AMAPOLA, EL INFORME FINAL

AMAPOLA, EL INFORME FINAL

Desde 1987, en un proceso versátil y silencioso, los amos del mercado de la cocaína cimentaron las bases de una nueva infraestructura criminal que hoy tiene una traducción concreta y dramática en Colombia: 20 mil hectáreas cultivadas de amapola. Expresado en cifras: es la amenaza de una producción potencial anual de hasta 480 toneladas de látex, base para la producción de la morfina y la heroína.

25 de mayo de 1993, 05:00 am

El oscuro panorama que se deriva de esa proyección a pesar de los esfuerzos policíacos y la fumigación constante es la razón de ser del Primer Simposio latinoamericano sobre cultivo ilícito de amapola, con sede en Colombia.

Durante 72 horas, a partir de este 26 de mayo, expertos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Unicef, México, Guatemala y Colombia, y representantes de quince países, intentarán perfilar una respuesta eficaz a la nueva empresa criminal que han puesto en marcha los barones de la drogas.

La radiografía del fenómeno en Colombia es uno de los puntos de partida del encuentro, y una evidencia de que el hallazgo de tres millones de plantas de amapola, el último sábado, en el municipio de El Tablón González, en Nariño, es un átomo en una compleja realidad delictiva y social.

Estudios rigurosos preparados por el Ministerio de Justicia, la Dirección Nacional de Estupefacientes, la ONU y la Policía Antinarcóticos, confirman la advertencia que seis meses atrás consignó un informe interno de la DEA.

Si no son detenidos, los narcotraficantes colombianos estarán llamados a convertirse en participantes claves en el comercio mundial de la heroína en dos o cinco años (...) .

Las investigaciones realizadas por equipos científicos: auditores ambiantales, sociólogos y criminólogos, entre otros, evidencian que la historia de la amapola en Colombia es a la vez, y sobre todo, la historia de un país que marcha virtualmente a la retaguardia de un puñado de avezados criminales.

El origen de la compleja situación que confronta hoy el país es un mercado artificial de la heroína que los traficantes se encargaron de estructurar hace un quinquenio con la misma estrategia que se utilizó para garantizar los cultivos de coca en 1978.

En ese entonces, por kilo de cocaína, en San José del Guaviare y en el Caquetá, los traficantes pagaron 1.500.000 pesos y paulatinamente, a medida que se garantizó la oferta, llevaron el precio del kilo de coca a 60 mil pesos.

Ese dramático descenso coincidió con el nacimiento del nuevo esquema de diversificación y la aventura hacia la heroína.

En 1987 relatan los campesinos forasteros de origen urbano irrumpieron en las zonas de páramo, entre los 1.800 y los 3.200 metros sobre el nivel del mar, y ofrecieron semillas, técnificación agrícola para productos lícitos y 1.200.000 pesos a indígenas, labriegos y colonos, por un solo kilo de látex.

A la vez, en donde los campesinos se negaron a cultivar directamente, los forasteros instalaron colonos y cancelaron precios altos por el alquiler de pequeñas hectáreas.

Repentinamente, mientras recibían asesoría técnica de origen asiático y mexicano, indígenas y colonos llegaron a percibir hasta 5000 pesos por una jornada de trabajo, en zonas en las que hasta ahora un cultivo lícito sólo permitía pagar 2.200 pesos y contratar a un miembro de cada familia.

El espejismo de una nueva bonanza llegó inclusive a las regiones en donde aún se producía coca y en donde se pagaban jornales de 1000 pesos por raspar la hoja. Los traficantes envíaron el mensaje de salarios de cinco mil por rayar cáliz del fruto de la amapola.

A su vez, el precio de látex precursor de morfina y heroína se fijó en abril de 1991 en 1.200.000 pesos el kilo, en contraste con la estandarización de los precios del kilo de coca en 200.000 pesos.

A esa prometedora empresa que se abrió ante los ojos de campesinos y labriegos, los narcos imprimieron un ingrediente adicional: bonos o pagos en efectivos hasta de 400 mil pesos por hectárea virgen deforestadas y utilizada para el cultivo de entre 10 mil y 15 mil plantas.

Era un valor milimétricamente discriminado: 20 mil pesos para adquisición de semilla, 100 mil por el desmonte y la siembre en sí; 50 mil por la limpieza y cuidado posterior del terreno; 30 mil por el abono; 100 mil por fumigación; 20 para insecticidas, etc.

Los estimativos de los expertos demuestran que aún sumados el pago por kilo de látex y la cuota por deforestación (1.600.000 pesos en total), la inversión resultó ínfima pues frente a cada hectárea el mercado ilegal arrojó ganancias de hasta diez millones de pesos por una sola cosecha.

La lección la aprendieron pronto los antiguos planteros de la coca, que por hectárea producían los mismos siete u ocho kilos, pero solo recibían 1.600 mil y debían descontar 700,000 pesos por insumos y trabajo.

Esa bonanza ficticia creada por los potenciales traficantes de heroína explica la deforestación de 1.500 hectáreas de bosque primarios entre 1991 y 1992 y la expansión de los cultivos de 800 a veinte mil hectáreas en todo el país.

Un indicio adicional de lo ocurrido explican los expertos es el retorno a sus parcelas de millares de campesinos de Boyacá, Cundinamarca, Tolima y Huila, que en 1986 se apuntaron a la bonanza de la coca y emigraron hacia Caquetá, Guaviare y puntos diversos de los Llanos Orientales.

