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La verdad aunque duela / Carnicería Estética

Las caras con rellenos de polímeros que las dejan como un Kiko contemporáneo, cada vez más similares a roedores tipo ardilla o castor, son atroces. Una versión criolla de Donatella pero Versánchez.

No entiendo la fijación que hemos desarrollado las mujeres por querer aparentar ser, cada vez más, alguien que no somos. Buscamos referentes de belleza y con base en ellos nos regimos. Nos basamos en estándares generales para establecer nuestros propios parámetros. Nunca estamos del todo satisfechas con nuestra apariencia y por eso buscamos sistemas que, lejos de mejorarnos, lo único que están logrando es metamorfosearnos.

Es cierto que todas tenemos partes del cuerpo y de la cara que no nos agradan y por ende quisiéramos modificarlas. Sin embargo, me pregunto: ¿nos tenemos tanto miedo a nosotras mismas que ahora optamos por ni siquiera reconocernos frente al espejo?

La cirugía plástica sin duda es una rama de la medicina que nos ha abierto las puertas a la felicidad. Las planas de pecho tomamos volumen, las escasas de retaguardia han podido verse curvilíneas y las de narices egocéntricas que aparecen antes que el resto de la cara han logrado reducir su protuberancia.

Hasta ahí digamos que todo está bien. No es pecado querer verse mejor. El error está justamente en buscar verse peor y sentirse mejor. Cuando no hay problemas, no hay soluciones. Lo grave es que las mujeres, en ese afán de parecerse a otras y de luchar contra el paso inevitable del tiempo, han caído en un juego peligroso de transformación negativa. Con los años todo pierde su forma inicial, es cierto. Pero en la forma no está la belleza.

El busto redondo 38D con pezones bizcos no es lindo. Las prótesis en las nalgas, que parece que se las hubieran implantado con las cajas incluidas, son inmundas. Las narices respingadas como cerdo de tira cómica, son frondias. Las liposucciones, que además de queloides dan como resultado un sinnúmero de cicatrices circulares como si las hubieran atacado a balazo limpio, son un horror.

Los abdominales marcados a punta de cánula, como si hubieran amarrado un pedazo de lomo antes de meterlo al horno, son un esperpento. Los labios de bagre adherido al vidrio del acuario son espantosos. Y ni qué hablar del combo completo, la versión criolla de Donatella Versánchez.

Acepto que todas tenemos nuestro concepto de estética y es muy difícil generalizar, pero en este caso creo que es necesario para comprender que el uniforme visual que están adquiriendo, además de innecesario es realmente desagradable.

He visto últimamente mujeres que a duras penas reconozco. Sin importar la edad o la generación, se han vuelto seres de cera auténtica. Se ponen bravas y no se les frunce el ceño, se ríen y no se les marcan las comisuras, lloran y no les rueda la lágrima por el pómulo y lo peor, hablan es para criticar y burlarse de las cirugías de las demás.

Cada vez que me enfrento en primer plano a una mujer mutante poseída por el bisturí, me pregunto lo mismo: "¿Será que ella cree que se ve bonita así?" Y he llegado a la conclusión de que sí. Contrario a la ley física natural, desde que todo esté rígido, ellas andan relajadas.

Uno de los piropos más comunes en el hombre es: "¡Fulana está como quiere!" Ahora van a tener que variarlo. "¡Fulana está como quiere! ¿Pero, por qué quiere estar así?"

Las momias tuvieron su época, disfrutaron su furor, de hecho en Egipto siguen siendo una novedad. Pero encontrarse una en Colombia a plena luz del día saliendo de un restaurante me sigue pareciendo, aparte de miedoso, extremadamente exótico.

Por Alejandra Azcárate.

Publicación
eltiempo.com
Sección
Otros
Fecha de publicación
13 de septiembre de 2010
Autor

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