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EL PULGUERO DE MIAMI

Los días en Miami están por terminar y la lista de detalles para llevar a familiares, amigos y conocidos es todavía inmensa. Qué tal 5 camisetas por 10 dólares, o toallas de marcas famosas a 3 dólares cada una? También podría ser una selección de pétalos para el popurrí, plantas de seda o quizás una máscara antigua? Cuando en los centros comerciales se han agotado las ofertas, el pulguero es la respuesta. Creados como negocios independientes a lo largo y ancho de la ciudad, estos puntos de venta recogen a los pequeños comerciantes que desean mercadear cosas tanto nuevas como viejas. Algunos permanecen abiertos todo el año, como el de Opa Locka, el de Fort Lauderdale y el del Tropical Park. Otros son de temporada, como los que se montan en el centro de convenciones de Miami Beach durante un par de semanas, o durante el verano en el Bay Front Park.

Los verdaderos cazadores de piezas únicas dejadas al olvido no se limitan, sin embargo, a los pulgueros . Una fuente extraordinaria de antiques son los Thrift Shops o almacenes de ahorro. Estos son, en realidad, puntos de venta casi que de caridad, organizados por el Ejército de Salvación. Allí llegan los donantes que no quieren molestarse con una venta dominguera de garaje y deciden deshacerse rápidamente de sus muebles, cuadros y vasijas. Los cazadores pacientes saben que al acudir a uno de estos sitios pueden encontrar una jarra de plata antigua, lámparas checoslovacas o una muñeca de colección. El precio aquí es la paciencia que se debe tener para mirar y escoger entre la montaña de cosas inservibles, que también las hay.

Pero para el turista de Miami, sin tiempo y con ganas de llevar algo bueno y barato, el pulguero Tropicaire, en la esquina del Palmetto y Bird Road, frente al Tropical Park, resulta una buena opción. El requisito es madrugar, pues abre a las 7:30 de la mañana y cierra a las 3:00 de la tarde y sólo funciona durante los fines de semana. La entrada cuesta 50 centavos de dólar por persona. Tiene una sección de cosas usadas, otra de objetos nuevos, vivero, aviario, acuarios, minimercado de vegetales, pescado fresco y servicios de venta de comida y baños públicos.

Montados en el lote de un antiguo autocinema, los otrora postes de sonido son ahora mojones territoriales que demarcan el espacio entre cada uno de los puestos de este gigantesco mercado al aire libre, al que se llega para conseguir realmente de todo. Hasta ollas colombianas. Los famosos calderos de hacer arroz al estilo tradicional se venden por 18 dólares. También se ofrecen colchones, juegos de comedor baratos, juguetes, electrodomésticos, herramientas, tenis de marcas conocidas a precios imposibles de comprar en las tiendas normales, cubrelechos y juegos de sábanas a precios irrisorios.

Los administradores del lugar alquilan el espacio por día, semana o mes, y el comerciante se tiene que encargar de toda la infraestructura de su almacén portátil. Quienes han hecho de ésta una forma de vivir, traen toldos, mesas, letreros de precios y hasta ventiladores para refrescar a sus clientes. Otros llegan y sencillamente abren las puertas de sus camionetas o carros, extienden una manta, colocan sus productos y cobran según la cara del comprador y lo bueno que resulte para regatear.

Cuando el tiempo se acaba y hay que decidir entre la última bronceada y llegar sólo con chocolates de regreso a casa, es el momento de sacar el bronceador, dinero en efectivo y encaminarse al pulguero . La bronceada será más pareja porque estará en movimiento, la caminada le hará bajar las libras de más de las hamburguesas y el congrí cubano, y el presupuesto le alcanzará para llevar incluso galletas para el perro.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
1 de julio de 1993
Autor
GLORIA L. SHANAHAN

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