Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

LOS ROSTRO DE CHÁVEZ

Un libro, Los cuatro monstruos cardinales le definieron el destino a Gabriel Chávez. Sería pintor, por encima de cualquier cosa. Su vida estaría entre los pinceles, las pinturas y su gran obsesión: los rostros... Los rostros del siglo veinte: angustiados, melancólicos, a veces alegres. Rostros que por más que la gente quiera esconderlos, jamás mienten y reflejan lo que cada uno lleva...

Al leer Los cuatro monstruos cardinales y a la ya desaparecida crítica de arte Martha Traba, Chávez, con más fuerza, con más ímpetu, se internó por el camino de la pintura.

Era muy niño cuando eso, pero quedó marcado para siempre. Desde entonces, cada cierto tiempo se encierra y comienza esa lucha con el lienzo blanco. Para él, el blanco está predestinado a la imagen. Así que la obra sale sola, se revela, toma vida.

Casi todo sus cuadros son rostros. Pueden llevar paisajes, lunas, nubes u otros elementos, pero en algún rincón unos ojos siempre abiertos, muy abiertos, estarán observando, atentos, como presintiendo que algo va a pasar. Tal vez bueno, quizás malo, no se alcanza a vislumbrar.

Rostros y no caras. Para él, las caras no dicen nada. El rostro es profundo y ahí se puede internar en él para desnudarlo mucho más.

Es ahí en donde más llama la atención este joven pintor de Caicedonia (Valle), influenciado por la literatura francesa, por la poesía, por los llamados poetas malditos y el jazz.

Para el pintar lo es todo. Ahí uno se juega la razón, en cada obra, en cada trazo. Por eso no puedo hacer cosas quietas o realizar mi trabajo con modelos. Los pinceles no me obedecen, se tuercen, toman otro camino, otros colores, yo no los puedo controlar.

Así que cuando termino siento algo muy adentro: emoción, tristeza, alegría. Son muchas cosas. Yo no puedo hacer lo que hacen otros pintores, que se toman algunos tragos para hacer su obra. Yo tengo que estar sobrio, sereno, después sí festejo; tomo vinos, pero antes no , agrega.

Las botellas de esas celebraciones están en un rincón de su estudio. Reflejan la alegría y la melancolía de muchas batallas que le ganó a los pinceles y al lienzo blanco. Son un rostro un poco oculto que aún no está en ninguno de sus cuadros.

Gabriel Chávez acaba de regresar de Europa. Viajo a España, recorrió galerías de Madrid, Barcelona, en donde expondrá en septiembre de este año.

Puede decirse que vagó con sus obras bajo el brazo hasta Londres. Allí se sintió feliz. Su obra tiene seguidores y puede tener un lugar en esa torre de Babel que es el arte mundial.

Adonde quiera que fue despertó algo, o ansiedad en la gente, o angustia o alegría. No hubo término intermedio. Es que él es así. Temperamental, pero tierno. Es algo que desea ocultar detrás de su rostro, pero no puede. Su voz y sus palabras a veces se cortan con el sentimiento por la filosofía con la que habla de la vida, de las anécdotas de Apollinaire, de Picasso o de pintores colombianos buenos, pero que no han sobresalido, del jazz...

El viaje por Europa lo ha cambiado. Lo dejó mucho más sensible frente a la vida. Ahora entiende por qué llora ante algunas pinturas cuando las termina.

Miro el cuadro y de pronto siento algo. No puede detenerme; lloro y lloro. Incluso a veces vuelvo atrás, miro otros cuadros y me sucede lo mismo, no lo puedo evitar , dice.

Ese es uno de sus rostros, hasta ahora desconocido. Quiero exponer en Colombia antes de irme. Quiero comunicarme con la gente por medio de mis rostros. Es que los rostros son eso, comunicación, la trastienda de la realidad , añade.

Chávez no es desconocido en Colombia. Ha expuesto muchas veces. Por ejemplo, estuvo en el Salón Nacional de Artes Visuales del Museo Nacional en Bogotá en 1974.

Internacionalmente participó en el Salón de Artistas Independientes en Panamá y en el Salón de Artistas Contemporáneos en Guatemala.

También tomó parte en la exhibición de Los Nuevos en Artes Plásticas, muestra que se hizo en la Biblioteca Luis Angel Arango en 1980.

Su hoja de vida, así como sus cuadros es extensa. Son casi 20 años de pinturas, de rostros; más de 300 obras que ha vendido aquí o en el exterior.

Anécdotas de las muestras tiene muchas. En una exposición que hice en el salón de exposiciones de la Empresa de Acueducto de Bogotá casi le regalo un cuadro a un empleado. Lo vi emocionado, agitado. Fue una reacción muy hermosa, afortunadamente él me pagó primero o si no se lo regalo...

En otra exposición, alguien me dijo que le apartara un cuadro porque esa era su abuelita, la que lo había fregado toda la vida y que ahora quería tenerla de recuerdo... , dice.

En su apartamento del norte, Chávez por ahora trata de descansar, mientras su subconsciente muy seguramente trabaja en su próximo rostro...

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
15 de mayo de 1993
Autor
NULLVALUE

Publicidad

Paute aqu�

Publicidad