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CACHACOS, BICHOS RAROS

Para venir a Medellín a hablar de cachacos me asaltó una duda: debía hacerlo de corbata? Porque, claro, la gente me critica que yo vivo de corbata. El otro día hasta me preguntaron si jugaba golf de corbata. Como no juego golf, queda abierta la duda de si lo haría con ella o sin ella. Pero según lo veremos, ponerse corbata es propio del perfil de un cachaco. Según el diccionario de la Academia, cachaco es un hombre joven, esencialmente elegante y caballeroso. En Ecuador y Venezuela, lechuguino y petimetre . Eso quiere decir que el origen de la palabra es despectivo, tiene una connotación peyorativa. Cachacoi no fue una palabra que nació para expresar lo que más tarde fue el cachaco, sino para describir a un tipito ahí, como tinieblo . En 1833 El Cachaco era un periódico de don Florentino González, personaje que como bien se sabe terminó casado con una de las hermanas Ibáñez, y que terminó señalado como uno de los conspiradores contra El Libertador: una interpretación no amab

Para venir a Medellín a hablar de cachacos me asaltó una duda: debía hacerlo de corbata? Porque, claro, la gente me critica que yo vivo de corbata. El otro día hasta me preguntaron si jugaba golf de corbata. Como no juego golf, queda abierta la duda de si lo haría con ella o sin ella. Pero según lo veremos, ponerse corbata es propio del perfil de un cachaco. Según el diccionario de la Academia, cachaco es un hombre joven, esencialmente elegante y caballeroso. En Ecuador y Venezuela, lechuguino y petimetre . Eso quiere decir que el origen de la palabra es despectivo, tiene una connotación peyorativa.

Cachacoi no fue una palabra que nació para expresar lo que más tarde fue el cachaco, sino para describir a un tipito ahí, como tinieblo . En 1833 El Cachaco era un periódico de don Florentino González, personaje que como bien se sabe terminó casado con una de las hermanas Ibáñez, y que terminó señalado como uno de los conspiradores contra El Libertador: una interpretación no amable del cachaco. Don Rufino José Cuervo habló de que el cachaco era un desaliñado en el vestido. En Chile, cachaco quiere decir cursi, y en Perú agente de policía. Y en Colombia, hoy cachaco es la gente que no es de la Costa. Todos los demás colombianos somos cachacos: cuando un antioqueño, o un caleño, o un boyacense, va a Barranquilla, a Cartagena o a Santa Marta y está en vestido de baño, simplemente se dice: ese tipo es un cachaco , o esa señora es una cachaca .

Pero ser cachaco no es simplemente una manera de comportarse. Es una manera de sentir la vida, una actitud de vida. Por eso no interesa ni su lugar de nacimiento ni su condición económica. El principal ejemplo de ello fue ese cachaco por excelencia que era José Asunción Silva. Cuando estaba en la ruina, no sabemos... (o sí sabemos, porque hay una relación total entre el final de Silva y su situación económica, a eso le han metido una telenovela: de si era o no un enamorado de su hermana, y otro poco de cosas falsas). El tipo lo que estaba era quebrado. Y no sé si a ustedes les pasa: a uno le preguntan que cómo le va, y si uno contesta que... asiiiii, eso es que está mal de plata. Olvídense: no hay pierde.

El cachaco es un Quijote. Y la referencia es afortunada porque recientemente uno de los nuestros, Alvaro Mutis, recibió el Premio Cervantes. A las personas que han leído El Quijote les cuesta mucho trabajo no enamorarse de él. Les cuesta mucho trabajo creer que no existió. Para uno es más real el Quijote que su autor, don Miguel de Cervantes Saavedra. A tal punto de que el Libertador, cuando estaba muriendo, le dijo a su médico: Cuáles han sido los grandes pendejos que ha habido en la historia? El médico, aterrado, le dijo que no sabía. Bolívar le respondió: Son tres: el Quijote, Jesucristo, y yo . Esta anécdota lo que demuestra es que Bolívar le dio vida al Quijote, como se la dieron otros personajes de la literatura colombiana: el Maestro Guillermo Valencia sostuvo que El Quijote estaba enterrado en Popayán. Y yo creo que sí está enterrado en Popayán. Y el poeta Maya también dijo que El Quijote había venido a Bogotá, pero que le había parecido frondio , por lo que siguió hacia Popayán, y ahí están los restos de El Quijote.

