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SONIA, LA MAMÁ DE TODOS LOS MUERTOS

Rafael Manjarrez. Así se llamaba. Era de San Juan del Cesar. Lo mataron en el estadero Rancho Tuna . Como si hubiera sido ayer, Sonia Bermúdez recuerda el primer cuerpo al que tuvo que diseccionar en el Instituto de Medicina Legal de Riohacha.

Era 1976 y ella, de apenas 17, ya llevaba casi cuatro años colaborando en la morgue, hasta que Manjarrez fue el primero que le tocó preparar sin ayuda. Todavía hoy, después de casi 30 años no lo olvida, ni tampoco a los más de 6.000 cadáveres que han pasado por sus manos.

Los recuerdo con amor, porque a todos los he querido , dice, mientras se retira los guantes blancos de sus manos, justo al final de la jornada de trabajo, y enciende un cigarrillo para calmar la ansiedad.

La vida de Sonia siempre ha estado ligada a los muertos. Esta negra de ojos café, dueña de una permanente sonrisa de oreja a oreja y amante de las rancheras, ha trabajado en la morgue de la ciudad desde su mismo inicio, a mediados de los 70; primero como asistente y luego a cargo de la disección.

Su cercanía con los muertos viene, incluso de mucho antes, cuando todavía era una niña que soñaba con ser médico, y su padre, Benigno Catalino Bermúdez, trabajaba como celador del cementerio municipal, sitio que a ella le tocó abrir y cerrar más de una vez. Su madre, Juana Robles, nunca estuvo de acuerdo con que asistiera a la morgue.

Preparó a los suyos Hace 19 años le tocó preparar el cuerpo de Juana Robles, como ha tenido que hacerlo con el de Benigno, el de sus tíos y muchos otros familiares. Pero no lo ha hecho con dolor -según cuenta- porque tiene la certeza de que se han ido a un sitio mejor.

Si nadie ha regresado de allá, ni siquiera a quejarse, es porque eso debe ser muy bonito , dice mientras se cambia el uniforme por unos jeans y una blusa negra, e intenta colocarse los aretes.

Así las cosas, para Sonia no hay duelo ni luto. Sin embargo, respeta lo que piensan los demás. En algunas ocasiones ha salido ella misma a recorrer los barrios de Riohacha en busca de los familiares de los fallecidos, para evitar que sean enterrados en una fosa común como N.N.

Hubo un cadáver en especial. El del paisa Arnubio Gómez, a quien tuvo que sepultar ella misma porque nunca llegó la familia. Yo lo trasladé hasta el cementerio y sobre su tumba sembré una mata de maracuyá , recuerda. Después de Arnubio ha enterrado a muchos otros, en días en los que noá está el sepulturero.

A Sonia le es difícil explicar el porqué de ese amor que siente por los muertos desde que preparó a Rafael Manjarrez y que ha ido creciendo. Solo sabe con certeza que su profesión le ha permitido levantar a sus siete hijos. Su tercera hija, Malka que estudia psicología, podría ser su reemplazo.

La muerte es la única que me hará retirar. Yo vivo por mis muertos y sin ellos me muero. Mientras esté viva quiero trabajar aquí , dice al tiempo que termina de delinearse sus cejas y pintarse los labios y expresa a manera de deseo para el día de su muerte: el primer día que tiren flores y vuelen palomas. Después que me cremen y lancen mis cenizas a la plaza Garibaldi en México. Y eso sí, que hagan fiesta y que nadie llore .

FOTO EL PADRE DE SONIA era el celador del cementerio. Por eso, desde niña ha tenido trato directo con los muertos. Espera que su hija la reemplace en su puesto en la morgue.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
18 de septiembre de 2004
Autor
SANTIAGO BURGOS BOLAÑOS Corresponsal de EL TIEMPO

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