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EL RITO DEL ADIÓS

Para un miembro de carrera del servicio exterior mexicano, ser Comisionado Embajador en Colombia fue ciertamente un privilegio, también un reto.

Para un miembro de carrera del servicio exterior mexicano, ser Comisionado Embajador en Colombia fue ciertamente un privilegio, también un reto.

Los territorios de Colombia formaron parte, desde mis primeras lecturas infantiles, de mi formación épica y de mi debilidad por la aventura. El responsable directo de esta querencia lo fue Germán Arciniegas y su inigualable biografía del Caribe.

Siendo descendiente de navegantes, las costas y ríos colombianos me anticipaban todo lo epopéyico y evocador: El Dorado, ciudades amuralladas, travesías por el Magdalena, el Guaviare, el Inírida y el Orinoco. Por si faltara gancho, a mi otoñal edad, la promesa de las Amazonas.

Al despedirme hoy de Colombia, nuestra Colombia, me refugio para hacer más leve la pena en la perspectiva del tiempo. Alguna vez hube también de alejarme de mis seres queridos y de mi tierra de volcanes. En 40 años he tenido que decir adiós a La Habana (Cuba); Amarillo (Texas); Kingston (Jamaica); Ottawa (Canadá); Dallas y Miami, Oklahoma y Arkansas, Costa Rica y República Dominicana, más breves estancias en Tanzania y Etiopía.

Según el gran escritor mexicano Alfonso Reyes, diplomático también, los del gremio llevamos una vida contra natura, de extranjería perpetua, hasta en nuestro propio país, donde la ausencia prolongada nos hace extraños. Estamos condenados, por oficio, a renunciar periódicamente donde ya nos íbamos aquerenciando. Somos, digo yo, profesionales de la ausencia. Si la Tierra es posada provisional para todos, para el diplomático lo es en grado sumo.

Para cumplir con las inflexibles instrucciones de mi gobierno, el protocolo de la despedida siguió su orden inmutable. Había que empezar por los poderes fácticos:.

El Congreso Nacional, sede de la soberanía; la Canciller y su diplomacia, firme y elegante. Vendrían después jueces y notarios, ministros, gobernadores y alcaldes; academias, gremios y cámaras de comercio.

En su momento vendría la comunicación con la oficina del presidente Uribe, un sábado muy tarde con este líder ejemplar, trabajador de tiempo completo.

Llegaría después el adiós a los almirantes y capitanes de navío. Para culminar con los poderes espirituales: capellanes, párrocos, el Celam y obispos comprometidos con la paz; con el Cardenal Primado, con su carisma y su enorme poder de convocatoria.

En esta peregrinación precursora de la ausencia, lugar especial guardan los incontables amigos colombianos, escritores, artistas y poetas, empresarios, periodistas y ciudadanos de bien; cachacos o costeños, chocoanos o payaneses, paisas o amazónicos. La lista sería interminable.

Pero el dejar hoy para siempre a Colombia, cuando mi vuelo tome impulso en la pista 1-3 derecha, mi último pensamiento será para las víctimas de este conflicto sordo. Para los indígenas y negritudes, hoy, a la hora del adiós, tomo partido inequívoco por los damnificados de la historia, que no solo sobrevivieron a la Conquista, sino, peor aún, han subsistido a nuestra propia incapacidad para reparar el daño que la colonización primero y sus compatriotas después les hemos infligido.

El ritual del adiós se cerró en las últimas horas: mensaje radial de aliento a los secuestrados; breve encuentro con los desplazados, visita a mis compatriotas presos y compartir con soldados heridos en combate.

El saldo final, a pesar de todo, es el optimismo. Ver instalado a Lucho Garzón en el Palacio Liévano abre perspectivas enormes a la sólida democracia colombiana.

Ahora no hay pretextos. Llegó la hora fatal de partir, como bien lo sabemos los que nos inspiramos en Homero. Los que aún creemos en la épica, para los émulos de Ulises, el último trance de la épica consiste, precisamente, en volver a casa.

* Embajador de México

Publicación
eltiempo.com
Sección
Editorial - opinión
Fecha de publicación
16 de enero de 2004
Autor
LUIS ORTIZ MONASTERIO *

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