El concepto del cachaco nace en Bogotá, pero no necesariamente el cachaco es bogotano. Para ser cachaco se necesita merecerlo. Laureano García Ortiz, escritor importante del siglo XIX, decía que los típicos cachacos habían sido Santander y Nariño, pero la cachaquez , que es, digamos, el adjetivo, había venido desde mucho antes de las épocas de la independencia. Es clarísimo que el cachaco no nace en Bogotá. Tiene que haber venido de España, aunque allí el término no existía. Algunas personas pueden decir que Gonzalo Jiménez de Quesada era un cachaco, pero leyendo el mejor libro de historia colombiana que se ha escrito hasta hoy, que son Los conflictos socioeconómicos de nuestra historia, de Indalecio Liévano Aguirre, encuentra uno que la oligarquía en su término más despectivo nace con Jiménez de Quesada. Por eso no es válido, ni facilita para la definición del término, que uno identifique a Jiménez de Quesada como un cachaco, así sea por el aspecto puramente político. Porque Jiménez se convirtió en un riquito antipático que trataba mal a los antepasados chibchas y eso al rey de España no le gustaba. Porque lejos de lo que se ha sostenido, si había alguien defensor de los intereses nacionales era el rey. Pero, naturalmente, como pasa con los políticos, los conquistadores eran unos malos intérpretes de la voluntad del Rey, y por eso se produjo esa enorme bronca que condujo a la independencia.

Pero sí es verdad que el de cachaco era un concepto que tenía que venir de España, porque esencialmente describe a una persona culta. Por eso tiene razón Laureano García Ortiz al decir que los primeros cachacos eran Nariño y Santander, hombres absolutamente cultos. Uno totalmente afrancesado, lo que le costó su desgracia: toman preso a Nariño. Cómo fue su vinculación con los Derechos del Hombre ? Simplemente los leyó y después empezó a traducirlos. Santander era, independientemente de su actividad política, un hombre de leyes, un abogado, al punto de que se acuñó con el tiempo el término santanderista para calificar un exceso de juridicidad en algunos casos que va a la forma y no al fondo. Según sus biógrafos, Santander era un hombre galante, muy acosador. Hubo mucha señora importante con la que mantuvo relaciones muy cercanas, nadie menos que una de las Ibáñez, lo que le costó a uno de los presidentes de Colombia que casi lo boten por un balcón porque Santander lo encontró allí en una situación muy comprometedora. (Este episodio lo relata el doctor Alfonso López Michelsen en un libro en el que es mejor el prólogo que su contenido, como suele suceder cuando López prologa los libros. Prólogo de López Michelsen sobre un libro de Fulano de Tal , rezaba la publicidad de alguno de ellos).

Pero concretamente de Santander se decía que era un cachaco porque tuvo muchas aventuras amorosas y jamás quiso referirse a ellas. El cachaco nunca habla de sus aventuras amorosas. Cualquier gesto de jactancia sobre esas conquistas es fatalmente visto, horroroso, frondio. En cualquier caso, Nariño y Santander eran unos señorones . El cachaco es un hombre culto, un intelectual, y su cultura es de origen europeo: hasta el 9 de abril Bogotá fue absolutamente afrancesada. En los colegios se enseñaba francés y los hombres cultos hablaban francés, y eso tiene mucha importancia. Presidentes de Colombia fueron profesores de francés: Don Santiago Pérez, Don Manuel Marroquín y Carlos E. Restrepo. Don Antonio José Restrepo les decía a sus amigos: Miren, cuando ustedes estén escribiendo algo, y no les quede bien, tradúzcanlo al francés. Y del francés, devuélvanla al castellano, porque el francés nunca es confuso . Hasta la medicina de la época era totalmente en francés.

Lamparazos y tertulias.

Había en la época en Bogotá unas tiendas en las que se bebía maravillosamente. ( Lamparazos ). Los sitios de encuentro del cachaco eran importantísimos, porque todo cachaco necesitaba tertulia, y era en ella en la que la gente se enteraba de las noticias. Eran los diplomáticos, y la gente culta, que llegaban a contar sobre la guerra... Y fue entonces cuando la ciudad se dividió entre franceses y alemanes, y eso fue complicado. Pero la tertulia era, indudablemente, la actividad favorita de los cachacos. Después de la tertulia vinieron los cafés y los clubes. En ningún caso importaba la condición social del sitio... el cachaco sabía ser cachaco, sin importar siquiera que el sitio fuera non sancto.

