La plaza de toros La Santamaría cumple 80 años de su inauguración

La plaza de toros La Santamaría cumple 80 años de su inauguración

Don Ignacio Sanz de Santamaría invirtió su fortuna en su construcción. Murió en la ruina.

La plaza de toros La Santamaría cumple 80 años de su inauguración
5 de febrero de 2011, 01:26 am

-Ese del busto es mi abuelo, el que hizo esta plaza. Solo venimos a tomar una foto...

A don Fermín Sanz de Santamaría no le sirven las explicaciones familiares para que el portero lo deje entrar, sin previo aviso, a la plaza de toros, un jueves por la tarde.

Ochenta años atrás, el 8 de febrero de 1931, su abuelo, Ignacio Sanz de Santamaría, cumplía un sueño: inaugurar una plaza de toros en Bogotá, con todas las de la ley. No de madera ni ocasional, como se estilaba entonces en la ciudad, sino una digna de recibir la fiesta a la usanza española.

Don Ignacio, bogotano de nacimiento, era sobre todo un aficionado.
Había conocido la tauromaquia en sus viajes a Europa (estudió en Inglaterra, anduvo por Francia y por España) y, en Bogotá, empezó a usar su fortuna lograda como empresario en crear la primera ganadería de toro bravo -Mondoñedo, aún viva- y en traer toreros a plazas del país.

"Él era uno de los 'cacaos' de la época -cuenta su nieto, Fermín-.
Tenía mucho dinero y era propietario de grandes terrenos por toda la ciudad". Ya era promotor de un primer coso de madera en cercanías de San Diego, cuando se propuso hacer una plaza de cemento y con gran capacidad.

Como las tierras de su propiedad -en su mayoría situadas cerca al Cementerio Central- no eran adecuadas, pues los ingenieros sugerían terrenos duros, le compró un lote a la familia Bonnet, más arriba y prácticamente una roca.

Sanz de Santamaría adquirió cerca de 14.000 metros cuadrados por 200.000 pesos. "Un carro bueno valía entonces entre 60 y 80 pesos", agrega don Fermín. Lo que le importaba a don Ignacio, sin embargo, era establecer la fiesta "y que dejara de ser pachanga".

La construcción, que le costó 860.000 pesos, estuvo a cargo de los ingenieros Adonai Martínez y Eduardo Lascano, que la entregaron para su inauguración sin fachada y casi en obra negra, porque a don Ignacio se le acabó la plata.

La plaza Sanz de Santamaría abrió puertas con toreros más bien de segunda: Manolo Martínez, Mariano Rodríguez y Ángel Navas. El primero recibió silencio en sus toros, el segundo estrenó la enfermería y al tercero se le entró un toro vivo. Las boletas costaban $ 3,30 en sombra y $ 1,80 en sol. A pesar de lo poco en la arena, hubo entusiasmo. Entre los espectadores estuvo el presidente Olaya Herrera.

Las doce corridas de esa primera temporada no sumaron los 4.000 pesos en boletas ni hubo llenos en una plaza con capacidad para 14.800 espectadores. Endeudado hasta el extremo, a don Ignacio se le vino encima el mundo. "Se quebró. Quedó arruinado -dice Fermín-. Con la crisis económica de los años 30, además, el novillo que antes valía 60 pesos ¡quedó valiendo 6!".

Don Ignacio tenía una deuda con los bancos por más de 800.000 pesos. La única opción que encontró fue entregarles la plaza, que le recibieron apenas por 140.000 pesos. Seis meses después de entregarla a sus deudores, don Ignacio murió. Su familia debió pedir plata prestada para su entierro.

En 1935, cuando la plaza estaba a punto de ser tumbada con el fin de recuperar al menos lo que valía el lote, fue adquirida por la
Alcaldía de Bogotá. "A mi papá le ofrecieron tener un porcentaje, pero la familia determinó que la plaza fuera un bien para beneficio de la ciudad. Lo que acabó siendo", agrega Fermín.

Aunque ya se habían presentado matadores de renombre, como Cayetano Ordóñez, tres años después, en 1938, llegó una figura del toreo que rompió en dos la historia de la afición taurina bogotana: Domingo Ortega. Con él, los espectadores fueron sumando.

En 1944, el entonces alcalde Carlos Sanz de Santamaría -sobrino de don Ignacio- contrató al arquitecto español Santiago de la Mora para terminar la obra y hacer la fachada. De la Mora implantó el estilo morisco que la caracteriza. Poco después, para celebrar los 15 años, toreó en su arena otra figurota: Manolete.

Con estos nombres, la Santamaría (como se empezó a llamar) fue creciendo en importancia. En las décadas siguientes vinieron Luis Miguel Dominguín, Antonio Ordóñez, Julio Aparicio, Miguel Báez, Fermín Espinosa, Manuel Benítez, 'El Cordobés', y, claro, Conchita Cintrón, que triunfó con su toreo a caballo y a pie. En 1954 se vivió la única cornada fatal que ha habido, aunque no a un torero, sino a un charro mexicano (Arturo Bañales), cogido por un cebú.

Poco después se cruzó la idea de una ampliación de la plaza.
"Pero, al contrario, tuvimos que defendernos de que la tumbaran.
Ese era el deseo de Rogelio Salmona cuando empezó su proyecto de las Torres del Parque -afirma don Fermín-. Yo logré hacer una campaña para evitarlo".

La plaza fue declarada Monumento Nacional en 1984, dos años después de que el diestro más importante que ha dado Colombia, César Rincón, tomara su alternativa en su arena. La plaza tuvo una remodelación a principios de este siglo, con arreglos en su estructura, pero en general sigue como hace 80 años.

Y su espacio no ha sido solo para los olés. En vista de que para los toros no se ocupa sino siete u ocho fines de semana al año, la plaza ha sido escenario de espectáculos como tenis, teatro, conciertos... Sin contar que también ha sido (y es) termómetro político. Quizá la primera chiflatina de su historia se la llevó en 1956 la hija del general Gustavo Rojas Pinilla, María Eugenia. Pero, a partir de ahí, los tendidos de sol y los de sombra dejan notar sus opiniones al ver desfilar políticos por sus tendidos. (... algunos no se atreven ni a asomarse).

Al caminar por la plaza, en silencio, uno se pregunta si la fiesta va a durar. Don Fermín no lo duda un segundo:

-La fiesta de toros no se va acabar y le digo por qué: porque los humanos admiramos el valor físico y la inteligencia. Necesitamos héroes.

¿No habría que pensar, de pronto, en héroes que no mataran sin necesidad? Sentado en su tendido de sombra, donde habitualmente ve las corridas, don Fermín sonríe. Al final, lo dejaron entrar.

MARÍA PAULINA ORTIZ
REDACTORA DE EL TIEMPO