LOS HOMBRES

LOS HOMBRES

Observo los hombres. No sé si los conozco, pero sé que no los miro como ellos miran a las mujeres. Ellos miran a las mujeres desde el deseo. Y no solo desde el deseo, sino desde este lejano instinto de macho; miran a las mujeres como presas posibles, las miran sin mirarlas: las ven y las ven como objeto sexual. Y si no me creen observen cómo los hombres miran una mujer en la calle. La miran y la ven desnuda en su condición de hembra. La mujer desaparece y con ella 20.000 mil años de cultura. Siglos de construcción de un orden femenino desaparecen bajo la mirada de los hombres. La mujer sigue siendo esencialmente hembra. Y mientras los hombres nos recuerdan tan crudamente la fragilidad de nuestra condición cultural de seres humanos frente a nuestra condición de macho y de hembra, miro a los hombres y trato de entender su secreto a sabiendas de que nunca lo lograré del todo.

11 de octubre de 2000, 05:00 am

Los observo. Los miro. Veo hombres trabajando en su computador portátil; hablando con otros hombres de política, de negocios, de fútbol, de mujeres; saliendo de su casa con el pretexto de comprar un paquete de cigarrillos para nunca volver; haciendo el amor, silenciosos, como si fueran a encontrarse con la muerte; golpeando una mujer por una leve e infundada sospecha. Veo hombres que no saben llorar y que no pueden contarle un cuento a un niño; hombres que cuentan chistes sexistas y que se tratan de maricas todo el día; hombres incapaces de lavar un calzoncillo. Por supuesto, conozco también hombres diferentes de los hombres. Algunos. Pero hombres que se parecen a los hombres, muchos.

Trato de entender lo que los diferencia de las mujeres. Todavía no lo sé. Y aun si lo intuyo a veces, el riesgo de equivocarme es demasiado grande. No hay duda: hacen cosas que las mujeres no hacen o las hacen de modo diferente: Su manera de habitar el mundo, su amor por el poder, su fascinación por la muerte, su inmersión en el mundo de la violencia. Si... pero por qué todo esto? Su frágil infancia está aún presente? Su incapacidad de romper el vínculo con la madre? Su fantasmagórico temor a la castración? Quién me puede explicar esto? Los psicoanalistas? Los sicólogos? Las feministas? Las madres o mujeres que, como yo, a pesar de todo, los aman vitalmente, profundamente, irremediablemente? En últimas, qué secreto tienen los hombres? Qué es lo que no quieren dejarnos saber? A veces, optimista, pienso que intentan prevenirnos, a su manera, ante nuestro incontenible afán de imitarlos y de lograr una igualdad que, al salir de los límites eminentemente políticos, podría volverse mortal para el futuro de la humanidad. Pienso que los hombres quieren, en el fondo, que continuemos defendiendo nuestros secretos, nuestras lógicas, nuestras maneras de conocer y producir conocimientos y nuestras formas de existir y de estar presentes en el mundo. Ellos saben-y ojalá las mujeres lo entiendan- que la pretensión de eliminar las diferencias de los géneros significará lógicamente la mundialización y el triunfo definitivo de la lógica masculina y el fin del misterio del otro, pero sobre todo de la otra. De lo que se trata, entonces, es de defender la distancia que separa los géneros, que separa el falo masculino de la piel femenina y de defender también lo que no entendemos.

Observo a los hombres, miro a los hombres. No los entiendo.