Lo que sí era fundamental era la forma de vestirse, y de ahí mi duda de si venía a esta tertulia con corbata o sin corbata. Otro elemento imprescindible era el paraguas: cachaco sin paraguas no era cachaco. Uno veía a la gente caminar con paraguas... e inmediatamente se podía determinar su procedencia. Porque había unos no cachacos que intentaban manejarlo a lo cachaco y se pegaban las enredadas más terribles con el paraguas. Por cuestiones de la historia, Klim llamaba a mi padre el señor del paraguas , porque existe una foto en la que aparece resguardando de un aguacero con un paraguas al doctor Laureano Gómez el día de su exilio. Pero en fin: no se necesitaba que lloviera para que el cachaco usara paraguas. Era un elemento que se llevaba permanentemente, como un bastón. El que no lo usa con cotidianidad lo deja olvidado en cualquier parte.

Otra prenda imprescindible del cachaco era el chaleco, sobre todo el volteado. También llevaba calzonarias, pero los italianos acabaron con ellas porque empezaron a hacer pantalones distintos a los ingleses: los italianos los usaban más abajo... los pantalones, se entiende. Y en cuanto al sombrero, si uno mira las fotografías del 9 de abril, todo el mundo era de sombrero, casi todos importados. El sombrero se utilizó hasta los 50, mientras el chaleco se mantuvo hasta mucho tiempo después. Y el abrigo, claro, inglés. No llevar abrigo era grave.

Hay incluso un cuento muy divertido de don Rafael Núñez. El vivió en Liverpool con una señora muy atractiva, porque siempre se rodeaba de mujeres atractivas, aunque esta de nuestra historia fue muy fugaz. Pues un cachaco se lo encontró una vez en Liverpool y, acercándose, le dijo: Don Rafael, usted que es un personaje tan importante, cómo se va a poner ese sobretodo? . Y Núñez le dijo: Mijito, no se preocupe que aquí en Liverpool nadie sabe quién soy yo . Pasó el tiempo. Y don Rafael, ya de Presidente, volvió a toparse con el mismo personaje, quien le dijo: Don Rafael, todavía con el mismo sobretodo ? A lo que Núñez respondió: Mijito, no se preocupe que aquí todo el mundo sabe quién soy yo... .

El hecho es que el sobretodo tenía que ser de paño inglés. El cachaco siempre estaba de punta en blanco. O en negro, porque todos los hombres se vestían de negro. Porque curiosamente los cachacos son hombres, lo que es uno de los defectos del concepto; cachacas no se usa sino en el sentido que se le da hoy, que es cuando un costeño encuentra a una mujer en tierra caliente en vestido de baño sin el color correspondiente le dice: cachaca! El clima es otro factor: porque en la conformación del bogotano estaba lo del paraguas ya que en Bogotá se la pasaba lloviendo... Ustedes incluso recordarán la descripción que hace García Márquez de su llegada a Bogotá... permanentemente lloviendo. Pero, sobre todo, los días eran grises... Es deliciosa la sabana con sol, pero la Bogotá de los cachacos era excepcionalmente con sol y generalmente lluviosa.

El chiste.

Y entramos a otro punto que describe la personalidad del cachaco: la gracia repentista bogotana. Debe distinguirse entre dos cosas que son bien distintas: una cosa es echar chistes con gracia, y otra es el humor no preparado. Con el tiempo, esos episodios de humor se convirtieron en anécdotas. Quizás ustedes conozcan el cuento del socio, señor bogotano de apellido Urrutia (prototipo del clásico cachaco), saliendo del Jockey Club. Y hay un señor asediándolo para hablarle, para hacer uso de su condición de allegado. Urrutia trata todo el tiempo de sacarle el cuerpo, hasta que ambos paran en un semáforo, y el señor le pita: Qué tal. No se acuerda de mí? Eramos de la misma clase... , y le responde Urrutia: Usted querrá decir del mismo curso... . Y otra versión, esta vez de Alvaro Gómez. Una vez le preguntaron que si Lucio Pabón era compañero suyo. A lo que Gómez respondió: Bueno, éramos como treinta... .

