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VIENTOS DE GUERRA VERDE

Trece años de relativa tranquilidad, luego de casi dos décadas de una guerra que alcanzó a sumar 3.500 muertos, podrían estar en peligro en la llamada provincia de occidente, en el Boyacá esmeraldero.

En menos de cuatro meses, en el segundo semestre de este año, en esta región se han presentado 58 homicidios. Según reportes de la Policía entre el 4 de julio y el 31 de octubre hubo 22 muertes violentas en Muzo, 11 en Otanche, 5 en Maripí, una en Pauna, una en San Pablo de Borbur, una en Buenavista y una en Quípama. Y en la pacífica Chiquinquirá, capital tradicional de esta vasta zona, se presentaron 16 en el mismo lapso.

Para comprender la escalada de violencia que se aprecia en el último año, basta mirar que en esta última ciudad, en el mismo período del 2001, se produjeron apenas 5 homicidios, dos de ellos de mujeres, por evidentes causas pasionales, ajenas a cualquier conflicto esmeraldero, según datos de la Fiscalía.

A pesar de la contundencia de las cifras, alcaldes y dirigentes de los ocho municipios de la provincia se esfuerzan por tratar de demostrar que allí no está pasando nada, o por lo menos nada que altere los acuerdos de paz firmados en 1989 por los grandes barones de las esmeraldas que protagonizaron el más sangriento conflicto local del siglo XX en Colombia (ver nota anexa).

trasteos de Muertos Varios alcaldes insisten en que los asesinatos de las últimas semanas son los tradicionales crímenes de pasión de siempre en la provincia colombiana, por la explosiva mezcla de faldas y alcohol. Es evidente que el tema de las muertes los incomoda, como incomoda a la mayoría de habitantes de los pueblos afectados. Pocos quieren hablar de la posibilidad de que se esté gestando una nueva guerra de familias.

Yo pienso que eso es alarmista. Los muertos que se presentan en Muzo, que no creo que sean los que señalan las cifras, son casos aislados y productos de borracheras y celos , asegura Pablo Suavita, alcalde de esta localidad, uno de los epicentros de la guerra en la década de los 80.

Esos hechos nada tienen que ver con el proceso de paz, son problemas personales, por celos, intrafamiliares , añade.

El concejal Vitelmo Mendoza coincide con el Alcalde en que la mayoría de los cadáveres que aparecen en Muzo no son de allí. Nos traen cuerpos de otros departamentos y municipios. Han querido manchar, menoscabar este proceso que tenemos acá y que es ejemplo para el país , señala él.

Sin embargo hay hechos que contradicen las aseveraciones anteriores. Tanto en Maripí como en Muzo, Otanche y Borbur han asesinado a varias personas muy conocidas. El último crimen en Borbur, por ejemplo, fue contra Jorge Elí Alvarado, hermano del ex alcalde, e importante comerciante de esmeraldas. Alvarado fue baleado en las calles del pueblo.

En Mapirí, hace un mes, asesinaron a tiros a un hombre conocido con el apodo de Porremico , miembro de los cuerpos de seguridad, conformados por antiguos pistoleros que servían como guardaespaldas a las familias que administran las minas, y que fueron regularizados y controlados luego del acuerdo de paz. Dos semanas después aparecieron baleados tres hombres que, según los habitantes del pueblo, tenían relaciones poco amistosas con ese personaje .

Ojo con los paras La única persona que se atreve a hablar de viva voz sobre la escalada violenta que está sufriendo la provincia de occidente es Víctor Carranza, uno de los viejos zares de las esmeraldas, y dirigente muy cuestionado como patrocinador de los paramilitares del Magdalena Medio, delito por el cual inclusive pagó varios años de cárcel.

Yo sí creo que el proceso de paz está en peligro, pero no por enfrentamientos entre las familias, sino por la llegada de grupos paramilitares del Urabá antioqueño , afirma él (ver entrevista).

Otro personaje crítico, aunque también muy hermético para explicar que es lo que está pasando en la región, es el obispo de Chiquinquirá, Héctor Gutiérrez Pabón.

