URIBE Y SU EPITAFIO

URIBE Y SU EPITAFIO

Alvaro Uribe llegó al poder con algo más del cincuenta por ciento de los votos y hoy tiene el respaldo del setenta y cinco por ciento de la sociedad colombiana. Eso parece sencillo, pero no lo es. En un país como Colombia, hundido en medio de la violencia, la pobreza y el desempleo, lo predecible es el desencanto rápido de las multitudes, y en cuatro meses de gobierno es muy poco lo que puede haber cambiado el panorama nacional. Por ahora, a Uribe lo están juzgando por la imagen que proyecta y no por los resultados. Eso vendrá luego, de manera creciente, cuando al menos haya transcurrido un año de su mandato.

06 de diciembre 2002 , 12:00 a.m.

Hablemos, pues, de su imagen: qué han visto los colombianos en él? Varias facetas. Primero, a un gobernante capaz de formular una visión general de dónde está el país, a dónde hay que llevarlo y a qué ritmo. Uribe sabe establecer las prioridades y su diagnóstico coincide con el de la mayoría de sus compatriotas: la tarea más urgente es eliminar la violencia. Si el Estado no recupera el control del territorio y el monopolio de la fuerza, y si no se somete a la sociedad al imperio de la ley, el resto de los problemas carecen de solución.

En segundo lugar, es imprescindible crear un clima económico en el que puedan generarse miles de pequeñas y medianas empresas capaces de aliviar el desempleo y multiplicar la riqueza. Uribe sabe suficiente economía para entender que el Estado colombiano no puede acabar con la pobreza. Esa gigantesca hazaña tiene que realizarla la sociedad civil. Pero Uribe también sabe que lo que sí puede lograrse desde la casa de gobierno es crear las condiciones para que ese fenómeno sea posible. El Gobierno no puede sustituir al mercado, pero puede potenciarlo (o destruirlo) en el terreno moral y educativo, fomentando el capital cívico y el capital humano sobre los que se asienta el desarrollo sostenido.

Qué más han visto los colombianos en Uribe? Han visto el método. Se le percibe como un hombre honrado al que no lo tienta el dinero, febrilmente enérgico, serio, que toma sus decisiones con firmeza. No obtiene su recompensa emocional esa remuneración biológica que explica los sacrificios y los extraños afanes del bicho humano bajo los reflectores ni en el boato, sino en vencer las adversidades.

Ahí radica su definición de alcanzar la gloria. No parece sentirse cómodo en las grandes ceremonias protocolares, sino en las reuniones de trabajo, sin corbata, escuchando o proponiendo políticas públicas eminentemente prácticas. Nunca le he escuchado y esta es una pregunta clave que debe hacérseles a todos los políticos qué epitafio le gustaría que se colocase sobre su tumba, pero me figuro que su respuesta pudiera decir algo así: Presidente de Colombia que pacificó el país, lo estabilizó en el terreno político y consiguió encaminarlo en la dirección de la prosperidad creciente .

El problema radica en que ni Uribe ni nadie puede solucionar los infinitos problemas de Colombia en el corto turno presidencial que autoriza la Constitución del país. Cuatro años, sin posibilidades de reelección, es un periodo muy corto. Pero a eso se añade un elemento que agrava la situación: Uribe no llegó al poder al frente de un partido político que compartiera su visión o su método de gobierno. Llegó prácticamente solo, entre otras razones, porque la sociedad colombiana había perdido la fe en los dos viejos partidos tradicionales, el Liberal y el Conservador, e instintiva y simultáneamente desconfiaba de las propuestas de la izquierda vecina al populismo socialista.

Eso quiere decir que Uribe tiene que agregar otra urgente prioridad a sus tareas presidenciales: congregar a un grupo de colombianos capaces de recibir la autoridad y continuar la labor de gobierno. Y eso se llama, en buen castellano, crear un partido político, probablemente con los escombros todavía utilizables de lo mejor del liberalismo y del conservadurismo. El outsider, pues, tiene que renunciar a la identidad de francotirador que lo llevó al poder, y, sin abandonar el resto de sus labores, dedicarse a construir una institución política que le dé continuidad a su obra.

Nada conspira más contra el progreso que el sobresalto, la incertidumbre y la improvisación. Uribe tiene muy buenos ministros, como Fernando Londoño, el excelente jurista, por ejemplo, y ha sabido rodearse de gentes competentes para ser un gran Presidente, pero de muy poco va a servir su gobierno si al cabo de cuatro años no logra prolongar su obra. Esa es la gran paradoja de los outsiders: surgen al margen de las instituciones, o alzados contra ellas, pero sólo triunfan realmente cuando tienen el talento de construir otras instituciones capaces de sustituir las que ya perdieron el favor popular. Sólo así los outsiders tienen quienes luego puedan escribirles el epitafio soñado.

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