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LA POBREZA DE LOS QUINDIANOS EN SUIZA

Los sótanos de los edificios abandonados son la vivienda perfecta. En cada uno se acomodan hasta siete personas que comparten una estufa, un comedor, un televisor y un cuarto, cuyo piso se cubre con tablas para improvisar una ducha sin desague.

Los sótanos de los edificios abandonados son la vivienda perfecta. En cada uno se acomodan hasta siete personas que comparten una estufa, un comedor, un televisor y un cuarto, cuyo piso se cubre con tablas para improvisar una ducha sin desague.

La vida laboral no es mejor. Los habitantes de estas cavas se ocupan en empresas de mudanzas, casas de familia, como pintores de fachadas, jardineros, auxiliares de cocina, camareros en hoteles y niñeros o acompañantes de ancianos. El campo también ofrece opciones para recolectores de uvas u otras frutas dependiendo la estación.

Por esos oficios reciben poco menos de un millón de pesos al mes. Más de la mitad del dinero se destina a la alimentación (en la que poco figura la carne), arriendo, pago de energía. No es necesario comprar ropa, pues hay quienes regalan sus prendas casi nuevas. Lo que sobra se consigna en un giro mensual obligado.

En las calles siempre hay que estar atentos para no ser descubiertos por la Policía. La autoridad acecha en cualquier lugar: paraderos de buses, calles, mercados, parques y hasta bares. Allí pueden ser descubiertos como ilegales y, de inmediato, ser devueltos a su país de origen.

Todo eso, aunque parezca extraño, sucede en Suiza. El país que hoy posee una moderna, estable y próspera economía, con una renta per cápita del 10 por ciento del PIB por encima de las grandes potencias de Europa Occidental.

Hasta este lugar, más conocido por sus Alpes, finanzas, relojes y tranquilidad, han llegado en los últimos cinco años más de seis mil colombianos, casi la mitad procedentes del Eje Cafetero. Todos buscan la oportunidad que miles de compatriotas encontraron en España, Francia o Alemania.

Ellos optaron por Suiza al considerar que el mundo laboral les abriría sus puertas sin mayores restricciones y que la persecución de las autoridades sería menos rigurosa. Sin embargo, la realidad los esperaba con un panorama tan desconocido como desolador.

Según recuerda Julio Hernando García, quien perteneció a una pequeña comunidad del municipio de Quimbaya asentada en la cuidad suiza de Lausana, muchos como él partieron con la ilusión de encontrar la oportunidad para trabajar y ahorrar algún dinero que les permitiera regresar a Colombia e instalar un negocio propio.

Pero al cabo de tres semanas de estancia en Lausana descubrió que no era tan fácil. Allí también el Gobierno decretó medidas de rigor para perseguir a emigrantes ilegales y deportarlos en cualquier momento.

Todo el tiempo teníamos que estar escondidos , dice. La persecución se aplica en los lugares de trabajo, calles, y bares como el Sport Palace, un lugar con sabor latino donde se presentó Darío Gómez, el Rey del despecho , quien con sus canciones alivió por momentos el frío y la nostalgia.

Julio Hernando regresó hace dos meses, luego de ser descubierto por la Policía en una calle muy cerca a la sede de la Organización Internacional Caritas, encargada de asistir a los emigrantes y trabajadores ilegales en Suiza.

A Julio le dieron cuatro días para salir y, desde entonces, recorre oficinas estatales y de organismos humanitarios en Armenia y Bogotá en busca de apoyo al movimiento para la protección de los derechos de colombianos ilegales que permanecen en Suiza.

Precisamente el viernes pasado organizó una marcha en Bogotá y coordinó movilizaciones de colombianos en algunas ciudades europeas, para solicitar al próximo Gobierno apoyo y más atención para quienes parten con la esperanza de un futuro mejor.

Hoy, presa del drama del desempleo en Colombia, Julio advierte que volvería a Suiza pero con papeles porque como ilegal sufrí mucho, estuve detenido y se vive como un indigente .

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
6 de agosto de 2002
Autor
MARGARITA ARTEAGA. CORRESPONSAL EL TIEMPO

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