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VIVIR SIN EL FÚTBOL ES MUCHO MÁS PELIGROSO

Una señora me llama afanada. Ha leído que un jugador del fútbol murió en el campo partido por un rayo, que a un árbitro lo asesinaron, que otro futbolista sufrió un infarto en mitad de un partido, que a un arquero le dieron una patada que le produjo conmoción cerebral. Después de todo esto agrega la señora, le confieso que el sábado pasado, cuando varios amigos vinieron a recoger en su automóvil a mi hijo para jugar un partido de fútbol, me quedé llena de angustia .

Tiene razón, señora le explico. Pero su preocupación no debería ser porque su hijo vaya a jugar fútbol los sábados, sino por el hecho de que lo haga en automóvil.

Y es que los vehículos de transporte son los más peligrosos que tiene el fútbol, como lo prueban varios ejemplos. Marino Klinger, uno de los anotadores en el histórico 4-4 contra Rusia en el Mundial del 62, pereció 13 años después en un accidente de tráfico en Cali.

Domingo Tumaco González, que fue campeón con Santa Fe en 1971, murió un tiempo después al despeñarse un bus-escalera por un abismo. El mejor futbolista de la historia de Panamá, Rommel Fernández, se destrozó contra un árbol en una carretera española; Juanito, que fue símbolo del Real Madrid y del Málaga, corrió igual suerte.

El arquero Gordon Banks, campeón del Mundo con Inglaterra en 1966, perdió un ojo en un percance automovilístico. Hace apenas dos semanas falleció el brasileño Dener en un choque.

En el mundo futbolístico solo hay algo más peligroso que los carros, y son los aviones. Es una historia larga y trágica, cuyos orígenes se remontan a mayo de 1949, cuando el avión en que regresaba a Italia el Torino, después de un partido en Lisboa, se vino a tierra. Perecieron todos los integrantes del equipo, inclusive el entrenador y las reservas.

Un nuevo accidente aéreo acabó en febrero de 1958 en el aeropuerto de Munich con ocho jugadores y el director técnico del Manchester United. El legendario Bobby Charlton, quien ocho más tarde sería campeón del mundo, fue uno de los sobrevivientes.

En 1961 murieron todos los miembros de un club chileno de primera división, el Green Cross, o Cruz Verde, y en septiembre de 1969 la mala suerte fue para los 19 jugadores del conjunto más popular de Bolivia, The Strongest, cuyo avión chocó contra una montaña a cien kilómetros de La Paz.

El último día de 1970 los jugadores de un club argelino de la división de aficionados murieron cuando su avión se dirigía a España. Los dos últimos accidentes aéreos de equipos de fútbol han acabado con prestigiosos conjuntos. El primero fue el del Alianza de Lima, cuyo avión cayó frente al mar de Lima. Perecieron entonces varias figuras que habían jugado en Colombia. Y en abril del año pasado, la totalidad del equipo nacional de Zambia murió en un siniestro aéreo en el Africa.

Cuando termino de enumerar las víctimas que han dejado los automóviles y los aviones en el mundo del fútbol, la señora está más alarmada que antes: Pues bien me dice, voy a recomendarle a mi hijo que se limite a ver el fútbol como espectador, no a jugarlo .

Se equivoca, señora le aclaro.

Y procedo a recordarle las catástrofes que han ocurrido a los espectadores de muchos estadios alrededor del globo: los 25 que murieron al desplomarse una tribuna en Glasgow en 1900; los 33 que aplastó un muro en Bolton (Inglaterra) en 1946; los 152 heridos en la trifulca del estadio de Nápoles en noviembre de 1955; el alud que sepultó a nueve fanáticos en Libreville (Gabón), en 1962; los 318 muertos del estadio de Lima en 1964.

Igualmente, los 74 que fallecieron asfixiados en el estadio de River Plate (Buenos Aires), en 1968; los 66 aplastados en el tumulto del estadio de Ibrox Park, Glasgow, en 1971; los 49 del estadio de El Cairo (Egipto), en 1974; los 20 del estadio de Ibagué en 1981, los 15 del estadio de Cali en 1982 y, por supuesto, los 52 que murieron en el incendio del estadio de Bradford City (Gran Bretaña), en 1985; los 41 masacrados a golpes en la final de una copa europea en el estadio Heysel de Bruselas (Bélgica), ese mismo año, y los 95 pisoteados del estadio de Hillsborough (Inglaterra), en 1989.

Pues que no juegue, ni vaya a ver jugar me comenta escandalizada la señora; mejor dicho, que se olvide para siempre del fútbol .

Eso sí que no, señora le digo. Porque si el fútbol constituye un riesgo, la falta de fútbol es, en cambio, una forma de morir.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
5 de mayo de 1994
Autor
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