Regresaron pobres a las zonas de donde habían salido expulsados por la pobreza, ahora a volverse ricos , observa un estudio que reúne las experiencias del Ministerio de Justicia, la Dirección Nacional de Estupefacientes y la Policía Antinarcóticos.

De acuerdo con los expertos, el fenómeno del retorno es particularmente notorio en poblaciones que rodean el Nevado del Huila, el río Caguán, la provincia de Gutiérrez en el Sumapaz y en las regiones del sur del Tolima y el río Humilla.

Lo cierto, sin embargo, es que la realidad de la superproducción de Amapola tiene otro índice concreto y quizá más contundente: hoy, los jornales apenas son de 3.500 pesos diarios y el pago por kilo de látex se estabilizó en 350.000 pesos.

Expansión a vapor La realidad es que la creación de un mercado artificial cumplió con el objetivo perfilado por los traficantes: garantizar la abundancia.

Sólo entre abril 1991 y diciembre de 1992 la aparición de cultivos de amapola se diparó de 778 a 16.520 hectáreas (hoy bordean las veinte mil).

En Antioquia, que no había registrado siembra alguna, aparecieron 100 hectáreas; en Boyacá los cultivos se incrementaron de 90 a 300 hectáreas, y en el Caquetá, la amapola pasó de 100 hectáreas a ocupar, en el mismo lapso, doce meses, una extensión de 700 hectáreas.

Los índices son aún más reveladores en los departamentos de Cauca y Huila. Los cultivos se incrementaron, respectivamente, de 118 a 4000 hectáreas y de 450 a 3.800. En el Tolima la expansión condujo a un incremento de 65 a 5.500 hectáreas (ver recuadro).

En su inmensa mayoría esos cultivos están situados entre los 2.200 y los 2.800 metros sobre el nivel del mar, en áreas de montaña, en los bosques de niebla cercanos a los páramos.

Se trata de áreas que por su aislamiento y dificultades de acceso son prácticamente incontrolables , coinciden los expertos.

Otro aspecto de relievancia es que en zonas como la frontera alta entre Caquetá y Huila y en los páramos del departamento del Cauca, los cultivos de amapola se encuentran en la franja de tierras contigua a aquellas que constituyeron el límite climático para el cultivo de la hoja de coca.

Hoy la amapola se siembra en las zonas altas de las tres cordilleras, pero principalmente en la Cordillera Central. Las autoridades han identificado al menos cien municipios del centro del país donde han operado los cultivos de amapola.

Rasgos socioeconómicos Los esfuerzos oficiales por definir un perfil de las zonas que sirven de punto partida a los procesos de deforestación y que son episcentro de los cultivos han arrojado diversas variables.

Para empezar, se trata de zonas y municipios en los que el 80 por ciento de la población es de origen rural, con predominio de las pequeñas parcelas y el minifundio.

Ninguna familia, individualmente considerada, posee más de cinco hectáreas para su sostenimiento y, en general, se trata de predios heredados por siglos de una generación a otra.

Inclusive, principalmente en el sur del país, las tierras han sido un legado ancestral entre organizaciones indígenas y, en consecuencia, constituyen parte de sus resguardos.

Son zonas en las que antes una jornada de trabajo equivalía, como se dijo, a 2.200 pesos diarios y en las que se cultivaba trigo, papá, cebolla, fríjol, maíz, tomate, repollo y pancoger, en condiciones poco tecnificadas.

Falta de vías de acceso, cobertura virtualmente nula de servicios estatales y escasa población salvo por asentamientos de colonos e indígenas, son características de esas zonas.

Las autoridades han hallado cultivos en zonas aledañas a Cocorná en Antioquia y en tierras jurisdicción de Saboyá, Belén, Cucaita, Almeida, Guateque, Guayatá, Macanal, Berbeo, Miraflorés, Páez, Boavita, Panqueba y Soatá, en Boyacá.

Un fenómeno equivalente involucra a Riosucio, Aguadas, Nariño y Pácora, en Caldas; a Puerto Rico y San Vicente en Caquetá; y a Puracé, Silvia, Sotará, Totoró, Inzá, Páez, Almaguer, La Sierra y San Sebastián, en Cauca.

En total, hoy por hoy, municipios de doce departamentos: Meta, Huila, Nariño, Norte de Santander, Putumayo, Quindío, Risaralda, Santander, Tolima, Cundinamarca y Valle, entre otros, son eje de la expansión de la nueva industria proyectada por la mafia.

Socioeconomía Quizá el peor problema que confronta el Gobierno es que la amapola involucra a colonos, indígenas y campesinos, que en un sentido estricto son sólo carne de cañón de los traficantes.

En el norte del departamento de Nariño, el cultivo de la amapola opera como factor de una economía de subsistencia. En el Macizo colombiano y en el Nevado del Huila, los indígenas han integrado la amapola a la economía de su parcela. La siembran al rededor de la vivienda y al lado de papá, maíz, etc.

A su vez, en la Cordillera Occidental, regiones del Tambo y Argelia, en el departamento del Cauca, la amapola es un cultivo de colonización, en el que lo deforestado se convierte en vivienda. (RECUADROS MAC)