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LA CALLE DEL CARTUCHO, OFICINA DEL BAJO MUNDO

Es un mundo de miseria donde el cartón, el basuco y la marihuana lo son todo. Viven en carros de balineras o en la calle. Comen una mezcla de sobras que una mujer vende a 200 pesos a la que llaman combinado. Impera la ley del más fuerte. La carrera once es un sector vedado hasta para ñeros y cartoneros en la madrugada. Allí se congrega el hampa del bajo mundo, los colgadores.

En el día niños y adolescentes deambulan de un lado a otro bajo el efecto del pegante sintético. Lo compran por 50 o 100 pesos. Dicen que calma el hambre y el frío.

Los hombres, consumidos por la miseria, fuman interminablemente basuco recostados o tirados sobre las acercas. El ambiente asfixia. Los propietarios de bodegas calientan agua para arrojarla sobre los adictos en su afán por librarse del olor. La patria de los ñeros Son las 11 de la mañana del 16 de agosto. El Pibe , un delincuente criollo de origen caleño, aspira por segunda vez el cigarrillo Pielroja relleno con basuco. Y dice: A Mastrangelo lo mataron ayer en la once, por faltón, porque aquí uno debe andar derechito, ni pa un lado ni pa l otro, si no creen que uno está dando dedo (señalando o delatando), y tome... .

El Pibe , un desgarbado hombre de barba y una maraña de cabellos pegados al cuero por el mugre, cuenta así el último capítulo de la vida de Juan Guillermo Parra, uno de tantos cuya existencia pasó inadvertida en un mundo de cartón, marihuana, basuco y puñales.

Esa es la Calle del Cartucho en Santa Fe de Bogotá. Un universo de miseria, hambre y delincuencia que nace de la transversal 9 hacia el oriente, y se extiende por la carrera 12, hasta la calle 10a. (Ver recuadro).

En ese tramo de vía de olores fétidos, casas de ladrillo o adobe y bodegas de reciclaje con interiores húmedos y paredes pintadas de cal, viven hacinados más de cien cartoneros, colgadores (atracadores callejeros) y expendedores de basuco.

El Pibe , tirado sobre el fango que dejó la lluvia de la noche anterior, aspira por tercera vez el cigarrillo, retiene el humo en su pecho y continúa diciendo: Yo, surungo (basuco) casi no meto en el día, porque hay que estar entrando papel y botellas, y las doñas que vienen no gustan del olor. Pero aquí hay más de uno que anda asustado (drogado) todo el día .

Desde las 7 de la mañana, acurrucados, recostados o tirados sobre las paredes de las bodegas de almacenamiento, quince o veinte hombres harapientos, con mirada perdida y rostro demacrado, fuman interminablemente basuco.

El olor es tan penetrante que en ocasiones, como si se tratara de aves de rapiña, los propietarios de bodegas echan agua hirviendo a los adictos para alejarlos de las aceras.

Es un esfuerzo inútil porque allí, a diferencia de los fumaderos que existen en otras calles del sector, el consumo pierde el carácter clandestino, es normal. Los pegantosos Quienes manejan las bodegas se han acostumbrado al humo e, inclusive, saben que el dinero que pagan a El Pibe , al Conspirador y a otros por acomodar las cargas de papel y botellas termina en los bolsillos de las dos mujeres que en la Calle del Cartucho venden la droga.

Una papeleta de basuco vale allí 200 pesos. En el mercado negro de Santa Fe de Bogotá cuesta 500 pesos. Con la marihuana ocurre algo similar. La cantidad suficiente para drogarse durante un día se compra por 50 ó 100 pesos, mientras que en otros sitios de la ciudad vale 300.

Silenciosamente, estos vendedores se confunden entre la multitud de cartoneros en la esquina de la carrera 12 con transversal 9a. Su seguridad está a cargo de gamines, cartoneros y adictos que, ante una inusual visita policial, utilizan una palabra de alerta: Cagada! En otros sitios el comercio es más abierto. En la carrera once entre calles octava y novena se escuchan gritos de baretos, cuántos..? o cuántas de la bolsa? . Es el tenebroso mercado de la droga y también el principal medio de ingreso de quienes hacen parte de esa sociedad olvidada.

