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LA PROPIEDAD: TERRIBLE DERECHO

Tal la visión que el concepto de propiedad, de propiedad privada, particularmente, alcanzó a tener, en la mitad del siglo XVIII, Cesare Beccaria en su obra De los delitos y de las penas y sobre la cual más tarde observara Jeremu Benthanm, en sus Principios del Código Civil, que se trataba de una duda subversiva del orden social .

Pues bien: acaso ningún otro concepto, como este de la propiedad privada, y por supuesto el de la tributación como elemento de afectación de la misma, definen tan rotunda y esencialmente las posturas ideológicas de los seres humanos, principal más no exclusivamente en occidente.

El poder absoluto del monarca se manifestó, precisamente, en la manera arbitraria y abusiva como llegó a disponer de los bienes de sus súbditos y fue como un freno a ese poder absoluto que surgió el parlamento en tanto pueblo que debía participar en las deliberaciones y en la adopción de decisiones que significaran recortes al ejercicio de la propiedad privada, hasta concluir en la máxima (hoy norma en todas las Constituciones de nuestra órbita) conforme a la cual No habrá tributo sin ley que lo establezca .

Así, por cuanto residiendo la soberanía en el pueblo y emanando de él el poder público (Artículo 3o. de nuestro documento constitucional) y habiéndole aquel a este conferido claros poderes de intervención, definió asimismo que tales deberían ejercerse con arreglo a ley de la República para, de esa manera y por tal virtud, hacer efectivos los deberes de solidaridad (1o.) lo mismo que las responsabilidades inherentes al ejercicio de los derechos y de las libertades consagradas en favor del ciudadano en la propia Carta (95) e igualmente conferir efectividad y contenido a ese precioso atributo público de la propiedad cual es su función social (58) así como la prevalencia del interés general (1o.) desde luego, por sobre el meramente individual o particular.

Es el tema que ha iluminado, si bien con diferentes enfoques, el debate, diríase relativamente reciente, en países como Francia y Suecia ( qué curioso, no?) acerca de los límites al ejercicio del derecho de propiedad . En Francia sesgado hacía transferencias del sector privado hacia el público (nacionalizaciones); en Suecia, inspirada en el Plan de Rudolf Meidner, la cuestión ha estado orientada a que la dicha transferencia se haga, no precisamente hacia lo público, sino hacia lo colectivo: como cuando propende por la transformación de la propiedad privada del capitalista, en propiedad colectiva de los trabajadores, por ejemplo.

La cuestión, como se ve, es absoluta e intensamente hermosa y profunda desde el punto de vista filosófico. A punto tal que comienza a propósito del tema del Country Club de Bogotá a alinderar a los decimonónicos defensores del sagrado derecho de propiedad (otrora escudados en las doctrinas de la iglesia, igualmente de otrora como en la encíclica Rerum Novarum de León XIII) vs. aquellos otros para quienes, lo social, el interés común, lo colectivo, tienen verdadero sentido y quienes podrían encontrar adalides ubicables entre Juan Pablo Segundo (con su Encíclica Sollicitude Rei Socialis) hasta, si se quiere, en el propio y superado Carlos Marx.

Es un tema ciertamente sensible bajo cualquiera perspectiva que se le mire (ya lo vieron así Beccaria y Bentham) y que me hace recordar el grafito que en la década de los sesenta se leía en las ciudades latinoamericanas en réplica a los movimientos guerrilleros que por entonces y verdaderamente cargados de ideología, pululaban: La revolución no se hace por odio a los que tienen, si no por amor a los que no tienen .

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
28 de febrero de 2000
Autor
EDUARDO LAVERDE TOSCANO

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