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Las últimas horas de los tres niños asesinados en Tame, Arauca

Siete militares son los principales sospechosos. EL TIEMPO reconstruye los hechos.

Una palmera de enormes hojas y una enredadera con flores blancas se plantan sobre el suelo como mudos guardianes de los dos huecos en los que por espacio de al menos 48 horas  estuvieron sepultados los cuerpos de Jenny (14 años), Yimi (9 años) y Jefferson (6 años).

La tierra todavía está removida y la manigua trata de recuperar el terreno que le robaron quienes asesinaron brutalmente a los niños y luego cavaron  dos improvisadas fosas en medio de la maleza y en donde los lanzaron como para que el monte se tragara el delito. La menor fue violada y luego asesinada.

Los tres, de acuerdo con campesinos que estuvieron en el levantamiento de los cadáveres, al parecer fueron golpeados, estrangulados y puñaleados.

Sucedió en la vereda Temblador, sector de Flor Amarillo, en el municipio de Tame (Arauca), una zona azotada por la violencia de los grupos irregulares. Todo indica que fue en la tarde del pasado 14 de octubre.

En la mañana de ese jueves, como de costumbre, don José Torres, un humilde labriego, se levantó hacia las 4:30 de la mañana. Alumbrado por la tenue luz de una vela y en medio del canto de los gallos y el ruido lejano de los alcaravanes, a este boyacense y padre soltero de 49 años lo sorprendió el amanecer.

Sobre las 6 de  la mañana su hija Jenny, de un cuerpo menudo que aunque tenía 14 años la hacía aparecer de menos de 12, fue la primera en levantarse. Mientras su padre salía para trabajar en una finca cercana, ella llamó a sus hermanos para que le ayudaran a cargar la leña para prender el fogón. No tenían afán, estaban en la semana de receso escolar

Tampoco sentían temor, sabían que desde hacía una semana un grupo del Ejército estaba acampando a menos 500 metros de su casa. Es más, en dos ocasiones los soldados habían llegado hasta la casa y le habían preguntado a los menores por su padre.

Los niños, de acuerdo con el relato de don José, debieron preparar el mismo desayuno de todos los días: un poco de plátano y yuca con agua de panela. Leche no había. Luego debieron bañarse a totumadas en el Jaguey, un pequeño pozo de aguas amarillentas. Ese jueves ya habían terminado las tareas que el profesor les había  dejado a Jenny y a Yimi, Ambos estudiaban en la escuela Caño Martín, a una hora a pie desde su casa. Claro que veces se iban los dos en una vieja bicicleta o incluso en ocasiones  en un burro.  Jefferson todavía no estudiaba.

Hacia el mediodía de ese jueves, su padre retornó a la casa. "La niña estaba alistando el almuerzo y los dos niños estaban jugando por la cocina", recuerda el campesino que ahora está en Arauca.

Asegura que no se demoró, que recogió un repuesto para la guadaña y se volvió para la finca vecina en la que trabaja rozando un cacaotal.

Sobre la 1:30 de la tarde su compañero de trajín Éver Sáchica, fue a la casa por otro repuesto, pero no encontró a nadie, Creyeron que habían salido donde algún vecino.

Al anochecer, José volvió a su hogar, un rancho de tabla con piso de barro, en el que no había camas, solo unos tablones sobre los cuales acomodaban unos colchones en los que podrían considerarse dos habitaciones. Los buscó y no los encontró. Fue la primera de varias noches de insomnio.

Al siguiente día ensilló una bestia y salió a recorrer la vereda. Nadie daba razón de ellos y por eso decidió ir a Tame a poner la denuncia.

Mientras tanto, cuatro campesinos del lugar se unieron a la búsqueda. Entrada la noche encontraron en el monte un trillo (maleza caída). Lo siguieron hasta que vieron la tierra aplanada que había sido cubierta con hojas.

"Con un machete escarbamos y sentimos algo raro. Además, encontramos una chancleta de la niña", contó Carlos Alberto Santamaría, vecino de don José.