En esta zona una bolsa de basuco se compra fácilmente por 3.000 pesos. El comprador divide su contenido en pequeñas cantidades y las revende en la Calle del Cartucho y otros sitios.

El Pibe , que ya ha apagado el cigarrillo con saliva, cuenta: A las 6 voy por la bolsa. Si a uno le va bien, saca 7.000 lucas (pesos). Uno les vende a los que conoce o les regala a las amistades .

La otra cara de esta realidad la componen niños y adolescentes cuyo medio de subsistencia es el raponeo. Son adictos permanentes al pegante sintético, que mezclan generalmente con basuco o marihuana.

Los expendedores de pegante adquieren en el comercio un frasco en 1.000 pesos, y venden su contenido en pequeñas cantidades por 50 ó 100 pesos, en trozos de papel o en botellas. El negocio es lucrativo. Por cada envase ganan 3.000 pesos.

Son niños que ya perdieron toda esperanza. Les dicen los pegantosos porque inhalan durante todo el día los gases del pegante. Dicen que les calma el hambre y el frío. Lo consumen sin saber que en pocos años sus pulmones estarán totalmente destruidos.

En la carrera once, territorio vedado para cartoneros y gamines durante la madrugada por ser el sitio de reunión de los colgadores, está Casaloma, el principal expendio y fumadero de drogas.

Su entrada es un callejón oscuro y húmedo. Al final, un cuarto con piso de cemento sobre el que yacen siluetas de hombres jugando dados, ingiriendo pastillas o fumando basuco. Allí, el humo asfixia, y difícilmente se logra distinguir a una persona de otra. Algunos hombres sentados en el piso miran fijamente la pared, corroída por el tiempo, sin inmutarse por lo que ocurre.

En ese comercio clandestino la complicidad oficial es evidente. El Pibe , que ha vuelto a encender el cigarrillo, señala con la mirada a un hombre impecablemente vestido con chaqueta de pana verde y pantalón de paño del mismo color, y afirma: El cree que no sabemos, pero es un gato (agente del F-2), y es el marido de la que vende surungo .

Pero no es el único. Todos los días, a las 4 de la tarde, llegan dos hombres, reconocidos por los habitantes del Cartucho, como agentes del F-2, en busca de los vendedores. Vienen por el impuesto . Cada expendedor de droga paga una cuota de 2.000 pesos diarios.

Enterado de lo que allí ocurre a diario, el comandante de la Policía Metropolitana, general Fabio Campos Silva, prometió adelantar una investigación para identificar a quienes realizan esta actividad. Sobras y papel Ante la proliferación de vendedores es casi imposible identificarlos. Porque quienes dependen de la carga o venta de cartón, archivo (papel blanco) y botellas, complementan sus ingresos con el basuco y la marihuana.

En ocasiones los cartoneros hacen las veces de enlaces entre las ollas y los compradores que prefieren evitar ser conocidos allí. Eso también tiene un precio, porque quien hace el favor saca un porcentaje en dinero y droga, y entrega finalmente al adicto una parte.

La venta de cartón es uno de los medios para sobrevivir. El archivo es considerado como una joya en bruto. Lo pagan a sesenta pesos el kilo dice El Pibe , que ahora fuma otro cigarrillo y una paca de papel a 300, la botella, si es de champaña, vale 700, y si es de aguardiente, 30 .

Quienes ruedan con mejor suerte tienen un carro de balineras que alquilan en 100 ó 500 pesos por un día. Para ellos, ese es su único capital. Un vehículo de este tipo vale 7.000 pesos.

Generalmente las grandes bodegas entregan a los cartoneros carros en préstamo para su propio beneficio, y pagan un sueldo diario de 100 pesos al recolector. En el sector existen treinta bodegas de almacenamiento. Si una botella vale 700 cuenta El Pibe un camionado llega casi al melón (un millón de pesos). Eso es un negocio .

También prolifera la venta de objetos robados y herramientas corroídas por el óxido en más de un centenar de locales incrustados en las paredes de las viviendas del Cartucho.

Cuando el hambre es insoportable, acuden a la calle novena con carrera 13. Una mujer, Doña María , vende combinado, una mezcla recalentada de sobrantes de comida que la noche anterior ha recolectado en los restaurantes del centro de la capital.

