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ZAPATOCA, POR DENTRO Y POR FUERA

Recostada en un valle que los fundadores llamaron El llano de las flores se encuentra Zapatoca (Santander), una población de 12.500 habitantes, 1.737 metros sobre el nivel del mar y 18 grados centígrados de temperatura promedio, donde la cordialidad de su gente contrasta con su fama de tacaños o ahorradores.

Según los mapas antiguos, aquí se asentó el imperio de los aborígenes guanes, que se extendía por toda la margen izquierda del río Saravita hasta la cumbre de la serranía de Los Yariguíes, final de la cordillera Oriental y principio del Magdalena Medio.

Favorecida por la vegetación y las caídas de agua que le ofrecen su posición geográfica, a dos horas y media de Bucaramanga, y después de ascender por el zigzag de la depresión donde se forma el río Sogamoso, aparece la Ciudad levítica de calles estrechas, cuna de más de 120 sacerdotes.

Los viajeros se encontrarán a la entrada de Zapatoca con el caparazón de un Renault 4 que encima de una roca ostenta la frase los zapatocas nos quebramos demostrando que no somos tacaños .

Después de probar las chorotas (rellenos de maíz), el típico sancocho andino y el cabro que abundan en esta zona, los turistas pueden comenzar su recorrido a la cueva del Nitro. A pie se llega en 30 minutos al lugar, que hace 500 años era utilizado por los indígenas para acortar camino entre lo que actualmente es Barichara y San Gil.

Explorar la caverna, que origina su nombre en el nitrato de potasio que contiene, es toda una aventura. Dividida en lo que los lugareños llaman salones (18), la expedición comienza en una amplia cavidad donde la poca luz que se filtra por las enormes piedras motiva para seguir con el recorrido.

Carlos Barrera, un guía de 50 años que cobra 2 mil pesos por persona, afirma que ha caminado seis horas sin encontrar el final de la cueva. Con unas buenas botas, que se aferren al barro y las piedras calizas, se llega al Jardín de los Murciélagos, donde la oscuridad obliga a utilizar potentes linternas para observar los techos y pisos que los siglos han transformado en estalactitas y estalagmitas; eso sí, hay que caminar con cuidado para no pisar las deposiciones de los murciélagos.

Dos horas de pequeños raspones son el preámbulo de la quebrada subterránea Los Flores, cuyos pobladores son pequeños peces casi transparentes que nunca han recibido la luz solar. Aquí termina el viaje al interior de la tierra, porque los túneles se achican y ocultan el misterio de lo desconocido.

Después de ensuciarse las manos en la cueva hay que caminar hasta el pueblo para seguir conociendo la región, fundada por ahorrativos colonos españoles, que vieron en este pedazo de tierra una prolongación de la meseta de Castilla, de su madre patria.

En el centro del municipio se levanta la iglesia de San Agustín, que data de 1743, una construcción de piedra que en lo alto de su torre tiene un reloj de 106 años cuyo costo original fue 1.129 pesos oro y que con su precisión inglesa marca el paso del tiempo frente a la sede de la Alcaldía, donde los policías, detenidos, jueces, fiscales y funcionarios municipales se ven las caras todos los días porque están ubicados en el mismo edificio.

Para los amantes de la historia, el campo santo o viejo cementerio es sitio obligado. Allí, separado de los 16.810 cadáveres que fueron contados el 11 de octubre de 1924, se encuentra la tumba del alemán Georg Ernest Heinrich Von Lengerke, el mismo que fue inmortalizado en La otra raya del tigre, obra del escritor zapatoca Pedro Gómez Valderrama.

Este europeo, que se abrió camino enfrentando a los indígenas, acuñando su propia moneda y creando un monopolio en la zona, construyó caminos que conectan a Zapatoca con varios municipios. Por una de esas vías -a 20 minutos del municipio- se encuentra El pozo del Ahogado, balneario que aprovecha una caída de la quebrada Zapatoca y que tomó su nombre de una apuesta de comienzos de siglo: dos campesinos acordaron que quien aguantara menos tiempo sumergido pagaría una cantidad significativa de dinero; ninguno de los dos salió...

Desviándose por la vereda El Carrizal, en el kilómetro 10 hacía Bucaramanga, el turista se topa con cercas de piedra que a la distancia parecen murallas. Desde el paraje se observa el alto denominado por los ancestros como El Pico de la Vieja. Hay que caminar por el agreste terreno y desafiar los enigmáticos precipicios del cañón de Chicamocha para subir 1.900 metros y escuchar el silencio.

Allí, con un sol canicular y una temperatura que bordea los 14 grados, Bucaramanga, Girón, Floridablanca y Barichara parecen un pequeño pueblo que se pudiera tocar con las manos. En el descenso brillan las cuevas de cuarzo y la cascada La Lajita, donde el agua parece cristalizar la montaña.

Antes de rumbear hasta el amanecer, porque en Zapatoca no hay ley zanahoria , se puede disfrutar de los bocadillos, coladas, conservas y arequipes preparados en fábricas artesanales. Cuando llegue la hora de despedirse, se pueden comprar -frente a la iglesia San Agustín- las artesanías elaboradas con pauche, corazón de un árbol, o adquirir los bordados, que llegan hasta el exterior, en los que las manos de 500 mujeres plasman los paisajes y las costumbres de una región que siempre está dispuesta para atender a los visitantes.

SI USTED VA Para conocer los 357 kilómetros cuadrados de Zapatoca las empresas Cootransmagdalena y Copetrán tienen rutas que de la Terminal de Bucaramanga salen, desde las 5:00 de la mañana, cada dos horas hasta las cuatro de la tarde. Para el regreso se cumplen los mismos horarios extendiéndose una hora más.

Los pasajes cuestan entre 14.000 y 16.000 pesos y en los cinco hostales que existen en el municipio se consiguen habitaciones desde los 7.500 hasta los 17.000 pesos.

El guía de la Cueva del Nitro se sitúa a la entrada del lugar los fines de semana y festivos.

En los ocho restaurantes, ubicados en distintos puntos de la población ubicada a 60 kilómetros de Bucaramanga, se consiguen almuerzos desde 3.000 pesos, escogiendo entre platos santandereanos o comida típica colombiana.

Para los amantes del licor la cerveza no excede los 1.000 pesos y el aguardiente no supera los 15.000 pesos, aunque también hay chicha y masato que se distribuye en vasos a 200 pesos.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
19 de octubre de 2000
Autor
FELIX LEONARDO QUINTERO PINO ENVIADO ESPECIAL DE EL TIEMPO

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