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AVENTURA EN EL AMAZONAS

Nace en los altos picos helados de los Andes, cerca del oceáno Pacífico, desciende cristalino y tímido a través de las empinadas laderas andinas y se transforma lentamente a medida que avanza, hasta convertirse en el imponente río Amazonas. Ninguno lo iguala, muy pocos lo conocen, atraviesa la jungla más grande del mundo, tierra de misterio, de secretos, que evoca las grandes aventuras de quienes se han atrevido a recorrerlo, de su descubridor Fernando de Orellana, aquel intrépido e indomable aventurero español que llegó a él desde el Napo peruano, buscando una salida a su desesperación, en el siglo de la Conquista, de Lope de Aguirre, el alucinado conquistador, primer europeo arrebatado por el vértigo de la rebeldía y la violencia de las inéditas tierras del Nuevo Mundo y, finalmente, de Jacques Cousteau, un moderno aventurero quien con su sofisticado equipo humano, su Calypso, el minisub y su intrepidez, redescubrió la exuberancia de una flora y una fauna que habrían enloquecido a

Río que atraviesa tres países que tienen en común su frontera y su selva milenaria.

Nuestra primera gran población se llama Leticia -nombre de mujer que solitaria vive en el corazón de la selva- quizás tímida e intocable, pero también osada y temeraria sobreviviente en las profundidades de ese lejano mundo. En este confín de nuestra geografía se inicia hoy nuestro recorrido. A la orilla del gran río Amazonas surgió esta ciudad que por sus características condensa toda la magnificencia y exuberancia del trópico, pero también contiene los males de nuestra época post-moderna. Ciudad que comparte la vecindad con una simpática población brasilera -Tabatinga-, separadas tan solo por una invisible frontera y por la graciosa combinación de sus idiomas. En el muelle, que perezoso penetra en el gran río, decidí hacer el recorrido caudal arriba. El primer punto de llegada fue la Isla de los Micos, reino de unos pequeños simios que, con su algarabía y amistad, me condujeron a su mundo surrealista. A través de esa gran extensión de agua y penetrando por un largo caño llegamos al asentamiento de los indios Yaguas. Viejos habitantes de la selva y poseedores de sus secretos. A lo largo del recorrido, grandes barcos de vapor, antiguos y magníficos, al cruzar con nuestra pequeña embarcación, nos saludaron haciendo ulular su vieja sirena. Inician su viaje en Iquitos y remontan el río hasta Benjamín Constant, tres o cuatro días de desplazamiento trasportando toda suerte de carga y de ilusión. Avanzando, se divisa un poblado diseñado como para ilustrar un libro infantil, es Puerto Nariño, con sus empinadas callecitas, con el colorido de sus viviendas, con una gran bandera colombiana que ondea orgullosa mecida con el viento, que empuja los barcos peruanos cargados de atún; con una pequeña capilla que desde una empinada cumbre vigila al poblado. Cerca de esta población, navegando debajo de la enmarañada vegetación de lianas y bejucos que conforman un larguísimo caño, se encuentra el lago encantado de Tarapoto, cristalino, inmóvil, con el cielo azul y los grandes árboles que lo rodean reflejados como en un espejo eterno.

Nadie podría creer que allí, bajo la paz de sus aguas, vive y se cría el más temible de los peces, el Caribe o Piraña, protagonista de una aventura de terror: la última que un joven llegado de Bogotá tuvo en su corto existir. Por osadía o por falta de información penetró allí para un baño de placer en sus tranquilas aguas; de él, las autoridades de Puerto Nariño, tan solo rescataron un limpio esqueleto adornado con piel en las palmas de las manos y en las plantas de los pies. Ese fue el precio que la selva le cobró al arrojo que lo llevó a penetrar en sus entrañas. Extensión infinita de selva y agua, cuyos habitantes y primitivos pobladores han explotado desde tiempos inmemoriales; el caucho, leche blanca que manchada con la sangre de quienes dejaron su vida en la explotación dio origen a la famosa Vorágine de José Eustasio Rivera, producto que dio paso en las famosas chagras (fincas) al cultivo de la hoja de coca, único producto que sobrevive milagrosamente en ese medio agreste. Ambiente, refugio de cientos de miles de clases de aves, de exótica fauna, de peces, del delfín rosado, único en su género, del legendario manatí, de la flora más abundante y variada -que existió quizás tan solo en el paraíso- zona de la tierra atravesada por el río más caudaloso del mundo que le da su nombre a esa área y que va a desembocar en el Oceáno Atlántico, después de miles de kilómetros de intenso viaje, lo hace para brindar el más grande espectáculo que ser humano alguno pueda imaginar; a lo ancho de seis kilómetros vuelca sus aguas tormentosas en el mar, que a lo largo de cientos de metros luchan, en una lucha sin fin por unir su agua dulce con la salobre del mar. Pero mientras esto sucede en la desembocadura, los picos helados de nieve de la Cordillera de los Andes continúan su deshielo, para permitir así que la historia jamás tenga término.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
11 de junio de 1992
Autor
Clara Valencia Linares

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