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Íngrid Betancourt revela que Clara Rojas 'pidió permiso a las Farc para convertirse en madre'

En su libro 'No hay silencio que no termine', hace revelaciones de su tiempo en cautiverio.

1.-"Lo que nos volvimos allá, es lo que somos"..

Íngrid Betancourt no cae en la equivocación de hacer un libro solamente reflexivo, coloreado como un texto de "autoayuda", como llegó a rumorarse que sería, ante la alternativa de tener que revelar secretos sobre sus vivencias en cautiverio y romper la sagrada regla que tácitamente han acordado entre secuestrados: "Lo que en la selva ocurre, en la selva se queda".

Eso la habría liberado del riesgo de molestar a más de uno de sus compañeros de infortunio, pero resultaría muy aburrido para los lectores más entrometidos y fisgones.

Por el contrario, Íngrid optó por escribir un libro que contiene un jugoso anecdotario alrededor de sus duras relaciones con sus captores, y las frecuentemente tensas que mantuvo con los demás secuestrados.

Lo que en él relata lo hace atractivo hasta para los más morbosos, que no lo buscarán precisamente para conocer sus reflexiones espirituales. Que contiene, y muy variadas, ricas y elevadas.

Y claro. En la primera línea de las preguntas de esos lectores están sus relaciones con Clara Rojas, con la que es bien sabido que hubo un fuerte enfrentamiento.

Con Luis Eladio Pérez, con quien la convivencia en cautiverio fue tan intensa, que superó una simple amistad. Con los contratistas gringos, que pintan a Íngrid en sus memorias de secuestrados como una auténtica bruja. Y, desde luego, con sus captores, quienes la trataron con especial crueldad, no sólo por ser la "joya de la corona", sino por la manera de ser de Íngrid, templada, con la frente altiva, y con una arrogancia que, después de leer este libro, entiende uno de dónde proviene realmente: de la lucha permanente, obsesiva de Íngrid contra los instintos primarios del ser humano, que en la indefensión e inhumanidad de un secuestro saca lo peor de cada cual.

Las cosas materiales son tan escasas y tan preciosas para un secuestrado, que un pedazo de pan o una taza de agua limpia, un diccionario o una Biblia, unos cordones de zapato, un pedazo de queso o, inclusive, un palo para colgar una hamaca se convierten en motivo para sacarle los dientes a otro secuestrado: hay que defenderse como una fiera de los demás compañeros de infortunio. Es la ley de la selva.

2.-"Todo había sido orquestado para evitar mi llegada a san vicente".

Desde luego Íngrid no oculta en su libro, porque quizás nunca se le va a pasar, la rabia con la que le atribuye la culpa de su secuestro al entonces Presidente Andrés Pastrana, que no le quiso prestar un avión para llegar a San Vicente del Caguán.

En eso Íngrid siempre será injusta. Es difícil sostener que Pastrana tuviera el interés de "tirársela" porque sí, no facilitándole un avión y retirándole una escolta, porque consideraba peligroso ese desplazamiento.

Ella se lo atribuye a razones políticas de Pastrana, que uno no logra descubrir cuáles podrían haber sido. Hasta intenta en un momento dado sugerir que era una manera de Pastrana de vengarse de ella, por un debate que como senadora le hizo en el Congreso a su secretario, Juan Hernández.

Pero es su manera de opacar que la culpa la tuvo la testarudez que la llevó a ponerse en manos de las Farc, a pesar de todas las advertencias, motivo de la furia de los colombianos cuando se enteraron de que Íngrid planeaba demandar al Estado por una indemnización.

Íngrid se fue a San Vicente porque le dio la gana. Porque se negó a que su decisión de llegar hasta ese peligroso lugar donde acababan de levantarse las conversaciones de paz con las Farc resultara entorpecida por antojo del Gobierno. Fue por su propia cuenta y riesgo como facilitó tan ingrato destino.

Quizás secretamente confiaba en que haberse entrevistado alguna vez con 'Tirofijo' por conducto de Piedad Córdoba, y haber estado reunida pocos días antes con el Secretariado de las Farc cuando aún existían las conversaciones del Caguán con el Gobierno Pastrana le daría un salvoconducto en caso de que se topara con la guerrilla. Pero en esa ocasión les había cantado la tabla tan duro y de manera tan valiente a las Farc, para que dejaran de secuestrar, casi de manera humillante ante las cámaras de la televisión colombiana, que lo más seguro era lo contrario: que se quedaran con ella para castigarle su arrogancia, y más aún que se les convirtiera en un trofeo, por ser una candidata presidencial, y porque era mitad francesa, lo que garantizaba el foco de atracción internacional.

3.-"Una distancia de hastío se había instalado entre Clara y yo".

El libro arranca en medio de uno de los cuatro fracasados intentos de Íngrid y de Clara por escapárseles a las Farc. Íngrid sólo llama a Clara por su nombre en su relato cuando estrictamente debe hacerlo para identificarla, pero cada vez que puede se refiere a ella con un frío "mi compañera".

