Cerrar

Publicidad

Últimas Noticias de Colombia y el Mundo - ELTIEMPO.COM

Últimas Noticias

Ver más últimas noticias

Patrocinado por:

1946 SALTO DE TEQUENDAMA

Por la época del cuplé, el corte de venas al compás de La Violetera . Más tarde, en el tiempo de las rancheras, el envenenamiento con totes , acompañado por un agudo falsete del charro Jorge Negrete. Luego, con Los Trovadores del Cuyo , apareció el folidol . Pero siempre, por encima de éstos y otros procedimientos, el Salto de Tequendama ejerció esotérica influencia, de manera singular, sobre los enamorados. Los cronistas de la página roja describían con magistral sentido del morbo aquellos lugares comunes que rodean la gigantesca caída de agua. La piedra de los suicidas , donde se dejaban las cartas de despedida. El pozo de los suicidas , remanso en donde tarde o temprano aparecía el cadáver. Y el Hotel del Salto, desde donde los potenciales suicidas decidían entre misteriosas brumas y un par de néctares si el salto al Salto valía la pena.

Uno de los episodios inolvidables en la crónica de los suicidios en el Salto ocurrió en julio de 1946. Un joven cabo del Ejército, Roberto Bunch, de 25 años, y su esposa, Gloria Osorio Rocha, de 24, secretaria del Director de la Biblioteca Nacional, se arrojaron al Salto.

El joven militar prestaba sus servicios en la Motorizada , pero estaba en comisión con la Misión Americana. El jeep No.489 que tenía asignado apareció abandonado en la carretera. Sobre la piedra de los suicidas se encontraron su chaqueta militar, la gorra y el cinturón de dotación. Al lado, una fina cartera de mujer y dos cartas (que no puedo resistir la tentación de transcribir).

Para aquellas personas que les interese mi muerte: A nadie más que al destino puedo culpar de lo que me pasa. Quisiera vivir, pero el destino quiere que al empezar mi vida la termine. Amo y el amor me obliga a despedirme de este mundo ingrato. A todos los que mi decisión les cause pena, les ruego me perdonen. Gloria .

Señores de la prensa y Policía: El que la hace la paga. Yo la hice, luego debo pagarla. Pero debo afrontar el Más Allá para evitarle a la sociedad el trabajo de juzgarme. Para los que sufran por mi muerte, mil perdones. Qué puede hacer el hombre cuando todos los caminos se le cierran? A los señores de la prensa les suplico que no sean muy duros en sus críticas. Adiós. Roberto .

La pareja había contraído matrimonio en la parroquia de San Miguel de Girardot cuatro días antes. Los únicos inconvenientes que se atravesaban en la feliz unión se encontraban en Bogotá, y eran, en su orden, la esposa legítima de Roberto, doña Concha de Bunch, dos hijos y un tercero que estaba próximo a nacer.

El delito de bigamia y el amor imposible parecían ser las causas determinantes del fatal desenlace.

Era tan crudo el invierno en este julio que el alcalde de Soacha se limitó a esperar en su despacho a que mermaran los aguaceros para poder hacer el levantamiento de los cadáveres.

Mientras tanto, los cronistas judiciales metieron las narices en el caso y revolvieron vida y milagros del bígamo y su pareja, para delicia de los lectores que devoraban con éxtasis las descripciones del enredo.

La consternación cundió en la Biblioteca Nacional y en los cuarteles de la Motorizada. En esta última dependencia militar se alistaron voluntarios para descender por el abismo en rescate de su compañero tan absurdamente desaparecido.

La viuda de Roberto se vistió de rigoroso luto y acudió al despacho del alcalde de Soacha a colaborar con la investigación.

La madre del militar informó que el joven ya había intentado suicidarse con una escopeta, en vísperas del viaje que hizo a Girardot para oír la epístola de San Pablo por segunda vez, y describió la forma como repartió las pertenecias personales entre sus hermanos, la noche anterior al suicidio.

Como pasaban los días y era evidente la ausencia de cadáveres, los periodistas decidieron apersonarse del caso y barajar nuevas hipótesis: Que se habían volado para Miami, Panamá o Venezuela. Que estaban de luna de miel en Santandercito. O que estaban escondidos en algún nidito de amor en Bogotá.

A estas alturas los lectores de los periódicos capitalinos agotaban las ediciones.

Diez días más tarde, alertadas las autoridades en los pasos fronterizos, dieron con la pista de los suicidas por los lados de Cúcuta, cuando realizaban gestiones para esfumarse hacia Venezuela.

Desenredado el ovillo y detenidos los suicidas , los protagonistas de esta historia declararon a la prensa: Ignoraba que era casado, pero lo amo y no estoy arrepentida , Gloria.

Qué farsante es Roberto, el mismo de siempre, pero lo perdono , Concha Rodríguez de Bunch, esposa legítima del bígamo.

Soy la madre más feliz, tuve un hijo muerto y resucitó , Eloísa de Bunch, madre del impostor.

Estamos vivos y presos . Telegrama de Roberto Bunch ahora bígamo y desertor del Ejército, para tranquilizar a su familia.

Colosal triunfo de la prensa. Confirmada la hipótesis de EL TIEMPO , cronista judicial.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Deportes
Fecha de publicación
11 de enero de 1992
Autor
Armando Caicedo

Publicidad

Paute aqu�

Publicidad