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EL CÓLERA Y LA CÓLERA

En los últimos meses, la epidemia del cólera se ha enseñoreado del territorio latinoamericano. Comenzó en el Pacífico sur y pronto se extendió a todo lo largo de las costas del Perú, Ecuador, Colombia y Panamá. Hizo luego tránsito a la Argentina y al Brasil, hasta repetir en el Atlántico el mismo fenómeno que ya se había cumplido en el Pacífico. El contagio ha sido incontrolable al sur del Río Grande, y quién sabe si de un momento a otro no empiezan a registrarse casos semejantes en los Estados Unidos de Norteamérica y en el Canadá. La cólera colectiva contra la corrupción administrativa ha recorrido un periplo paralelo al de la epidemia maligna, con la diferencia de que ya ha conseguido llegar hasta la propia capital de la Unión Americana. No existe, con contadas excepciones, un solo Estado en las Américas en donde no esté vigente un escándalo político contra la clase gobernante por sus desafueros en el manejo de los dineros públicos. El propio Congreso estadounidense se vio envuel

En los sucesos que acompañaron el frustrado golpe militar contra el gobierno de Venezuela salió a flote el cargo de corrupción contra miembros del gobierno. En el Perú, en vísperas del golpe de Fujimori contra el Congreso, se ventilaba, a propósito de unos auxilios en ropas para los desvalidos, un pleito de familia, una querella de la señora del Presidente contra su cuñada, a la que tildaba de corrupta.

En la Argentina, el libro de mayor circulación, que en parte se ocupa de los negocios de la familia política del presidente Menem, lleva por título Robo para la corona (los frutos prohibidos del árbol de la corrupción), del cual es autor Horacio Verbitsky. En Colombia, el alcalde Juan Martín Caicedo Ferrer, elegido popularmente con el mayor caudal de votos que registra la historia, está padeciendo prisión preventiva por haber destinado una suma considerable a obras públicas y a otras de carácter social sugeridas por los concejales en ejercicio por el Distrito Capital. No se trata, en manera alguna, de enriquecimiento ilícito del funcionario, sino del error técnico consistente en destinar con otro nombre los llamados auxilios que prohibe la nueva Constitución para granjearse la buena voluntad del órgano legislativo del Distrito.

Cuáles, entre todos estos casos y otros que no se citan por falta de espacio, corresponden a verdaderos desafueros? Quien estas líneas escribe mal puede estar en capacidad de resolver este interrogante sin suficientes elementos de juicio. Lo único cierto es que la cólera pública, tan implacable como el morbo del cólera, se ha desatado contra la ineficiencia de los gobiernos con el argumento de que el interés público se ve supeditado por el interés privado de los gobernantes.

Nadie podría negar que con la desaparición del comunismo, o sea del enemigo a quien había que tener a raya en las democracias capitalistas, ha sido necesario buscar un nuevo demonio a quien responsabilizar de los males de la sociedad contemporánea, y nada mejor que enjuiciar a la clase política de las democracias.

No hay que olvidar, sin embargo, que los primeros casos de corrupción, real o supuesta, se dieron en Cuba cuando el comandante Ochoa y sus ad lateres pasaron al paredón. Del servicio de columnistas de I.P.S.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
26 de abril de 1992
Autor
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