La describe como una mujer muy sola, llegada a los cuarenta, obsesionada por el cuidado de las plantas de su casa, y sutilmente desliza el concepto, para librarse de la culpa de haberla arrastrado a esta fatídica aventura, de que Clara insistió en acompañarla al Caguán, a pesar de que Íngrid le insistió en que eso no era necesario.

Pero muy pronto se adivina la principal e insalvable diferencia que en las primeras semanas de su secuestro surge entre las dos: mientras Clara se dedica a adaptarse a su secuestro, Íngrid no deja ni un instante de esos casi siete años de pensar en huir.

Nunca renunció a esa idea recurrente, peligrosa pero salvadora, por la mera ilusión liberadora que creaba, así sólo la dejara reducida a su imaginación, por las pocas oportunidades que tuvo de llevarla hasta la acción.

Veía la oportunidad de huir en los machetes que les robaba a los guerrilleros, en las navajas que circunstancialmente le caían en las manos, en los pedazos de icopor de las viejas neveras de la enfermería, que ella convertía en flotadores que le permitieran escapar por el río, en los anzuelos que le garantizaran sobrevivir de la pesca mientras encontraba algún puesto de Policía que la pusiera a salvo de sus captores.

Pero tantas veces como intentó huir a lo largo de esos casi siete años, algunas con Clara, otras sola, unas con Luis Eladio Pérez, en tantas fracasó dolorosamente, y, por cuenta de cada una, era maltratada hasta perder el sentido y amarrada a un árbol con una cadena colgada al cuello, que en ocasiones le apretaban tanto en represalia, que no le permitía tragar.

Según Íngrid, Clara se reveló muy pronto como una persona completamente ciclotímica. Nunca se sabía con ella cómo iba a reaccionar, así fuera frente a un acto de amabilidad, y qué decir ante algún reclamo fruto de una estrecha convivencia, cuyas normas incumplía con pequeños abusos. Encendiendo el radio en horas de dormir sin que siquiera tuviera sintonizada alguna emisora, lo cual sólo producía chirridos. Cogiéndose toda la cuerda para colgar la ropa. Copando todo el espacio bajo el mosquitero.

Luego, vinieron los "problemas de higiene y control de los olores y más adelante la gestión de los ruidos. Era imposible llegar (con Clara) a un entendimiento sobre las más elementales reglas de comportamiento".

Un día Íngrid la agarró robándole un poco de queso y vitamina C de su morral. "Me sentí traicionada", escribe. Otro día Íngrid le pidió que se corriera y Clara explotó con un "tu padre se avergonzaría de ti si te viera".

Eso fue durísimo para Íngrid. Su padre acababa de morir y para que no lo supiera y cometiera una locura, la guerrilla le había quitado el radio y le prohibió oír noticias.

Ella se enteró porque un día rescató una hoja de periódico de un basurero y leyó un pie de foto que hablaba del entierro de Gabriel Betancourt. Íngrid cuenta que en ese momento sintió como si una mano invisible le estuviera sumergiendo la cabeza en el agua.

Produce sorpresa la revelación de que el embarazo de Clara fue algo absolutamente planeado. Íngrid venía notando que su compañera le había perdido interés a la huida. Porque según le explicó Clara, "ya no quería escaparse porque quería tener hijos y el esfuerzo de la huida podía perturbar su capacidad para concebir".

Efectivamente, en una visita al campamento, el jefe guerrillero Joaquín Gómez le cuenta que ha recibido una inusual petición de Clara, reivindicando "sus derechos como mujer. Habla de su reloj biológico y dice que no le queda mucho tiempo para convertirse en madre".

La sugerencia que contiene la petición de Clara sorprende mucho a Íngrid, quien intenta disuadirla haciéndole ver "lo que sería la vida de un bebé recién nacido en condiciones de precariedad tan grandes, y sin saber si las Farc accederían a liberar al niño".... lo cual no dejaba de ser absolutamente cierto. Clara le responde que va a pensarlo.

Pero sucede lo que después viene a saberse: efectivamente queda embarazada, la separan de su hijo, el niño se pierde, pero en una jugada del destino el Estado colombiano encuentra su rastro y lo recupera.

Finalmente, Íngrid cuenta que Clara le pide ser la madrina de Emanuel, y que ella se siente en el deber moral de aceptarlo, considerando que es la única que sabe quién es el padre del niño.... Y aunque Íngrid no identifica abiertamente al padre de Emmanuel, le dedica todo un capítulo a un "amistoso" guerrillero de nombre Ferney, al que por lo menos en una ocasión encuentra escondido en el cuartucho de la selva que comparte con Clara.

Era el mismo que despertaba en Clara celos hacia Íngrid. El mismo que un día le dijo: "Nunca digo esto, porque somos comunistas, pero rezo por usted". Al lector le corresponde sacar sus conclusiones.