Y así hay un montón de episodios que sirven para ilustrar el humor bogotano, que es distinto del chiste. Es picante e improvisado. Un famoso bogotano, aún vivo, es un diplomático que se llama Hernán Tovar, que es el ejemplo perfecto. Era funcionario del Banco de Bogotá y el doctor Jorge Mejía era el presidente, y convocaba a sus funcionarios a comités a las 6 de la mañana, y que Tovar denominaba Comité de la aurora . Siempre llegaba tarde, chorreando agua por las orejas. Mejía, desesperado, le dijo un día: Hernán, usted va a llegar tarde hasta a su propio entierro! . A lo que Tovar le respondió de inmediato: Jorge, pero al tuyo voy a llegar de primero . Siendo funcionario de la Cancillería cuando Pastrana Misael- era Presidente y Tovar era jefe de protocolo, un día se la amarró y no fue a trabajar. Por la noche, sus compañeros se lo encontraron en el bar Chispas del Tequendama tomándose su lamparazo y le dijeron: Hombre, Pastrana lo ha estado buscando todo el día. Cuídese porque si lo encuentra, le va a decir hasta misa! . Y respondió Tovar: Bueno, si él me dice misa, yo le digo Misa...el .

En general, el calambur es un tema muy bogotano. No es vulgar. Y es una lástima que el humor colombiano esté trasladándose cada vez más a la vulgaridad. En algunas ocasiones, el humor requiere palabras que son fuertes, pero el cachaco sabe decirlas en el momento apropiado, y esa es otra característica del humor bogotano.

El cachaco es noble, pero no de rango. No es una aristocracia de la sangre sino de la inteligencia. Como lo dijimos atrás, son ejemplares del cachaco Nariño y Santander; después Vergara y Vergara, Marroquín, Silva y recientemente pues unos cercanos bogotanos como Alfonso López, al que eso de la cachaquería no le gusta. Siempre saca su origen costeño. Le gusta decir que él es Pumarejo y que su papá era del Tolima. Pero en varias cosas es muy cachaco, muy afrancesado, se educó en francés y sabe, como nadie, poesía francesa. Y es un calamburista muy ingenioso. Gran parte de sus frases tienen una cachaquería por ahí, pero a él le gusta esconderla. Habla mucho de vallenato, se la pasa dictando conferencias sobre el tema, pero en privado habla mal de los vallenatos. No porque no le gusten, sino porque a él le parece que esa no es su especialidad.

La cachaquería está llena de aventura, y de ahí viene lo quijotesco del cachaco. Le apasionan las causas perdidas, los sueños imposibles, y todo eso es a lo cervantino, con hidalguía. Por eso, decir que alguien es cachaco porque se viste a lo cachaco es una caricatura. El término corresponde realmente a condiciones de nobleza y de elegancia de maneras en una persona. Ese es el cachaco histórico, Nariño, Santander, que pinta Laureano García Ortiz, del cachaco que hizo literatura, que participó en la jornada de la independencia: Ricaurte en san Mateo, por ejemplo. Un cachacazo! Cachacos célebres hay muchos que registra la historia: el Grupo de los Trece, el Mosaico, la Gruta Simbólica, Julio Flórez, toda una época llena de repentismo maravilloso, de gran bohemia, mucho trago... Pero sucede lo que inexorablemente pasa con todas las cosas buenas, como dice una canción que interpreta con maestría Patricia González: todo lo que principia, termina... .

Y esa es la realidad: los cachacos se acabaron. En Bogotá ya no hace frío. Muchas veces uno tiene que quitarse el saco, lo que es horroroso. Por ejemplo, los candidatos se quitan el saco para que en la televisión parezca que están trabajando... horroroso. Los cafés desaparecieron. La transformación de la ciudad, que nos permite felizmente hoy estar más cerca de las estrellas, nos obligó primero a pasar un mal rato. Porque antes de tener lo que hoy tenemos, el TransMilenio y una nueva cultura ciudadana, los bogotanos ya habían desaparecido. A Bogotá se la tomó el resto del país, para bien; faltaba más que pudiéramos protestar contra eso. Como contaba Belisario Betancur de su pueblo Amagá: que un día el cura, preocupado porque iba a llegar el ferrocarril y el pueblo se les iba a llenar de prostitutas, inició una campaña pro-contra el ferrocarril . Pero los bogotanos no podemos estar pro-contra del progreso que significa el crecimiento de una ciudad que no es de unos pocos. Pero al mismo tiempo, la inseguridad impide que haya cachacos. El cachaco era borracho y se quedaba, no pocas veces dormido, en cuanta tienda había en el camino. Y eso, unido a que el desarrollo del transporte aéreo hubiera acercado al resto del país con Bogotá, hizo que la ciudad desapareciera como tierra de cachacos.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
9 de junio de 2002
Autor
Alberto Casas Santamaría

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