó que el proyecto había quedado mal hecho y no se podía construir. Se comprometió a cambiarlo y a hacer solo la cimentación y la cubierta. Entonces, le dieron los 81 millones asignados.

En agosto, Simón llegó con una mochila, 25 años y el pelo largo a trabajar en Guanacas.

En el pueblo no había albañiles ni obreros. Lo máximo que habían hecho en los últimos tiempos era una casa de dos pisos, con pista de baile. "Recluté un ejército de curiosos, con las personas que tenían ciertas habilidades para la construcción", recuerda.

Manos a la obra.

La idea era que la obra la construyera la gente, liderada por la Junta de Acción Comunal, para que la sintieran propia y para que les saliera más barata.

Esa era la tradición. Así Guanacas había levantado, hace 50 años, el colegio con enormes piedras de río, la casa comunal de ladrillo y la cancha de fútbol.

Con Simón a la cabeza, empezaron a cavar los cimientos. Las piedras llegaron de mano en mano a través de una cadena que formaron todos desde el río.

Nadie entendía los planos y la maqueta que llevó Simón pero guardaban silencio y seguían con una fe ciega sus indicaciones.

"El día que se fundieron las placas las mujeres cocinaron sancocho, los hombres mezclaban el cemento y los niños cargaron el agua", recuerda Fredy Arias.

Para la estructura, grupos de pobladores, armados a machete, salían de madrugada a buscar a la finca de Saturia Guevara las guaduas más largas, que cargaban en hombros. Cortaron como 200 pero no sirvieron porque estaban torcidas. Les tocó mandar a traerlas del Quindío y usar las de la región para los andamios.

Lo último fue el techo, que estaba a ocho metros del piso. Durante días el pueblo se turnó para subirse a echar la placa de cemento y luego lo cubrieron con una paja que trajeron de la vereda San Andrés de Pisimbalá.

Así les dio un año. En septiembre del 2001 se acabó la plata y la biblioteca era un esqueleto de guadua, que inauguraron con cura y fiesta.

Una choza sin libros.

Pero no tenía ni un libro y solo la usaban para misas y algunas reuniones comunales. Los habitantes de las veredas vecinas se burlaban y les decían que habían hecho un quiosco gigante.

El pueblo no se rindió. Una comisión, con Simón a la cabeza, consiguió a través del Ministerio de Cultura recursos del Fondo Nacional de Regalías. Luego de un año de papeleos en Bogotá lograron que la declararan obra artística, para que no saliera a licitación pública, y le dieran a la Junta de Acción Comunal los 240 millones restantes.

En agosto del 2002, Simón volvió a la vereda a finalizar el sueño. Faltaban las paredes, las escaleras, los baños, los pisos, las ventanas, las puertas, los vidrios, las redes eléctricas.

El pueblo no dejaba de poner su grano de arena y construyó las escaleras exteriores con piedras de un páramo cercano. "Nos fuimos con una volqueta para ese frío, trajimos más de 200 piedras gigantes, que cargábamos entre tres", recuerda Enrique Fajardo.

Cuando Simón quería avanzar más les decía a los muchachos del equipo de fútbol que si trabajaban el sábado, día de mercado, él jugaba con ellos al día siguiente.

Su estrategia funcionó y logró adelantar la obra y convertirse en goleador del torneo local.

"Era un crack", recuerdan los niños.

Los 12 homenajeados.

En medio de la obra, Simón pensó en hacerles un homenaje a los pobladores y les pidió escoger a 12 de sus habitantes para ponerles sus nombres a unos sillones que había hecho en el segundo piso y consignar su vida en unos libros.

Once veredas hicieron elecciones. Guanaca, por ser la sede de la biblioteca, tenía derecho a dos personajes. Dora Guachetá, la modista, que con su máquina a pedal le ha cosido desde las pintas dominicales a la vereda hasta los uniformes del equipo de fútbol barrió en votos.

"Pienso que la gente me quiere porque siempre he cobrado baratico", dice entre risas la mujer de 75 años.

El otro elegido fue José María Arias, de 64 años, cultivador de café y famoso por haber tenido en los ochenta el estadero La Tropicana, donde toda la vereda gozó con la música de Pastor López.

Simón visitó a cada uno de los elegidos, los sentó cuatro horas en una silla y, como regalo, les hizo un óleo, para colgarlo en la biblioteca.

"Si uno se movía, lo regañaba", recuerda Dora, que todavía se pregunta por qué solo le pintó un arete y el cuello tan largo.

A finales del año pasado, cuando ya estaba lista la biblioteca, Simón los llamó a todos y los puso a brillar el piso y la guadua, y a limpiar los vidrios. Los niños sembraron un guayacán por cada familia en los alrededores.

Antes de partir, les dio el último consejo: "Cuídenla mucho porque aquí está mi vida".

El orgullo de Guanacas.

El 26 de diciembre del año pasado, abrió por fin las puertas al público la biblioteca de Guanacas. Desde ese día, María Solandy Guachetá, de 23 años, quedó con las llaves. Fue elegida bibliotecaria por su dedicación en la construcción.

Al principio como no había cuentos, los niños solo leían una enciclopedia de sexualidad con dibujitos, pero a comienzos de año llegaron Peter Pan, Blanca Nieves; enciclopedias; libros de Andrés Caicedo, Oswaldo Soriano, Oscar Wilde.

Todavía faltan seis mil libros para llenar sus estantes, ocho computadores y las líneas para internet.

Desde entonces, todos los días van niños de varias veredas a hacer sus tareas, ver películas o leer cuentos. "Los campesinos también vienen cuando regresan a caballo de sus cultivos. A Angel Arias le gusta leer de ganadería", dice María Solandy.

El orgullo de Guanacas por su biblioteca se desbordó hace tres semanas. Por el único teléfono del pueblo llegó la noticia de que se había ganado el premio al mejor proyecto arquitectónico de la Bienal de Arquitectura. La alegría fue más grande que si se hubieran ganado el torneo de fútbol municipal.

La vereda no para de soñar. Dicen que este es solo un paso para hacer La casa del pueblo , que cuesta 1.200 millones y busca convertir el lugar en todo un complejo cultural, con la cancha de fútbol, un teatro al aire libre y un polideportivo.

El viejo Elías Domingo espera que llegue ese día pronto para volverse a poner los guayos y jugar el partido inaugural en la cancha de su pueblo. "En el terreno que hay se pueden poner unas porterías que ya conseguimos, pero es mejor esperar, porque de pronto le partimos los vidrios a la biblioteca".