Los labriegos dejaron el sitio como estaba y acordaron volver al siguiente día. Así lo hicieron, escarbaron con cuidado hasta que en medio de la tierra revuelta apareció un pequeño codo. En ese momento no tuvieron ninguna duda.

Pero la Fiscalía consideró que en el sitio no había condiciones de seguridad y por eso el levantamiento terminó haciéndolo esa noche, a la luz  de unas linternas, la Cruz Roja.

Don José logró vencer la resistencia de los socorristas y ayudó a desenterrar a sus hijos.

"Él decía que se controlaba, pero de todas maneras, las lágrimas se le escurrían", contó Esteban Medina, dirigente comunal quien participó de la exhumación. "Solo se lamentaba cuando se desenterraba alguno de los cuerpitos", narró.

Esa misma noche, pasadas las 10, la diligencia terminó. El carro de la Cruz Roja se alejó por la serpenteante trocha con los  cuerpos, y don José se quedó en la casa de Santamaría.

"Él no durmió nada, uno lo sentía llorando en la hamaca", contó Sáchica. Desde esa noche, él no ha vuelto a la casa.

Allí se quedó su plantación de plátano y yuca. El rancho se lo tomaron las avispas. La ropa de sus hijos, así como lo cuadernos se los llevó su hija mayor que vive a una hora del lugar.

Llegar al sitio donde mataron a los niños no es fácil. Los propios moradores del lugar confesaron en voz baja el temor. "La semana pasada estuvieron por ahí los otros (las Farc) y nos da miedo que hayan puesto minas", reconoció un habitante del sector. Mientras tanto, don José está en Arauca, refugiado en la casa de un amigo. Acusa directamente a los militares del cruel asesinato de sus hijos. "Fueron ellos, no tienen perdón por lo que hicieron con mis hijos", dijo.

Se lamenta que lo única que le llega su mente es la imagen de sus hijos destrozados cuando los sacaron de los dos huecos. Pero con lágrimas recuerda que esta semana se soñó con ellos, que se reían y que se abrazaron. "En medio del sueño yo los vi y los sentí, lo único que hice fue decirles 'hijitos, si hice algo malo o fui un mal padre, perdónenme, sé que están en el cielo porque ustedes son angelitos", contó mientras la lágrimas comenzaron a brotarle.

En Flor Amarillo hay mucho dolor por este hecho. Los vecinos sindican al Ejército y esperan que este hecho no quede impune, ni se pierda, como están seguros que la maleza borrará los dos huecos en los que los niños fueron tirados.

Entretanto, don José solo quiere conseguir una plata para ir a Tame y poner "una lápida bonita" sobre las tumbas de sus tres hijos.

El ADN dará la pista de los asesinos

La Fiscalía está esperando los resultados de siete pruebas de ADN practicadas al mismo número de militares de la Brigada Móvil que estuvo en Tame por los días de los crímenes.

No se cotejarán solamente con los rastros de semen hallados en el cuerpo de la niña, sino con trazas de piel hallados en sus uñas. Varios de esos militares tienen, según un reporte conocido por EL TIEMPO, rasguños que no han podido explicar.

Los mandos de ese grupo deberán explicar sus actuaciones y las de los hombres bajo sus órdenes en Tame. Los fiscales dicen que difícilmente una sola persona habría cometido sin ayuda el abuso sexual y luego los asesinatos.

Un reconocimiento de fotografías con otra menor víctima de un ataque sexual en la misma vereda también juega en el caso, que hasta ahora tiene a militares como principales sospechosos.

Otra víctima

Caso de violación

El pasado 2 de octubre, también en el sector de Flor Amarillo, en Tame, se conoció un caso de violación a una menor de 13 años. Al parecer, el autor del crimen habría sido un soldado del Ejército.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Fecha de publicación
31 de octubre de 2010
Autor
Jorge Enrique Meléndez Enviado especial de EL TIEMPO

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