4.-"Lucho, mi Lucho, Luchini".

La llegada de Luis Eladio Pérez al campamento donde está secuestrada Íngrid le trae un montón de cosas satisfactorias. Ante todo, surge entre ellos una gran relación de camaradería frente a la necesidad de sobrevivir, que es generosa e incondicional hasta el último instante en el que estuvieron juntos estos dos compañeros de infortunio.

Queda claro en el libro que entre ellos hubo una relación muy especial, pero no hay detalles que puedan incomodar a Luis Eladio en el entorno familiar que rescató a tan buena hora al lado de Ángela, su especialísima esposa, y de sus hijos.

5.-Joaquín Gómez: (Los tres gringos) "Son grandes y fuertes. ¡Una temporada con nosotros les va a sentar muy bien! Una lección de humildad para recordarles que el tamaño no es proporcional a la valentía".

La relación de Íngrid con los tres gringos es muy compleja. Porque, aunque comparten los años, las semanas y los días del infierno, surgen rivalidades. Particularmente con Keith Stancell quien procura, en sus propias memorias sobre su secuestro, pintar a Íngrid como una mujer desalmada, egoísta, que les dio una pésima bienvenida cuando los juntaron en uno de los campamentos y que envenenó a las Farc contra los gringos con el cuento de que eran mercenarios al servicio de la CIA.

Cuando uno lee en el libro la versión de Íngrid, se da cuenta de que eso no es tan así, aunque el rechazo que Keith cuenta que ella evidenció cuando los vio llegar pudo ser cierto.

Íngrid venía quejándose de la incomodidad y estrechez casi inhumanas de la garita rodeada de púas, donde la tenían encerrada en compañía de "los políticos".

Eso hace por lo menos entendible que protestara ante la posibilidad de que si ellos prácticamente no cabían, les fueran a meter a tres más.

El cuento del gringo de que Íngrid atesoraba su diccionario y no lo compartía con los demás también tiene su atenuante. Es cierto que imponía horarios para compartir el libro que con tanto esfuerzo había logrado hacerse obsequiar por parte de sus captores. Era justo que por lo menos ella pudiera reglamentar su uso.

Su romance con Marc Gonsalves, uno de los gringos, también está insinuado inequívocamente en el libro, aunque se abstiene de tratarlo en el campo de sus detalles íntimos. Pero al lector sí le está permitido intuir que entre esas dos personas surgió una atracción física, en medio de los mayores obstáculos, que quedó plasmada en unas cartas que se intercambian, y cuya devolución más adelante se reclaman mutuamente con tal insistencia, que casi acaban con tal amistad.

Ingrid cree que Marc planeaba explotarlas comercialmente en una futura publicación. Pero finalmente logran salvar esa relación amistosa, que aún subsiste entre Íngrid y Marc en los tiempos actuales.

En su libro, Íngrid de todas maneras se desquita de Keith, de quien cuenta que, al enterarse del embarazo de Clara, le grita: "Usted es una puta. Es la perra de la selva".

Pero en lo que peor hace quedar al gringo es en el relato de la incomodidad de los soldados y policías colombianos secuestrados, cuando interpretan como un acto de traición de Keith que este les explique a las Farc en qué consiste el aparatico que encuentran tirado en un camino: el gringo les cuenta exactamente que se trata de una de las tantas cámaras que ha instalado el Ejército colombiano, con asesoría de los gringos, en plena selva amazónica, para dar con el paradero de los secuestrados y poderlos rescatar. Algo que quizás las Farc difícilmente habrían podido adivinar sin ayuda del gringo.

6.- "Siempre tuve la imagen de ser una mujer segura de mí, equilibrada. Después de años de cautiverio, esa imagen se había vuelto borrosa, y ya no sabía si correspondía a la realidad".

Si alguien se ha ganado el derecho de escribir este libro, esa es Íngrid Betancourt. No sólo porque vivió cada centímetro del infierno que describe, sino por su extraordinaria capacidad de poner en palabras lo que vivió, lo que sintió y lo que reflexionó durante su cautiverio.

Y quizás, adelantándose a la furia que su intención de demandar al Estado colombiano en pos de una indemnización produjo entre los colombianos, escribe en una de sus páginas, a manera de reclamo al país en el que nació, pero donde muchos no la quieren: "Para Colombia, yo era un estorbo. Toda suerte de leyendas se tejieron en torno de mí, para justificar la necesidad de olvidarme".

En los próximos meses veremos si la necesidad que Íngrid nos atribuye a sus compatriotas de olvidarla, llega hasta el veto de su libro. Un libro sin duda extraordinario, no sólo por lo que cuenta sino por la manera como está escrito, y que, a pesar de eso, corre injustamente un altísimo riesgo de ser en Colombia un gran fracaso en ventas.

Quizás los anteriores abrebocas logren rescatar algunos de esos lectores....¿Quién sabe?

Por María Isabel Rueda

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
18 de septiembre de 2010
Autor

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