Vale 200 pesos. Trae de todo: Arroz, lentejas... pero es que el hambre es tenaz, pero hoy me trajeron mis presas de pollo . El Pibe , al abrir la bolsa negra repleta de huesos de color verduzco y pequeños insectos, dice es que Dios lo cuida a uno .

Ese es el mundo del Cartucho, una sociedad que crea hombres como Gabriel, El Monstruo , muerto el agosto de 1990 por un desconocido que le hizo cinco disparos. El dice El Pibe era la ley aquí. Se había llevado a más de uno, completó la docena de muertos a la espalda .

Un pequeño corredor de Santa Fe de Bogotá que resume en el grafito pintado burdamente sobre la pared blanca de una bodega de la carrera 12 lo que es: La patria de los ñeros . A Dios rogando y...

Cada miércoles la Policía Metropolitana va en compañía de una mujer al Cartucho con un furgón de esa institución. Los habitantes que duermen en los carros de balineras, donde además tienen ocasionales relaciones con mujeres de la calle, se despiertan y corren despavoridos para salvarse de lo que siempre creen, es una redada.

Esta vez no. La carga del furgón la componen seis cantinas con aguadepanela, pan y chocolate. También zapatos, camisas y abrigos viejos recolectados por esa mujer que desde hace años encuentra en ese lugar una oportunidad de redimir por momentos a quienes nada tienen.

El furgón se parquea sobre la doce y a gritos los agentes, los mismos que llegan en noches de frío a barrer la zona de delincuentes, llaman a esos hombres consumidos por la miseria para repartir lo que llevan. La fila se hace interminable.

Para ellos es también la única oportunidad de gritar cuántos golpes y atropellos llevan quienes, en ocasiones, llegan al Cartucho y sin clemencia golpean a quienes sufren la miseria de pertenecer al lumpen de la sociedad.

Entonces se escuchan esas voces: mi agente, mire cómo me dejaron ustedes por estar por ahí , que viva la Policía o mi teniente, mire que al chino se lo llevaron anoche. Usted sabe dónde está? Ñero por 8 horas Creo que el celador del edificio pensó que me había vuelto loco, abrió sus ojos y me miró con la boca abierta sin pronunciar palabra. En el descenso había encontrado a una pareja. Logré escuchar: Ay, un loco .

Entonces deduje que estaba dando resultado y resté temores a la advertencia de la noche del 14 de agosto, cuando estuvimos en el Cartucho con la Policía: véngase así como nosotros, si no... .

La idea era parecerme hasta en lo más mínimo. Tomé un viejo saco de paño gris y limpié el apartamento para dar la sensación de suciedad. Varias cajas de betún de tono morado, negro y café sirvieron para las manchas. Luego lo sumergí en una bolsa de basura y así adquirió el olor. A la camisa le arranqué parte del bolsillo y cuatro botones; quedó uno.

Al pantalón le quité un trozo de tela de la parte inferior de la manga derecha y zafé el botón de la cintura, tomé una cabuya y lo sujeté.

El betún también sirvió para el maquillaje del rostro y la apariencia de pegajosidad y grasa al cabello. Fuí al parque de la calle 26 con carrera 7a.

Allí empecé a revolcarme. La tierra sobre el rostro completó la tarea.

Bajé por la calle 26 hasta la Avenida Caracas. Las mujeres que me veían cambiaban de acera o tomaban con fuerza sus bolsos.

La herida accidental en un dedo dio otro nuevo elemento: la sangre mezclada con la tierra en la mano.

Quise entrar en una cafetería de la calle 23 con Avenida Caracas, pero no pude. El dueño gritó: hp. salga de aquí, aquí no viene a joder .

El miedo se fue disipando cuando un andrajoso hombre se acercó y dijo: Usted qué le pasó, si ve cómo lo tiene ese hp. basuco. Vuélvase pa su casa, usted todavía tiene facciones... .

Aún así, disfrazado, me llevé el peor susto cuando un hombre de ojos azules sacó un gran cuchillo y preguntó: Y éste en qué película trabaja?. Sin quitarme los ojos de encima clavó con fuerza el puñal en un carro de balineras y se fue.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
2 de septiembre de 1991
Autor
MILLER RUBIO

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