No podemos desconocer -dice él- que tenemos dificultades. La paz militar, de orden público sí es una realidad. Ciertamente está favoreciendo más a los ricos que a los pobres pero es un proceso que adquiere cada vez más solidez.

Sí hay crímenes aquí; tenemos muchos homicidios. Pero no son producto directo de la guerra; son las secuelas de la guerra, porque la guerra sí nos dejó pobreza, nos dejó armamentismo. Hoy, la mayoría de los hombres están armados en el Occidente de Boyacá. Y no siempre la combinación de licor y armas es bien llevada. Contra eso estamos trabajando, educando .

Una extraña característica del proceso de paz en la zona esmeraldífera es que los acuerdos de reconciliación nunca establecieron el desarme de nadie, y hoy en día, esta región bien puede considerarse una de las más armadas del país.

Aunque no existe ninguna cifra oficial distinta de las 400 armas legales amparadas que tienen registro ante la Policía, según cálculos de esta institución, en el occidente de Boyacá el 80 por ciento de la población (y esto incluye hombres, mujeres y hasta menores de edad) está armado.

En las fiestas de Chiquinquirá -asegura un oficial de la Policía que pide reserva de su nombre- incautamos 40 pistolas en un par de horas. Entre la gente que estaba reunida en la plaza debía haber más de 1.500 armas .

Los propios alcaldes admiten esa situación y se declaran impotentes para controlarla. Es que yo solo cuento con cuatro policías en mi pueblo , asegura el mandatario de Muzo. Ese pie de fuerza es insuficiente para combatir el porte ilegal de armas. He pedido más personal al comando del Distrito en Chiquinquirá pero parece que no hay recursos .

Cómo fue la guerra por las esmeraldas? La guerra verde se inició en los años 60 y arreció en los 70 por el control de las minas de Coscuez, Muzo, Peñas Blancas, Maripí, entre otras localizadas en 86.000 hectáreas de exploración minera, la mayoría de las cuales no tenían ningún tipo de control por parte del Estado.

En 1983 se expidió un código minero y se decidió el monopolio absoluto de la Nación sobre todas ellas, y los procedimientos para entregarlas en concesión a particulares. Eso desbordó el conflicto, pues estimuló una lucha por quedarse con las mejores explotaciones.

Se calcula que la guerra dejó más de 3.500 muertos entre 1970 y 1989, entre pistoleros armados de las diversas familias que buscaban la supremacía en el negocio, y entre los guaqueros informales que buscaban gemas por su cuenta.

En esa época paraban un bus y, lista en mano, comenzaban a matar a la gente , cuenta uno de los habitantes.

La confrontación más fuerte en los 80 la lideraron Gilberto Molina y Carlos Murcia Chaparro, El Garbanzo . El conflicto inicialmente se dio entre personas de la región. Luego apareció el narcotraficante Gonzalo Rodríguez Gacha El Mejicano , quien le declaró la guerra a los esmeralderos, especialmente a Molina y quiso apoderarse de la zona.

Al parecer, el capo quería conectar el territorio con el Magdalena Medio donde se encontraban las fincas y aeropuertos del cartel de Medellín. En febrero de 1989, Gilberto Molina fue asesinado en Sasaima (Cundinamarca), y El Mejicanoi murió ese mismo año en una operación de la Policía en Tolú.

Víctor Carranza era un minero reconocido y cuando murieron Carlos Murcia, Molina y Gacha, se erigió como el líder de los esmeralderos.

Otra característica del conflicto era la división por familias en las diversas zonas que luchaban por control territorial. En el área de Coscuez, Maripí y Pauna estaba la gente de Luis Murcia Chaparro, alias El Pequinés ; Martín Rojas; Horacio Triana; Darío Campos; Juan de Dios González y Luis Romero. En San Pablo de Borbur, Otanche, Quípama y Muzo estaban Pablo Elías Delgadillo y la familia Molina.

En 1989, en un proceso de paz facilitado por la iglesia Católica firmaron unos compromisos de reconciliación. Hoy todos trabajan unidos

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
1 de diciembre de 2002
Autor
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