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CARTA A SU HERMANA FALLECIDA

... y no lloré, porque mi hermana muerta era tan bella en vida como en la muerte... Pablo Neruda

Mónica, hermana mía: A pesar de que el dolor aún paralizada mis pensamientos, siento que ha llegado el momento de intentar poner en palabras lo que tu muerte ha significado para mi vida. Pero quiero hablar, no con la intimidad desgarrada del hermano de alma gemela al que te han cercenado de un tajo una parte esencial de su ser: debo hablar hoy con la lucidez y la distancia de quien como colombiano y como ser humano percibió los alcances de tu dimensión espiritual y social y de tu comprensión de lo que la solidaridad y la entrega significan, en un país y en un mundo tan prodigiosos y tan oprobiosos como los nuestros.

Considero que es justo que Colombia conozca quién fuiste y a qué dedicaste, sin protagonismo, tus mejores años de mujer, de madre, de hija, de hermana, de esposa, de amante, de amiga, de socióloga. Son tantas las muertes violentas con las que a diario convivimos en Colombia en esta guerra absurda que padecemos, casi natural si la comparamos con los niveles de crueldad y de impiedad que hemos conocido los colombianos. Te confieso que siempre temí por tu vida, pues la naturaleza de tu trabajo y de tu pasión temeraria hacía que con frecuencia estuvieras negociando y trajinando en la boca del lobo.

Yo considero que tu muerte fue un crimen de Estado y así lo demandaremos en su momento, como lo son todas esas otras muertes que ha causado este Estado corrupto e indolente que ha podrido al país. Cada segundo en que estamos vivos en Colombia, se ha convertido en un auténtico milagro al ser tantas y tan variadas las amenazas que se ciernen sobre cada uno de nosotros.

A ti te mató un cruce en una carretera estatal mal señalizada, el mismo en el que han perdido y perderán la vida decenas de personas. Te mató un pobre conductor de un bus intermunicipal seguramente mal pago, mal educado o mal dormido. Te mató la fatalidad de que, en una capital como lo es Santa Marta, localizada a escasos veinte minutos del lugar de tu accidente, no exista un hospital apto para atender una emergencia como la tuya. Dicha fatalidad te obligó a agonizar en una ambulancia rumbo a Barranquilla, perdiendo de este modo dos horas de un tiempo que en esos momentos era crucial. Y quizás te mató también, como me lo sugirió recientemente nuestro gran amigo y hermano Juan Luis Figueroa, la conciencia de que regresabas a Bogotá luego de unas hermosas vacaciones con tu compañero y tus hijitos a continuar enfrentando una de las responsabilidades más arduas y dolorosas que tiene funcionario alguno en nuestro país en estos momentos: la coordinación del programa para los desplazados por la violencia de la Red Nacional de Solidaridad.

Tu enorme capacidad de trabajo y la pasión humanista con las que te entregabas y con las que defendías tus ideales, te llevaron a ofrendar tu vida a causas tan utópicas y tan necesarias como la defensa de los derechos de las comunidades negras e indígenas del Pacífico. La célebre Ley 70 que como bien dijo Alfredo Molano en El Espectador a los pocos días de tu muerte tú diseñaste e impulsaste, está siendo definitiva en los procesos de titulación colectiva de la tierra para unas comunidades que durante siglos han convivido sabiamente con un ecosistema (uno de los más ricos del mundo), permanentemente amenazado por la codicia desmedida de las multinacionales madereras y de unos terratenientes sin alma.

Sobre esta etapa de tu vida escribiste en tu diario: Desde que llegué al Pacífico en el 89, mi corazón sigue allá amarrado y trabajo con los indígenas y los negros de esa región apoyándolos en la realización de sus derechos. Un trabajo maravilloso del cual me siento muy afortunada... Y aquí debo decir que es especialmente significativo que una persona de nuestra procedencia social (originaria de una de las ciudades más racistas y esclavistas del planeta, como lo es Cartagena) haya comprometido sus días a la causa de los afrocolombianos y los indígenas del Pacífico.

Al homenaje que se te rindió en Bogotá, al cumplirse un mes de tu desaparición, vinieron representantes de la organización campesina más importante del Atrato, la ACIA, quienes leyeron décimas agradecidas y emocionadas, dedicadas a tu espíritu de luchadora valiente y decidida. En uno de sus apartes dijo la ACIA: Estamos seguros de que en nosotros estás pensando/porque desde el cielo donde te encuentras, nuestro proceso sigues impulsando/tuviste brillantes ideas y creaste unos espacios/gracias a ti, a los negros las tierras se las están titulando .

A raíz del éxito de tu gestión al frente de este programa éxito reconocido incluso por tus enemigos la Red te nombró coordinadora de la organización de albergues temporales en el Eje Cafetero luego de la tragedia. Fueron varios meses de desvelo y de batallar para intentar proponer un orden racional y una lógica humanitaria en medio del caos y del dolor. Luego de tu muerte, fueron muchos los mensajes de condolencia que llegaron de esta región del país. También se hizo presente el día de tu homenaje, una líder de mujeres cabeza de familia a quienes dedicaste buena parte de tus esfuerzos para intentar subsanar la pérdida de sus seres queridos y de sus escasas pertenencias.

Una vez más tu eficacia y tesón se vieron premiados con un cargo de responsabilidad aún mayor: la coordinación del programa de desplazados de la Red, uno de los problemas más intrincados e insolubles de cuantos atiende este organismo. Otro testimonio desgarrador lo dio el mismo día de tu homenaje un luchador de los Derechos Humanos de la región de Tierralta, Córdoba, quien manifestó que él y su familia te debían la vida al lograr, gracias a tus gestiones, su reubicación luego de sufrir varios atentados. Pocas veces en mi vida he visto lágrimas más copiosas y sinceras como las que vertió este hombre quien, según sus propias palabras, venía de regreso de la muerte.

Solo hoy y esto me duele profundamente he podido captar en toda su dimensión la magnitud de tu obra y de tu capacidad de amor por este país al que calificábamos tantas veces en nuestra conversaciones como de infierno en medio del paraíso . De los más recónditos rincones de su intrincada geografía que tú recorriste palmo a palmo, siguen llegando mensajes de dolor por tu partida. Pero no se trata de formalidades para cumplir con un requisito: son auténticos manifiestos de pesar por una pérdida que consideran irreparable para Colombia.

Mónica de mi alma, hermanita: Solo puedo decirte que con tu muerte me partiste en dos pedazos el alma. Uno de ellos lo tendré siempre reservado para mi dolor inconsolable y para la enorme ausencia que dejas en mi mundo. Con el trozo de vida que me resta inspirado en el legado de tu espíritu intentaré seguir construyendo a través del arte, un testimonio de fe en este país que tanto amaste, en el género humano que a veces nos niega la esperanza y en la vida misma por la cual tenemos que seguir luchando a pesar de la inevitabilidad de la muerte .

Descansa, descansa en paz, hermana mía, pues mucha fue la luz, la fuerza y la belleza que en este mundo triste prodigaste.

FOTO: - Mónica Restrepo con su hija

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
2 de julio de 2000
Autor
ALVARO RESTREPO HERNANDEZ

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